Se encuentran dentro de un pequeño local, esperando.
Son doce hombres; algunas armas permanecen guardadas. Los hombres las observan, pero nadie dice una palabra.
Unos minutos después, escuchan un sonido en la puerta.
Todos sacan sus armas.
—Abre la puerta —dice su líder.
La puerta rechina al abrirse; las bisagras necesitan grasa.
Detrás de ella aparece un hombre bien vestido. Lo lanzan contra la pared sin soltarlo.
Sus ropas blancas se arrugan; su bello saco, adornado con pequeñas incrustaciones de gemas, termina derramando algunos pedazos del precioso metal sobre el suelo del local.
Le falta oxígeno en los pulmones; lo aprietan tanto que apenas puede pronunciar palabra.
—¿Quién eres? —le preguntan.
No logra responder con claridad. La mirada de aquellos hombres lo intimida; sus cicatrices le dejan claro que no están allí para jugar.
El líder, que estaba de espaldas, se gira sosteniendo una espada. Queda maravillado por el material con el que fue creada; le sorprende verla tirada allí.
Mientras la observa frente a su rostro, le dice a uno de sus hombres:
—Gorn, libéralo un poco. No puede respirar; queremos escucharlo.
Lo sueltan ligeramente.
El hombre recupera el aliento con dificultad y se lleva una mano al cuello en señal de fatiga.
—Hank Durkál. Soy uno de los concejales de esta ciudad. El encargado de...
Sus palabras son interrumpidas por el líder de aquel pequeño grupo de hombres enormes.
—Responde algo, Hank Durkál —hace una breve pausa antes de continuar—. De tu respuesta dependerá tu vida. El viento sopla, pero...
Ahí detiene la frase, esperando la respuesta de aquel hombre vestido de blanco, cuyo traje ahora está manchado con suciedad dejada por los soldados.
—Solo aquellos con paciencia para escuchar podrán entender sus palabras.
Todo queda en silencio durante unos segundos. La tensión se siente presente; las armas permanecen en las manos, listas para teñirse de sangre.
—Respondes rápido. Demuestras habilidad para las palabras —dice el hombre.
Todos permanecen atentos.
—Seguirás vivo, Hank.
Respira aliviado; debe recostarse contra la pared para no caer al suelo.
Los puñales y hachas vuelven a sus lugares.
—Soy Rugs, líder de quienes ves aquí. ¿Qué cargo ocupas en el consejo?
La pregunta lo toma por sorpresa. No entiende por qué quiere saberlo, pero da igual; debe responder.
—Soy el encargado de manejar las gemas que se mueven en la ciudad.
Al escucharlo, Rugs guarda silencio.
Sabe que está hablando con alguien poderoso, un hombre de buena posición entre los suyos, alguien que posee todo lo que podría desear.
¿Por qué los traiciona?
Pero no debe preocuparse por eso, al menos no en ese momento. Sabe que debe cuidarse de alguien como él.
—Bien, Hank —dice Rugs—. Llévanos al lugar que conoces.
Hank asiente con la cabeza y sale por la puerta ante la indicación.
Cuando todos están fuera, comienzan un avance lento por la muralla. Las armas, listas en las manos de los doce soldados, se mueven con discreción.
Llegan a una escalera estrecha por la cual deben bajar. Los escalones crujen al ser pisados; parece que fueran a romperse.
Ya en el suelo, se encuentran con el mercado cerrado. Observan el adoquinado de toda la ciudad.
Continúan avanzando a paso lento; la patrulla pasará por allí en unos instantes, así que deben apresurarse.
Las calles son amplias. No queda nadie deambulando por aquella ciudad; todos duermen.
El silencio no parece real para una ciudad con miles de habitantes.
Bajan por una calle estrecha. Los adoquines parecen borrosos bajo la poca iluminación de la zona, aunque esta les permite moverse sin demasiadas dificultades.
Los gatos salen de sus escondites en señal de enojo ante sus pasos. Los perros ladran; presienten el peligro.
Eso es mala señal.
Deben moverse rápido.
Unos metros delante de aquella calle se encuentra un edificio iluminado en su totalidad por dos grandes antorchas del tamaño de un hombre, sostenidas por dos personas vestidas con túnicas.
Se acercan a ellas en posición defensiva, mirando a todas partes.
Tres guardias bajan la escalera; los infiltrados en la ciudad se disponen a realizar su ataque, pero Hank se coloca delante.
—Deteneos, están conmigo.
—¿Cómo puedo estar seguro de que no me llevarás a una trampa? —pregunta Rugs.
—Debes confiar en mí si en verdad deseas llegar a tu objetivo, que desconozco hasta el momento.
Rugs no dice nada. Solo se da la vuelta y ordena a sus hombres bajar las armas.
Siguen de forma sigilosa a Hank mientras habla con los soldados, quienes le dicen que el camino está despejado; los guardias de la entrada son su único problema.
—Podemos continuar —dice Hank.
Suben la escalera y entran al recinto.
Dentro del lugar se pueden observar bellos grabados con imágenes que reflejan momentos ya olvidados de la historia del mundo.
