Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 4: El cofre

Cinco custodios emergen de las sombras, espadas en mano, armaduras pulidas y capas grises que arrastran por el suelo. Sus rostros duros parecen piedras.
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‎—Nadie puede pasar —dice el de en medio, con voz grave—. Les pedimos que retrocedan o aténganse a las consecuencias.
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‎Rugs no responde.
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‎Solo desenvaina su espada; una sonrisa cargada de furia aparece en su rostro.
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‎Se dirige hacia ellos.
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‎Sus hombres lo siguen.
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‎El choque de acero resuena en la cámara.
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‎Los custodios mantienen una formación lineal, la cual rompen para permitir que una flecha salga disparada desde una ballesta ubicada detrás de ellos. El proyectil termina clavando a un invasor contra la pared.
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Yura mira los pies de los custodios; comprende que están activando trampas con sus movimientos, por lo que irrumpe con fuerza en la formación y desordena el combate.
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‎La lucha es feroz.
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‎Los custodios no ceden; sus armaduras parecen impenetrables.
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‎Hank observa todo escondido hasta que algo llama su atención.
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‎Se dirige hacia allí.
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‎Era un antiguo mapa que se había dado por perdido siglos atrás.
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‎Lo toma, pero cuando intenta marcharse, un custodio lo detiene y lo levanta del suelo.
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‎Yura atraviesa al guardia por el cuello con su espada, convirtiéndolo en el primero de los custodios en caer.
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‎Minutos después, uno por uno, los demás también terminan derrotados.
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‎Pero el último, ya en el suelo y sosteniendo su garganta para no desangrarse, clava un cuchillo en el costado de Yura.
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‎—Malditos —susurra Yura antes de expirar.
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‎Rugs ni siquiera la mira.
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‎Se acerca al cofre.
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‎Ordena que lleven a la muchacha hasta él; la empujan, aunque ella no quiere cumplir la tarea para la que fue traída.
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‎—Ábrelo —ordena Rugs.
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‎Ella obedece.
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‎Sus manos tiemblan al punto de casi dejar caer el cofre.
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‎Lo abre con miedo; una lágrima cae en el interior.
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‎Dentro, algo permanece cubierto por un manto dorado con símbolos que ninguno de los presentes logra comprender.
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‎La muchacha lo retira con delicadeza y siente cómo una energía extraña recorre su cuerpo.
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‎Allí estaba la manzana dorada, brillando con una luz que fue creciendo hasta iluminar toda la sala.
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‎—Tómala —dice uno de los hombres.
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‎La muchacha extiende la mano para agarrarla; sus lágrimas continúan cayendo sobre la manzana, haciéndola brillar aún más.
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‎Todos observan con entusiasmo; la tarea está casi terminada.
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‎Pero, en cuanto sus dedos rozan la superficie, un destello cegador la envuelve.
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‎La joven grita.
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‎Visiones inundan su mente.
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‎Batallas del pasado aparecen ante sus ojos; momentos de dolor pertenecientes a una mujer desconocida se muestran con brutal claridad. Una espada cae sobre un cuello.
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‎Su cuerpo se sacude.
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‎Cae al suelo convulsionando.
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‎Los hombres retroceden.
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‎—¡No la toquéis! —grita Rugs, pero ya es demasiado tarde.
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‎La muchacha sigue gritando; su rostro comienza a quemarse.
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‎Sus ropas desaparecen, dejándola desnuda.
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‎Hasta que deja de moverse.
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‎Sus ojos azules, abiertos de par en par, quedan fijos en el techo.
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‎Está muerta.
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‎Un viento sopla dentro de la cámara, reduciendo su cuerpo a cenizas y levantándolas hasta depositarlas dentro del cofre.
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‎—Hemos fracasado —dice Rugs—. Perdimos la oportunidad.
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‎En ese instante, un estruendo sacude la cámara.
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‎Por la puerta por donde entraron aparece una figura casi irreconocible.
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‎Es Yrsa Torsveen, la gran concejala de Eirvallen, escoltada por una docena de guardias con armaduras completas de color rojo.
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‎Su mirada recorre la escena: los custodios muertos, el cofre abierto y la muchacha reducida a cenizas.
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‎—Rugs —dice con voz helada—. Te has atrevido a venir. No esperaba que fueras tan estúpido.
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‎Rugs sonríe con desprecio.
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‎—Yrsa —dice mientras hace una reverencia a modo de insulto—, siempre tan oportuna. Lástima que llegas tarde.
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‎—¿Tarde? —Yrsa avanza mientras los guardias la flanquean—. Por lo que veo, aquello por lo que bajaste hasta aquí sigue en su lugar. Estás atrapado; no tienes ninguna salida para escapar.
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‎—¿Segura, mi querida Yrsa? —Esa frase la incomodó; fue como un golpe directo al rostro. Aprieta su espada. Rugs hace una seña. Dos de sus hombres levantan a Hank y lo colocan delante como escudo. Los demás se preparan para luchar.
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‎Yrsa no se inmuta. No le concede valor alguno a la vida de Hank.
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‎—No saldrán vivos de aquí. Pero si se rinden, tal vez les permita una muerte rápida… o quizá no.
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‎Rugs ríe.
