Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 3: La cámara secreta

Se encuentran dentro de un pequeño local, esperando.

‎Son doce hombres; algunas armas permanecen guardadas. Los hombres las observan, pero nadie dice una palabra.

‎Unos minutos después, escuchan un sonido en la puerta.

‎Todos sacan sus armas.

‎—Abre la puerta —dice su líder.

‎La puerta rechina al abrirse; las bisagras necesitan grasa.

‎Detrás de ella aparece un hombre bien vestido. Lo lanzan contra la pared sin soltarlo.

‎Sus ropas blancas se arrugan; su bello saco, adornado con pequeñas incrustaciones de gemas, termina derramando algunos pedazos del precioso metal sobre el suelo del local.

‎Le falta oxígeno en los pulmones; lo aprietan tanto que apenas puede pronunciar palabra.

‎—¿Quién eres? —le preguntan.

‎No logra responder con claridad. La mirada de aquellos hombres lo intimida; sus cicatrices le dejan claro que no están allí para jugar.

‎El líder, que estaba de espaldas, se gira sosteniendo una espada. Queda maravillado por el material con el que fue creada; le sorprende verla tirada allí.

‎Mientras la observa frente a su rostro, le dice a uno de sus hombres:

‎—Gorn, libéralo un poco. No puede respirar; queremos escucharlo.

‎Lo sueltan ligeramente.

‎El hombre recupera el aliento con dificultad y se lleva una mano al cuello en señal de fatiga.

‎—Hank Durkál. Soy uno de los concejales de esta ciudad. El encargado de...

‎Sus palabras son interrumpidas por el líder de aquel pequeño grupo de hombres enormes.

‎—Responde algo, Hank Durkál —hace una breve pausa antes de continuar—. De tu respuesta dependerá tu vida. El viento sopla, pero...

‎Ahí detiene la frase, esperando la respuesta de aquel hombre vestido de blanco, cuyo traje ahora está manchado con suciedad dejada por los soldados.

‎—Solo aquellos con paciencia para escuchar podrán entender sus palabras.

‎Todo queda en silencio durante unos segundos. La tensión se siente presente; las armas permanecen en las manos, listas para teñirse de sangre.

‎—Respondes rápido. Demuestras habilidad para las palabras —dice el hombre.

‎Todos permanecen atentos.

‎—Seguirás vivo, Hank.

‎Respira aliviado; debe recostarse contra la pared para no caer al suelo.

‎Los puñales y hachas vuelven a sus lugares.

‎—Soy Rugs, líder de quienes ves aquí. ¿Qué cargo ocupas en el consejo?

‎La pregunta lo toma por sorpresa. No entiende por qué quiere saberlo, pero da igual; debe responder.

‎—Soy el encargado de manejar las gemas que se mueven en la ciudad.

‎Al escucharlo, Rugs guarda silencio.

‎Sabe que está hablando con alguien poderoso, un hombre de buena posición entre los suyos, alguien que posee todo lo que podría desear.

‎¿Por qué los traiciona?

‎Pero no debe preocuparse por eso, al menos no en ese momento. Sabe que debe cuidarse de alguien como él.

‎—Bien, Hank —dice Rugs—. Llévanos al lugar que conoces.

‎Hank asiente con la cabeza y sale por la puerta ante la indicación.

‎Cuando todos están fuera, comienzan un avance lento por la muralla. Las armas, listas en las manos de los doce soldados, se mueven con discreción.

‎Llegan a una escalera estrecha por la cual deben bajar. Los escalones crujen al ser pisados; parece que fueran a romperse.

‎Ya en el suelo, se encuentran con el mercado cerrado. Observan el adoquinado de toda la ciudad.

‎Continúan avanzando a paso lento; la patrulla pasará por allí en unos instantes, así que deben apresurarse.

‎Las calles son amplias. No queda nadie deambulando por aquella ciudad; todos duermen.

‎El silencio no parece real para una ciudad con miles de habitantes.

‎Bajan por una calle estrecha. Los adoquines parecen borrosos bajo la poca iluminación de la zona, aunque esta les permite moverse sin demasiadas dificultades.

‎Los gatos salen de sus escondites en señal de enojo ante sus pasos. Los perros ladran; presienten el peligro.

‎Eso es mala señal.

‎Deben moverse rápido.

‎Unos metros delante de aquella calle se encuentra un edificio iluminado en su totalidad por dos grandes antorchas del tamaño de un hombre, sostenidas por dos personas vestidas con túnicas.

‎Se acercan a ellas en posición defensiva, mirando a todas partes.

Tres guardias bajan la escalera; los infiltrados en la ciudad se disponen a realizar su ataque, pero Hank se coloca delante.

‎—Deteneos, están conmigo.

‎—¿Cómo puedo estar seguro de que no me llevarás a una trampa? —pregunta Rugs.

‎—Debes confiar en mí si en verdad deseas llegar a tu objetivo, que desconozco hasta el momento.

‎Rugs no dice nada. Solo se da la vuelta y ordena a sus hombres bajar las armas.

‎Siguen de forma sigilosa a Hank mientras habla con los soldados, quienes le dicen que el camino está despejado; los guardias de la entrada son su único problema.

‎—Podemos continuar —dice Hank.

‎Suben la escalera y entran al recinto.

‎Dentro del lugar se pueden observar bellos grabados con imágenes que reflejan momentos ya olvidados de la historia del mundo.