Al observar hacia un costado, se ve la imagen de una mujer sosteniendo una cabeza mientras sonríe y celebra su logro.
La escena es bastante macabra; la sangre aún gotea de ella.
Rugs se acerca hasta allí y, con su espada, araña parte de la pintura.
Siguen adelante.
Avanzan lento, de forma pausada y coordinada.
No hay peligro; aquel lugar está despejado.
Solo se ven pequeñas estatuas y bustos desconocidos, además de algunas cámaras selladas que dan la sensación de guardar objetos valiosos, aunque nadie las custodia.
—Hasta aquí llegamos nosotros —dice uno de los guardias—. Por esa escalera que ven allí podrán bajar hasta la cámara segura a la que quieren llegar. Cuidado; los guardias son guerreros formidables.
—Avancemos —dice Rugs—. Dentro de unas horas amanecerá.
La escalera era bastante extraña en su forma, con una caída profunda y sin paredes de las cuales sostenerse.
La primera parte es en espiral; el grupo logra superarla con total facilidad, sin ningún tipo de tropiezo en el camino.
Todo indica que marchará sin contratiempos.
Siguen bajando hasta encontrarse con una escalera en forma de triángulo, la cual se divide en tres partes; parece un pequeño laberinto para subir y bajar.
Todos se detienen hasta recibir una orden.
Miran a Hank para saber si conoce alguna manera de bajar, pero este niega con la cabeza.
El líder ordena continuar avanzando con paso firme, pero cuidadoso.
Sin darse cuenta, pisan un escalón y activan una trampa.
La escalera comienza a girar y a moverse para unirse con las de abajo; todos corren para no caer.
Cuando creen haber encontrado un lugar seguro donde apoyar los pies, la escalera vuelve a moverse y los arroja al vacío.
Sus cabezas chocan contra otras estructuras, dejando manchas de sangre en los escalones.
La chica que viaja junto a ellos pasa de mano en mano para proteger su vida; sus gritos retumban en todo el lugar, como si hubiera cientos de ella allí dentro.
Hank, inexperto en ese tipo de situaciones, sufre una fractura en el brazo izquierdo.
Las escaleras no se detienen.
Ahora los escalones se vuelven lisos; un líquido amarillo sale de ellos, haciendo que los hombres resbalen.
Uno de los soldados pierde una mano al quedar sostenido del borde de una escalera y no ver otra que se dirigía hacia su posición, cayendo luego sobre lanzas que entraban y salían desde la profundidad del suelo.
Los hombres están aterrados; la velocidad no disminuye y la muerte se cierne sobre ellos.
Se miran unos a otros; sus corazones laten con fuerza.
La escalera en la que se encuentran pronto chocará contra la pared y los hará caer.
Rugs sabe que debe hacer algo.
Su mente trabaja rápido; observa las escaleras, buscando una salida.
Debe haber algún patrón.
Lo detecta.
Las escaleras se alinean debajo de ellos y una plataforma comienza a aparecer.
—Hay que saltar —dice Rugs—. Es ahora o nunca.
Sus hombres lo miran con incredulidad.
Sin esperar más, da el paso al frente y salta con la chica en brazos.
Al verlo aterrizar con éxito, todos lo siguen.
Saltan uno por uno.
Solo queda un hombre por hacerlo.
Salta, pero la escalera se mueve de lugar y cae sobre unas armas que perforan su cuerpo.
—¡No, Denius! —grita su mujer.
—Debemos seguir, Yura —dice Rugs.
La mujer se levanta del suelo, seca sus lágrimas y da un paso hacia la plataforma donde se encuentra el resto de sus compañeros.
Se disponen a avanzar cuando un ruido los detiene.
Detrás de ellos viene algo enorme.
Solo escuchan ruido; no pueden ver nada en aquella profundidad sin luz.
Con cada sonido, sus latidos se aceleran.
Rugs hace una seña a sus hombres.
Se colocan en formación, listos para lo que venga.
Hank se queda atrás, tembloroso.
Un impacto golpea el lugar donde están.
Las luces aparecen.
Nadie puede creerlo.
Es una escalera.
Del otro lado hay una puerta.
Hank traga en seco; no tiene forma de explicar aquello.
En el lugar donde se encuentran, una piedra protege la entrada.
Rugs la toca.
Es piedra de mar de los comienzos del mundo, tan antigua como la vida misma.
—Sacarla de su lugar será difícil; debe pesar al menos una tonelada —dice uno de los cinco hombres que lograron sobrevivir.
—Adelante, es momento de la verdad —ordena Rugs en voz baja.
Empujan la pesada puerta de piedra.
Del otro lado hay una sala circular iluminada por antorchas.
Entran al lugar.
Allí hay toda clase de objetos prohibidos.
Los observan con curiosidad, pero Rugs busca algo más poderoso.
En el centro, un pedestal de mármol blanco, rodeado por círculos concéntricos, sostiene un cofre de madera.
Intentan acercarse, solo para darse cuenta de que no están solos.