Capítulo 6: La grieta
Esmirna subió los peldaños de dos en dos. El viento le daba en el rostro, su fuerza era tal a esa altura que parecía un látigo al chocar contra la piel. Su padre estaba de espaldas, observando la planicie helada que dentro de unas horas se teñiría de rojo.
---Mi señorial -- dijo Esmirna con profundo respeto haciendo una reverencia. ¿Cuál es el motivo de vuestra visita?
Él se giró. Su mirada no mostraba reproche alguno. Reconocía que el trabajo de su hija había sido impecable.
---Creo poder preocuparme por la menor de mis hijas.
---Los hombres me respetan, padre. Creo habérmelo ganado.
---No lo dudo. Pero no es ese el motivo que me trajo hasta acá.
Caminaron un trecho por el adarve. Esmirna le explicó las defensas mientras recorrían el hervidero de actividad, pero él ya las conocía con anterioridad, eso ella ya lo sabía.
El señorial tosió. Una tos profunda, hueca. Esmirna lo tomó del brazo, le llevó al borde del muro. Él tomó un respiro, sus pulmones ya no podían.
---Padre, debes resguardarte --dijo Esmirna en tono de preocupación. El clima te matará.
---Son solo unos cuantos huesos viejos. Estaré bien en solo un instante.
---Padre, dime los motivos reales por los cuales estás aquí, no creo que sea solo por preocuparte por mí.
El señorial quedó en silencio unos segundos, tenía otra preocupación en su cabeza, solo que no sabía cómo expresarla.
---Te lo diré. Me preocupa que no puedas cumplir con tu tarea de proteger la muralla.
Esas palabras fueron chocantes para la menor de sus tres hijas, que había dedicado tantas horas a crear toda aquella defensa.
---No quiero que malentiendas -- dijo su padre.
---Te preocupa que yo no pueda proteger a tus...
Sus palabras fueron cortadas por la presencia de alguien recién llegado.
La señoriala Lucelia apareció entre los dos, envuelta en un largo abrigo. Su sola presencia hizo que ambos guardaran silencio y terminaran una disputa que pronto empezaría.
---¿Qué haces fuera soportando este clima? ---lo reprendió con suavidad---. No quiero excusas. Te necesito firme dentro. No me dejes sola con esos hipócritas.
El señorial asintió, apoyándose en Donován Amadi, su amigo de tantos momentos buenos y difíciles como el que pronto se viviría. Mientras se alejaban, Lucelia se detuvo junto a Esmirna.
---Ven conmigo. Los reyes y señores esperan dentro.
---Sabes que no abandonaré mi puesto, madre. Yo diseñé esta defensa, caeré junto a ella si es necesario --respondió con cara de furia.
---Pero tú no eres Esmirla. No tienes su carácter para la guerra.
Esas palabras de su madre dolieron en su pecho como herida de batalla. Respiró: primero su padre, ahora ella. ¿Qué debía hacer para demostrar su valía? Miró a la mujer que la trajo a este mundo, se acercó hasta ella, le colocó la mano en su hombro y le dijo:
---Confía en mí --y una sonrisa fingida se expresó en su rostro---. Estoy preparada, madre.
---No desconfío de tu talento. Temo perderte. Tienes un destino que cumplir.
Un frío recorrió su columna vertebral entumeciendo cada hueso de ella, no generado por el viento sino por las palabras de su madre. Una ráfaga de aire helado la cegó. Al abrir los ojos, Lucelia ya se alejaba rumbo a la entrada de donde había salido, dejando una duda en su cabeza. Sin respuesta.
Esmirna caminó entonces hacia un punto apartado de la muralla. Pisó una losa que sonó a hueco. Una puerta lateral se corrió dejando ver armas diseñadas por ella en las cuales había depositado toda su confianza. Yuna la observaba firme, le colocó la mano en su hombro para brindarle seguridad.
---Has trabajado durante meses en estas armas. Confía en tu talento.
---¿Pero y si fallo? --suspiró con debilidad.
---No fallarás. Tu mente es lo que moverá ese ejército que ves en la planicie.
En la planicie, las tropas terminaban de formar.
La primera línea, la caballería, integrada por hombres de la capital, todos en sus caballos blancos, una extensión del mismo invierno. Comandados por Gladius de la casa Torak. A su derecha, los hombres del reino de Tarkar exhibían el brillo plateado de sus armaduras y el toro negro en su pecho. A la izquierda, el espacio de Udraria permanecía inquietantemente vacío.
Esmos recorría las filas notando las ausencias. La traición a la palabra empeñada le molestaba en su garganta siendo difícil digerir esa situación. Apretó la empuñadura de la espada colgada junto a la montura. Esmirla, que lo observaba, vio un instante un aura morada, casi negra, rodear el arma. Parpadeó y ya no estaba.
---¿Qué haremos para enfrentar a estos hombres? ---preguntó ella, mirando al otro lado del río.
---Ni siquiera los hemos visto de frente, ¿cómo puedes llamarlos hombres? Solo rumores han llegado hasta nosotros. Te aseguro que no son hombres, Esmirla ---respondió Esmos sin apartar la vista del horizonte---. Son seres oscuros sin alma. Mataremos a todos. Ninguno saldrá vivo.
Esmirla estaba sorprendida, jamás había visto a su hermano hablar mal de alguna persona, menos desearle la muerte. Con cada palabra apretaba el pomo de su espada con tal fuerza que el aura morada volvió a manifestarse, aumentando su sed de sangre. Su hermana volvió a notarla, se acercó hasta él, sostuvo su mano unos segundos apartándola de su arma. De a poco la calma volvió a aparecer en el rostro de Esmos.
--Está cerca, puedo sentirla, su poder se manifiesta --dijo un hombre de tamaño descomunal. Su poder me llama y allí la tiene encerrada entre esos muros.
Con su voz gruesa expresó neblis aberture.
En su orilla, la niebla comenzó a abrirse. Las tropas enemigas se mostraron por primera vez: lanceros, guerreros con hachas, caballería, arqueros. Eran miles más de los que se podrían contar de una sola vez. Al frente, su líder portador de un casco con una serpiente roja que parecía retorcerse bajo la luz.