Cinco custodios emergen de las sombras, espadas en mano, armaduras pulidas y capas grises que arrastran por el suelo. Sus rostros duros parecen piedras.
—Nadie puede pasar —dice el de en medio, con voz grave—. Les pedimos que retrocedan o aténganse a las consecuencias.
Rugs no responde.
Solo desenvaina su espada; una sonrisa cargada de furia aparece en su rostro.
Se dirige hacia ellos.
Sus hombres lo siguen.
El choque de acero resuena en la cámara.
Los custodios mantienen una formación lineal, la cual rompen para permitir que una flecha salga disparada desde una ballesta ubicada detrás de ellos. El proyectil termina clavando a un invasor contra la pared.
Yura mira los pies de los custodios; comprende que están activando trampas con sus movimientos, por lo que irrumpe con fuerza en la formación y desordena el combate.
La lucha es feroz.
Los custodios no ceden; sus armaduras parecen impenetrables.
Hank observa todo escondido hasta que algo llama su atención.
Se dirige hacia allí.
Era un antiguo mapa que se había dado por perdido siglos atrás.
Lo toma, pero cuando intenta marcharse, un custodio lo detiene y lo levanta del suelo.
Yura atraviesa al guardia por el cuello con su espada, convirtiéndolo en el primero de los custodios en caer.
Minutos después, uno por uno, los demás también terminan derrotados.
Pero el último, ya en el suelo y sosteniendo su garganta para no desangrarse, clava un cuchillo en el costado de Yura.
—Malditos —susurra Yura antes de expirar.
Rugs ni siquiera la mira.
Se acerca al cofre.
Ordena que lleven a la muchacha hasta él; la empujan, aunque ella no quiere cumplir la tarea para la que fue traída.
—Ábrelo —ordena Rugs.
Ella obedece.
Sus manos tiemblan al punto de casi dejar caer el cofre.
Lo abre con miedo; una lágrima cae en el interior.
Dentro, algo permanece cubierto por un manto dorado con símbolos que ninguno de los presentes logra comprender.
La muchacha lo retira con delicadeza y siente cómo una energía extraña recorre su cuerpo.
Allí estaba la manzana dorada, brillando con una luz que fue creciendo hasta iluminar toda la sala.
—Tómala —dice uno de los hombres.
La muchacha extiende la mano para agarrarla; sus lágrimas continúan cayendo sobre la manzana, haciéndola brillar aún más.
Todos observan con entusiasmo; la tarea está casi terminada.
Pero, en cuanto sus dedos rozan la superficie, un destello cegador la envuelve.
La joven grita.
Visiones inundan su mente.
Batallas del pasado aparecen ante sus ojos; momentos de dolor pertenecientes a una mujer desconocida se muestran con brutal claridad. Una espada cae sobre un cuello.
Su cuerpo se sacude.
Cae al suelo convulsionando.
Los hombres retroceden.
—¡No la toquéis! —grita Rugs, pero ya es demasiado tarde.
La muchacha sigue gritando; su rostro comienza a quemarse.
Sus ropas desaparecen, dejándola desnuda.
Hasta que deja de moverse.
Sus ojos azules, abiertos de par en par, quedan fijos en el techo.
Está muerta.
Un viento sopla dentro de la cámara, reduciendo su cuerpo a cenizas y levantándolas hasta depositarlas dentro del cofre.
—Hemos fracasado —dice Rugs—. Perdimos la oportunidad.
En ese instante, un estruendo sacude la cámara.
Por la puerta por donde entraron aparece una figura casi irreconocible.
Es Yrsa Torsveen, la gran concejala de Eirvallen, escoltada por una docena de guardias con armaduras completas de color rojo.
Su mirada recorre la escena: los custodios muertos, el cofre abierto y la muchacha reducida a cenizas.
—Rugs —dice con voz helada—. Te has atrevido a venir. No esperaba que fueras tan estúpido.
Rugs sonríe con desprecio.
—Yrsa —dice mientras hace una reverencia a modo de insulto—, siempre tan oportuna. Lástima que llegas tarde.
—¿Tarde? —Yrsa avanza mientras los guardias la flanquean—. Por lo que veo, aquello por lo que bajaste hasta aquí sigue en su lugar. Estás atrapado; no tienes ninguna salida para escapar.
—¿Segura, mi querida Yrsa? —Esa frase la incomodó; fue como un golpe directo al rostro. Aprieta su espada. Rugs hace una seña. Dos de sus hombres levantan a Hank y lo colocan delante como escudo. Los demás se preparan para luchar.
Yrsa no se inmuta. No le concede valor alguno a la vida de Hank.
—No saldrán vivos de aquí. Pero si se rinden, tal vez les permita una muerte rápida… o quizá no.
Rugs ríe.
—No vine a morir, viejo amor. Sabes por lo que he venido.