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‎—No vine a morir, viejo amor. Sabes por lo que he venido.
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‎Yrsa lo mira. Con un gesto de su espada ordena el ataque. La orden es acatada de inmediato; una marea roja se lanza sobre ellos.
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‎De repente, una pequeña esfera cae al suelo. Una nube de humo negro se expande y cubre la sala. Los guardias tosen; la visión se vuelve confusa.
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‎Solo se oyen cuchilladas y golpes al aire.
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‎Yrsa busca a Rugs, pero no lo ve. Solo percibe su presencia pasar cerca, como si le rozara el cuello, provocándole un leve estremecimiento.
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‎Cuando el humo se disipa, la escena es clara: varios de sus hombres yacen en el suelo, en charcos de sangre. Rugs y los suyos han desaparecido.
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‎Solo queda Hank, arrodillado y tembloroso.
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‎—¡Tras ellos! —ordena Yrsa—. ¡Cierren todas las salidas!
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‎Los guardias corren hacia el pasillo por donde escaparon.
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‎Yrsa se acerca al cofre. La manzana sigue allí, intacta. Suspira con alivio.
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‎Rugs y sus hombres corren hacia la salida por la escalera. Su respiración es agitada. Los soldados los siguen de cerca.
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‎Yrsa da la orden:
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‎—Activad las trampas mortales —dice con furia contenida.
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‎Los mecanismos antiguos comienzan a activarse. Un sonido grave recorre el lugar; hacía tiempo que nadie los utilizaba.
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‎—¡Deprisa! —grita Rugs.
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‎Uno de sus hombres pisa una losa suelta. Una lanza sale disparada desde la pared y le atraviesa el pecho. Cae sin un grito.
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‎Ballestas ocultas emergen de las paredes. Las flechas son casi imposibles de esquivar. Aun así, continúan avanzando.
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‎Cuando están cerca de la salida, un muro de fuego brota desde ambos lados, bloqueando el paso.
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‎—¿Qué haremos, señor? —pregunta uno de sus hombres.
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‎Rugs duda apenas un instante. Yrsa lo observa; sus miradas se cruzan. Ambos entienden lo que viene.
‎
‎La voz de Yrsa resuena con fuerza:
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‎—¡Activad la trampa final! ¡Que el techo caiga sobre ellos!
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‎—Esto es lo que haré, Dumir —dice Yrsa, y toma a su soldado como escudo, atravesando las llamas. El hombre muere al instante.
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‎Pero el encargado de las palancas duda. Retira la mano.
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‎—Señora… si activamos eso, usted también está aquí abajo. Morirá con ellos.
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‎—¡Hazlo! —grita Yrsa—. ¡Es una orden! El enemigo ya cruzó, está en la puerta.
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‎El guardia mira a los demás. Ninguno se mueve.
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‎—¡Desobedecerme es traición! —grita Yrsa.
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‎Pero ya es tarde. Rugs y su soldado alcanzan la salida. Desaparecen en la madrugada que ya casi termina. Yrsa maldice una y mil veces su suerte. Mira a sus guardias. Le coloca la espada en el cuello a uno; no se inmuta. Deja caer su espada. Sus fuerzas están agotadas.
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—Los atraparemos, concejala, no lo dude —lo mira con incredulidad. Ellos mismos los dejaron ir, pero ya no puede hacer nada: se han marchado. Rugs aún no paga su deuda con ella.
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Cuando el sol comienza a teñir el horizonte, Yrsa emerge de las profundidades. Su rostro es una máscara de furia contenida. Los guardias que la desobedecieron esperan su castigo, pero ella solo dice:
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—Preparen un destacamento. Quiero a Rugs capturado antes de que anochezca. Y quiero saber quién más está involucrado.
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—¿Qué hacemos con Hank, mi concejala?
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—Llévenlo a los calabozos; después hablaré con él a solas. Hank patea el suelo, pide ser liberado. Todo es un malentendido. Pero la concejala de Eirvallen no respeta a nadie que le huela a traidor.
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—Concejala —dice un guardia que se acerca desde la oscuridad—. Hay un herido en el borde de la muralla. Un joven soldado, Patricio de Vells. Está vivo, pero grave.
‎Yrsa frunce el ceño.
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—¿De Vells? El hijo del comandante. Que lo lleven al sanatorio. Quiero hablar con él en cuanto despierte.
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Luego mira hacia la torre norte. Por un instante, cree ver una figura asomada a una ventana que se oculta al notar su mirada sobre ella.
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—Elanwe —murmura—. Tú viste algo. No me lo dijiste.
‎
En su habitación, Elanwe cierra la ventana de golpe, casi al borde de arrancarla de su marco. Su corazón late con fuerza. Ha visto a Yrsa salir del edificio, ha visto el caos, los guardias corriendo. Sabe que su visión se está cumpliendo, pero también sabe que no puede contarlo todo. No aún.
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Mira el cuadro que pintó horas antes: la muralla en llamas, la mujer con la mano extendida hacia el cielo tratando de alcanzar algo dorado. Sí, ese mismo objeto que permanece en su cofre.
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—Está despertando —susurra de nuevo
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—. Y nadie puede detenerlo.




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