‎Al observar hacia un costado, se ve la imagen de una mujer sosteniendo una cabeza mientras sonríe y celebra su logro.

‎La escena es bastante macabra; la sangre aún gotea de ella.

‎Rugs se acerca hasta allí y, con su espada, araña parte de la pintura.

‎Siguen adelante.

‎Avanzan lento, de forma pausada y coordinada.

‎No hay peligro; aquel lugar está despejado.

‎Solo se ven pequeñas estatuas y bustos desconocidos, además de algunas cámaras selladas que dan la sensación de guardar objetos valiosos, aunque nadie las custodia.

‎—Hasta aquí llegamos nosotros —dice uno de los guardias—. Por esa escalera que ven allí podrán bajar hasta la cámara segura a la que quieren llegar. Cuidado; los guardias son guerreros formidables.

‎—Avancemos —dice Rugs—. Dentro de unas horas amanecerá.

‎La escalera era bastante extraña en su forma, con una caída profunda y sin paredes de las cuales sostenerse.

‎La primera parte es en espiral; el grupo logra superarla con total facilidad, sin ningún tipo de tropiezo en el camino.

‎Todo indica que marchará sin contratiempos.

‎Siguen bajando hasta encontrarse con una escalera en forma de triángulo, la cual se divide en tres partes; parece un pequeño laberinto para subir y bajar.

‎Todos se detienen hasta recibir una orden.

‎Miran a Hank para saber si conoce alguna manera de bajar, pero este niega con la cabeza.

‎El líder ordena continuar avanzando con paso firme, pero cuidadoso.

‎Sin darse cuenta, pisan un escalón y activan una trampa.

‎La escalera comienza a girar y a moverse para unirse con las de abajo; todos corren para no caer.

‎Cuando creen haber encontrado un lugar seguro donde apoyar los pies, la escalera vuelve a moverse y los arroja al vacío.

‎Sus cabezas chocan contra otras estructuras, dejando manchas de sangre en los escalones.

‎La chica que viaja junto a ellos pasa de mano en mano para proteger su vida; sus gritos retumban en todo el lugar, como si hubiera cientos de ella allí dentro.

‎Hank, inexperto en ese tipo de situaciones, sufre una fractura en el brazo izquierdo.

‎Las escaleras no se detienen.

‎Ahora los escalones se vuelven lisos; un líquido amarillo sale de ellos, haciendo que los hombres resbalen.

‎Uno de los soldados pierde una mano al quedar sostenido del borde de una escalera y no ver otra que se dirigía hacia su posición, cayendo luego sobre lanzas que entraban y salían desde la profundidad del suelo.

‎Los hombres están aterrados; la velocidad no disminuye y la muerte se cierne sobre ellos.

‎Se miran unos a otros; sus corazones laten con fuerza.

‎La escalera en la que se encuentran pronto chocará contra la pared y los hará caer.

‎Rugs sabe que debe hacer algo.

‎Su mente trabaja rápido; observa las escaleras, buscando una salida.

‎Debe haber algún patrón.

‎Lo detecta.

‎Las escaleras se alinean debajo de ellos y una plataforma comienza a aparecer.

‎—Hay que saltar —dice Rugs—. Es ahora o nunca.

‎Sus hombres lo miran con incredulidad.

‎Sin esperar más, da el paso al frente y salta con la chica en brazos.

‎Al verlo aterrizar con éxito, todos lo siguen.

‎Saltan uno por uno.

‎Solo queda un hombre por hacerlo.

‎Salta, pero la escalera se mueve de lugar y cae sobre unas armas que perforan su cuerpo.

‎—¡No, Denius! —grita su mujer.

‎—Debemos seguir, Yura —dice Rugs.

‎La mujer se levanta del suelo, seca sus lágrimas y da un paso hacia la plataforma donde se encuentra el resto de sus compañeros.

‎Se disponen a avanzar cuando un ruido los detiene.

‎Detrás de ellos viene algo enorme.

‎Solo escuchan ruido; no pueden ver nada en aquella profundidad sin luz.

‎Con cada sonido, sus latidos se aceleran.

‎Rugs hace una seña a sus hombres.

‎Se colocan en formación, listos para lo que venga.

‎Hank se queda atrás, tembloroso.

‎Un impacto golpea el lugar donde están.

‎Las luces aparecen.

‎Nadie puede creerlo.

‎Es una escalera.

‎Del otro lado hay una puerta.

‎Hank traga en seco; no tiene forma de explicar aquello.

‎En el lugar donde se encuentran, una piedra protege la entrada.

‎Rugs la toca.

‎Es piedra de mar de los comienzos del mundo, tan antigua como la vida misma.

‎—Sacarla de su lugar será difícil; debe pesar al menos una tonelada —dice uno de los cinco hombres que lograron sobrevivir.

‎—Adelante, es momento de la verdad —ordena Rugs en voz baja.

‎Empujan la pesada puerta de piedra.

‎Del otro lado hay una sala circular iluminada por antorchas.

‎Entran al lugar.

‎Allí hay toda clase de objetos prohibidos.

‎Los observan con curiosidad, pero Rugs busca algo más poderoso.

‎En el centro, un pedestal de mármol blanco, rodeado por círculos concéntricos, sostiene un cofre de madera.

‎Intentan acercarse, solo para darse cuenta de que no están solos.




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