Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 2: Los infiltrados

‎Un grupo se mueve en lo oscuro precisamente allí en aquel lugar que indico de Vells y nadie escuchó. Sus pasos son sigilosos y la luna les ayuda a camuflarse en lo oscuro.

—Con calma, no te apresures —dice una voz desde debajo de la muralla, moviéndose lentamente entre las sombras.

‎Solo Patricio se encuentra preocupado por lo que sucede. Lo que parecía una bellísima noche se había apagado en un instante, sin permitirle ver nada.

‎Algo extraño en la oscuridad llama su atención. Toma un arco, prende una flecha y se dispone a arrojarla, cuando uno de sus compañeros le toma del brazo.

‎—Relájate, compañero. Baja esa flecha; no hay nada allí de lo cual preocuparse.

‎—Algo se mueve allí. Puedo sentirlo, Dan; estamos en peligro.

‎Sus palabras provocan una carcajada que llega hasta los oídos de sus amigos, quienes también comienzan a reír sin saber exactamente qué causó la risa.

‎—Hay algo allí, te lo aseguro; deberíamos avisar a la patrulla de recorrido.

‎Dan lo mira y suelta una leve sonrisa.

‎—Debe ser algún lobo rondando la zona en busca de algo de comer. No te exaltes; ven y disfruta de este ron de gran calidad —le dice mientras se da la vuelta.

‎Entonces escucha las palabras del Vells.

‎—No hay lobos en esta zona; los bosques están lejos. Los lobos no se acercan a las zonas donde viven los hombres. Solo hace unos siglos ellos...

‎Sus palabras son detenidas por Dan, quien ya lo mira con cara de pocos amigos.

‎—Si no son lobos, son animales; no sé cuáles, pero solo eso. Deja ya las tonterías. Deja de fastidiarnos la noche con tus cosas. Te lo advierto: no te lo diré de nuevo.

‎La expresión en el rostro de su compañero lo intimida. Patricio asiente con la cabeza y se reúne nuevamente con ellos, aunque la preocupación sigue en su mente.

‎“No puedo hacer nada”, se dice a sí mismo. “Seguro tienen razón y son solo pensamientos de novato”.

‎En la parte inferior de la muralla, las sombras siguen moviéndose, acercándose paso a paso al borde del muro.

‎Diez hombres ya están allí. Sus miradas se dirigen directamente hacia la cima. Ese es su objetivo.

‎Todos sonríen; saben que parte del plan ya se cumplió.

‎Uno de los hombres, que parece ser el líder del grupo, le dice a su subordinado:

‎—Morgan, lanza el gancho.

‎Este obedece la orden. Saca el gancho de su bolso, le da tres vueltas a gran velocidad y lo suelta. El metal cae encajado en la parte superior, produciendo un ruido extraño que hace mirar hacia atrás a uno de los soldados; pero el alcohol en su cuerpo ya no le permite comprender con claridad la situación.

‎Los hombres comienzan a escalar la muralla con paso lento; la prisa no forma parte de su avance. Sus cuerpos permanecen inclinados, con las rodillas flexionadas. La subida es empinada.

El gancho produce un chirrido contra la roca, deteniendo por un instante el avance de los escaladores.

‎Casi están arriba cuando Luck dice a sus compañeros:

‎—Silencio un instante; escuché algo extraño.

‎Todos creen que habla por culpa de la embriaguez.

‎Se acerca poco a poco al borde de la muralla. Lleva la mano sobre la espada, listo para desenvainarla si fuera necesario.

‎—Hombre, ¿a dónde vas? Sigamos aquí; no hay nada allí —le grita Dan—. No te pongas ahora como Patricio a escuchar alucinaciones.

‎Su amigo, compañero y jefe le ordena guardar silencio.

‎Los infiltrados ya están alcanzando el borde de la cima cuando Luck se asoma. Los ve. Se dispone a cortar la soga.

‎No logra sacar la espada.

‎Un hacha de mano se le clava en la cabeza.

‎La sangre corre por el arma, resbala por su cuello y desciende por su brazo.

‎Luck se da la vuelta.

‎Sus amigos lo ven caer al suelo, ya muerto, aún con la pequeña hacha clavada en el cráneo.

‎Los cuatro amigos se disponen a enfrentar a los hombres; sus armas salen y sus cuerpos no están en condiciones de luchar.

‎Patricio es el primero en arrojarse contra el enemigo. Su espada es rápida; sus giros demuestran una gran habilidad en el arte del combate.

‎Dan, mareado, golpea lo que parecía ser el cuerpo de un enemigo. Falla, terminando arrojado desde la muralla y muriendo en la caída.

‎Marcos pelea contra el líder; cae degollado por el filo de su espada, llenando de sangre las piedras que pavimentan la muralla.

‎Carelion, atravesado en el corazón, cae sin vida.

‎Patricio deja de luchar y se dirige a dar la alarma. Suena la campana; para su sorpresa, no se escucha.

‎Los invasores esbozan una sonrisa burlona.

‎Una flecha se clava en su cuerpo, haciéndolo caer justo encima de un puesto de mercado.

‎Los infiltrados dan aviso para subir a alguien.

‎Dos hombres armados, con el pecho al descubierto, casco y grebas, empujan a una joven para que escale hasta arriba. El miedo se refleja en sus ojos; sus manos tiemblan.

‎Comienza a subir. La altura le da escalofríos.

‎Delante de ella va uno de los hombres; ella permanece en medio.

‎A mitad de la subida, mira hacia abajo. Lo que ve le produce vértigo. Sus ojos azules se abren tanto que parecen salirse de sus órbitas.

‎Se desploma.

‎Su cuerpo cae hasta ser atrapado por el segundo soldado.

‎Este, al notar el terror en ella, siente algo de pena por lo sucedido. Se miran un instante antes de continuar con la subida.

‎Al llegar a la cima, la ayudan a despertarse. Su trabajo apenas comienza.




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