Yrsa lo mira. Con un gesto de su espada ordena el ataque. La orden es acatada de inmediato; una marea roja se lanza sobre ellos.
De repente, una pequeña esfera cae al suelo. Una nube de humo negro se expande y cubre la sala. Los guardias tosen; la visión se vuelve confusa.
Solo se oyen cuchilladas y golpes al aire.
Yrsa busca a Rugs, pero no lo ve. Solo percibe su presencia pasar cerca, como si le rozara el cuello, provocándole un leve estremecimiento.
Cuando el humo se disipa, la escena es clara: varios de sus hombres yacen en el suelo, en charcos de sangre. Rugs y los suyos han desaparecido.
Solo queda Hank, arrodillado y tembloroso.
—¡Tras ellos! —ordena Yrsa—. ¡Cierren todas las salidas!
Los guardias corren hacia el pasillo por donde escaparon.
Yrsa se acerca al cofre. La manzana sigue allí, intacta. Suspira con alivio.
Rugs y sus hombres corren hacia la salida por la escalera. Su respiración es agitada. Los soldados los siguen de cerca.
Yrsa da la orden:
—Activad las trampas mortales —dice con furia contenida.
Los mecanismos antiguos comienzan a activarse. Un sonido grave recorre el lugar; hacía tiempo que nadie los utilizaba.
—¡Deprisa! —grita Rugs.
Uno de sus hombres pisa una losa suelta. Una lanza sale disparada desde la pared y le atraviesa el pecho. Cae sin un grito.
Ballestas ocultas emergen de las paredes. Las flechas son casi imposibles de esquivar. Aun así, continúan avanzando.
Cuando están cerca de la salida, un muro de fuego brota desde ambos lados, bloqueando el paso.
—¿Qué haremos, señor? —pregunta uno de sus hombres.
Rugs duda apenas un instante. Yrsa lo observa; sus miradas se cruzan. Ambos entienden lo que viene.
La voz de Yrsa resuena con fuerza:
—¡Activad la trampa final! ¡Que el techo caiga sobre ellos!
—Esto es lo que haré, Dumir —dice Yrsa, y toma a su soldado como escudo, atravesando las llamas. El hombre muere al instante.
Pero el encargado de las palancas duda. Retira la mano.
—Señora… si activamos eso, usted también está aquí abajo. Morirá con ellos.
—¡Hazlo! —grita Yrsa—. ¡Es una orden! El enemigo ya cruzó, está en la puerta.
El guardia mira a los demás. Ninguno se mueve.
—¡Desobedecerme es traición! —grita Yrsa.
Pero ya es tarde. Rugs y su soldado alcanzan la salida. Desaparecen en la madrugada que ya casi termina. Yrsa maldice una y mil veces su suerte. Mira a sus guardias. Le coloca la espada en el cuello a uno; no se inmuta. Deja caer su espada. Sus fuerzas están agotadas.
—Los atraparemos, concejala, no lo dude —lo mira con incredulidad. Ellos mismos los dejaron ir, pero ya no puede hacer nada: se han marchado. Rugs aún no paga su deuda con ella.
Cuando el sol comienza a teñir el horizonte, Yrsa emerge de las profundidades. Su rostro es una máscara de furia contenida. Los guardias que la desobedecieron esperan su castigo, pero ella solo dice:
—Preparen un destacamento. Quiero a Rugs capturado antes de que anochezca. Y quiero saber quién más está involucrado.
—¿Qué hacemos con Hank, mi concejala?
—Llévenlo a los calabozos; después hablaré con él a solas. Hank patea el suelo, pide ser liberado. Todo es un malentendido. Pero la concejala de Eirvallen no respeta a nadie que le huela a traidor.
—Concejala —dice un guardia que se acerca desde la oscuridad—. Hay un herido en el borde de la muralla. Un joven soldado, Patricio de Vells. Está vivo, pero grave.
Yrsa frunce el ceño.
—¿De Vells? El hijo del comandante. Que lo lleven al sanatorio. Quiero hablar con él en cuanto despierte.
Luego mira hacia la torre norte. Por un instante, cree ver una figura asomada a una ventana que se oculta al notar su mirada sobre ella.
—Elanwe —murmura—. Tú viste algo. No me lo dijiste.
En su habitación, Elanwe cierra la ventana de golpe, casi al borde de arrancarla de su marco. Su corazón late con fuerza. Ha visto a Yrsa salir del edificio, ha visto el caos, los guardias corriendo. Sabe que su visión se está cumpliendo, pero también sabe que no puede contarlo todo. No aún.
Mira el cuadro que pintó horas antes: la muralla en llamas, la mujer con la mano extendida hacia el cielo tratando de alcanzar algo dorado. Sí, ese mismo objeto que permanece en su cofre.
—Está despertando —susurra de nuevo
—. Y nadie puede detenerlo.