Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 5: El comienzo

Capítulo 5

El comienzo

El viento no soplaba. Parecía devorar los pulmones de quienes sienten su intensidad.

Rugía sobre la inmensa ciudad de Acraid como bestia hambrienta, con sus fauces abiertas listas para tragarse a los hombres que marchaban fuera de la muralla. Ni los ancianos recordaban un invierno tan crudo. Los soldados avanzaban de torpes, las piernas se hundían en un manto blanco que pretendía tragarlos vivos. La nieve parecía piedras lanzadas desde la altura del cielo, su impacto se sentía al chocar contra los trajes metálicos. No hablaban. Las fuerzas debían reservarse para otro momento.

Caían de rodillas, sin heridas visibles que dieran una explicación de su caída. El frío los reclamaba, sus pulmones estaban agotados y sus extremidades congeladas. Así llegaban los primeros caídos sin siquiera haber comenzado la batalla. Nadie se quejaba, por lo menos no en voz alta, solo se escapaban algunos hilillos de voz finos reflejando lamentos.
Detrás de los muros la historia era la misma, la misma intensidad del viento y el frío golpeando a los habitantes. Calaba huesos incluso de aquellos aferrados a cualquier llama encendida. De la nada un grupo de jinetes irrumpió a todo galope. Todos los miraban, no sabían qué sucedía, pero la sangre cubriendo su cuerpo indicaba malas noticias. El bronce de las campanas sonó anunciando la fatalidad, la muerte venía por ellos.
La desesperación se apoderó de todos: tocaban puertas, ventanas, algunas se abrían, otras se cerraban, buscaban refugio, buscaban sobrevivir. Por la gran entrada entraron carretas con cargamento, no era comida ni pertrechos de guerra. Eran muertos, soldados, campesinos, mujeres, niños, todos apilados como leña, con sus ojos abiertos. Nadie quería creer el horror, pero era cierto, ya estaban sin vida.

En medio de aquel desastre tres figuras de porte elegante emergieron montadas en sus corceles. La gente dejó de correr, se detuvo a mirarlos. Los vítores aplacaron el pánico general. Sí, eran sus líderes, los herederos de Acraid.

Esmos, el mayor de los tres hermanos, cabalgaba delante. Cabello negro, barba abundante que anunciaba su adultez, armadura gris plateada con el león tricéfalo grabado en su pecho, símbolo de su guardia personal. Quitó el yelmo de su cabeza, lo colocó a un costado de la armadura, alzó la mano y saludó a todos. A su lado Esmirla mantenía un paso firme, su armadura negra en su totalidad forjada de un metal ya desaparecido de la memoria, su mirada siempre al frente sin observar a otro lugar, detrás suyo sus guerreras de negro. Unos pasos detrás cabalgaba Esmirna, la menor de los tres, vestida con una armadura de color blanco como la misma nieve, algo sorprendente pues ningún metal tenía ese color, su fénix, símbolo de renacimiento, brillaba en su peto. Su sonrisa radiante, incluso en esos momentos, arrancaba vítores de sus ciudadanos.

Esmos notó la rigidez de Esmirla.

--- ¿Puedo saber por qué no saludas, hermana?

No hubo respuesta. Solo la vio espolear su caballo y salirse de la formación seguida por su escolta de mujeres de negro. Esmos la vio partir con gesto de resignación.

Cerca del centro de la plaza Esmirna detuvo su andar, algo llamó su atención: era un niño. Estaba solo tiritando debido al frío con lágrimas congeladas en las mejillas. Dejó su caballo en manos de un soldado, se acercó hasta él, se agachó. El pequeño retrocedió asustado por el sonido metálico de la armadura, ella quitó su guante y tomó su mano desnuda.

---No debes temer --le dijo en voz baja mientras pasaba la mano por su pelo. El invierno siempre lucha antes de rendirse. Este no será diferente.

El llanto cesó. La débil sonrisa del niño fue el único calor real que Esmirna había sentido ese día. Lo alzó en brazos, lo colocó. En ese momento Esmos aparecía tras ella con gesto impaciente.

---¿Qué haces? —preguntó su hermano.

---Ayudarlo. Está solo.

---Conozco tu corazón, Esmirna, pero recuerda: no podrás salvarlos a todos.

La frase la golpeó como martillo a un yunque mientras forjaba el acero. Esmos llamó a dos guardias, les dio instrucciones. Apartaron al niño de sus brazos a pesar de su resistencia.

---Estará bien --dijo Esmos. Será llevado con las hermanas del fuego eterno. Debes ir a tu puesto, tus obligaciones han cambiado, tienes una ciudad que cuidar.

Dicho esto, se retiró con una cortesía fraternal, dejando dos hombres para custodiar a su hermana menor.

Esmirna pidió que le trajeran su caballo, se dispuso a montar cuando una voz la interrumpió. Una mujer con un ojo vendado le preguntó:

---Señis ---la voz le temblaba---, ¿qué fue de las aldeas del norte? ¿Dónde están los nuestros?

Esmirna bajó la cabeza un instante, observó toda la nieve que tapaba la plaza, miró los muros llenos de escarcha, las carretas de personas muertas y una multitud que comenzaba a agolparse a su alrededor. No podía mentir, no a tanta gente.

---Los que no están aquí --dijo con la voz quebrada-- ya no vendrán. Lo siento.

Silencio total fue la reacción, las palabras pesaron sobre sus corazones. Luego estalló la furia.

---¡Mientes! ¡Mi hijo y nieto estaban allí! ---gritó un anciano cojo.

---¡Los abandonaron! ---chilló otra mujer blandiendo una pala.

Los soldados se acercaron hasta Esmirna con las manos en el mango de sus espadas. Esmirna los detuvo. Dio un paso al frente, sus botas metálicas hicieron crujir el hielo. No podía refutar aquella afirmación, pero sí lo dudaba. Solo podía calmarlos y redirigir su furia al lugar correcto.

---Odien a mi familia, si así lo necesitan -- dijo con voz clara que salió por encima del viento. Solo que ese odio y dolor debe tener un mejor uso. Conviértanlo en hierro en sus manos. Usen esa rabia por los que no volverán y por los que aún respiran.

Una carreta cargada de armas que iban a ser llevadas al almacén pasó por su lado, tomó una lanza, la alzó sobre su cabeza y gritó:




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