Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 7: La llave

Capítulo 7

La llave

El emisario no era un guerrero imponente como los guerreros del otro lado de la niebla, sino un anciano encorvado, con túnica gris y los pies descalzos hundidos en la nieve. No sangraba. No temblaba. Llevaba atado a la muñeca izquierda un pergamino lacrado con cera negra. No parecía una amenaza.

Bart se acercó hasta él con las manos detrás de su espalda, la mirada alta, semblante serio, ojos que miraban a la profundidad, su espada a su costado, sin yelmo en su cabeza, dejando ver una calvicie.

---Habla ---ordenó Bart, con la mano aún en la parte de atrás de su cuerpo.

El anciano alzó la cabeza y quitó la venda de su rostro. Bart colocó la mano en su empuñadura. Pero el emisario tenía los ojos de un blanco lechoso, era ciego.

---Muchacho ---dijo, y su voz sonó como piedras rozando---, el Portador del Casco de Serpiente no viene a destruir Acraid. Le ofrece un lugar privilegiado en el mundo que está por nacer.

---Puedes llevarte la oferta, devuélvela a tu señor. Acraid no negociará ---respondió Clara, apareciendo de la nada junto a Bart. Nadie la había visto llegar.

---Basta ---cortó Bart---. Si tu señor tiene algo que decir, que lo diga él mismo, cara a cara. No mediante sombras. Acraid solo aceptará su retirada total de nuestros dominios.

---Eso no ocurrirá, joven --dijo con voz algo agónica. Ustedes lo han pedido.

El anciano asintió. Rompió el lacre del pergamino y lo desenrolló. No leyó en voz alta, ni una palabra salió de su boca. En lugar de eso, extendió el brazo hacia el vacío, ofreciendo el mensaje al viento. La nieve comenzó a girar formando un círculo. El pergamino estalló en llamas negras. Al cesar, ya estaba escrito. El anciano lo tomó en sus manos y volvió a enrollarlo, pasando su mano sobre él diciendo la palabra trellatis que quería decir sellado. Lo entregó a Bart.

La muralla tembló cuando el pergamino estuvo sobre la mano del acradiano.

Esmirna desde la muralla miró hacia la grieta que había ordenado reforzar con hielo y acero. La serpiente de piedra negra le pareció más ancha que antes. ¿Era posible que el enemigo fuera su creador? ¿Qué habría estado esperando este momento?

---¿Y si nos negamos a cumplir lo que dice el papel? ---preguntó Clara, con voz tan fría como su armadura---, ¿qué sucederá?

---Aún no conocen el contenido y ya queréis negaros. Pelearemos si no aceptan. Y cuando hayamos matado a sus guerreros, cuando sus muros sean escombros y sus casas cenizas, arrancaremos la piedra fundacional de Acraid. Debajo de ella, oculta desde antes de que sus abuelos nacieran, hay una puerta inaccesible para la gran mayoría. Una puerta que ustedes mismos olvidaron. Nosotros no.
---¿De qué puerta hablas? Dilo con claridad --dijo Clara.

---Abran la puerta oculta, dejen pasar a nuestra horda como a ustedes les gusta decirnos. Si no la abren ustedes, él la abrirá con sus huesos.

---¿De qué puerta hablas? --preguntó Bart.

---Ábranla --fueron sus palabras.

Dicho esto, el mensajero se llevó la mano a la garganta y se arrancó un colgante de hueso que llevaba oculto bajo la túnica. Lo arrojó al suelo. La nieve a su alrededor se derritió en un círculo perfecto. Humo negro brotó de la tierra, haciendo toser a los dos compañeros de armas. Esmos miraba desde lejos siendo frenado por su hermana de sus impulsos. Cuando se disipó, el anciano había desaparecido.

Solo quedó una llave, tallada en un material desconocido: no era metal ni piedra, y brillaba con una luz interna, dando la sensación de vida propia.

Clara la recogió con la punta de la espada, enrollando la cadena dorada que traía en su arma. Terminado el diálogo, dieron media vuelta para volver al lugar donde los esperaban. Al llegar desmontaron, hicieron entrega del pergamino. Esmos lo abrió. Al hacerlo, unas letras rojas aparecieron.

---Hijos de Acraid. Han sobrevivido a nuestro invierno. Lo han bebido. Lo han sufrido. Eso los hace dignos. No venimos a matarlos. Venimos a ofrecerles la Última Alianza. Entreguen lo que queremos. Dejen que nuestro ejército cruce el río sin lucha. A cambio, los perdonaremos. Gobernarán sus tierras. Servirán a un amo nuevo, pero vivirán.

La ira, la rabia, la impotencia se apoderaron de su ser: quería sangre, ver muertos a quienes mancillaron sus tierras. La mano de la espada ya estaba sobre ella. Cuando se dispuso a sacarla, sintió el papel arrugarse y a Clara acercarse con algo en el borde de su espada. Le entregó la llave. Esmos la observó con detenimiento preguntándose qué abría. Al escuchar lo sucedido, nunca le habían contado de algo como eso.

---Esto puede cambiarlo todo ---murmuró Esmos.

Esmirla se adelantó.

---No cambia nada. Sigue siendo una amenaza. Sigue siendo un enemigo que quiere que bajemos las armas.

---¿Y si es verdad, Esmirla? ---intervino Bart, hablando por primera vez con más de una frase---. ¿Y si hay algo bajo la ciudad? ¿Algo que ni siquiera nosotros recordamos?

---De niños recorrimos miles de veces la ciudad juntos. Los tres sabemos que allí no hay nada --replicó Esmirla.

El viento arreció. La bandera blanca del enemigo seguía ondeando al otro lado del río. Pero ahora, tras ella, las tropas oscuras no esperaban. Avanzaban. Lento. Midiendo cada paso a dar en lo adelante. Formando como un solo hombre.

Esmos tomó una decisión. Enrolló el pergamino quemado, guardó la llave en una bolsa de cuero y la colgó de su cinturón.

---Nos retiramos ---ordenó.

---¿Qué? ---Esmirla dio un paso al frente---. ¡Hermano, no podemos!

---Podemos y lo haremos. Si esa puerta existe, no podemos permitir que la encuentren mientras luchamos. La cerraremos nosotros primero.

---¿Y la ciudad? ---preguntó ella, señalando las murallas, los hombres que la miraban esperando una orden de ataque---. ¿Y el pueblo?

---El pueblo resistirá. Tú te quedarás con ellos.

Esmirla sintió que el suelo se abría bajo sus pies.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.