Capítulo 8
La puerta oculta
Abrieron la puerta por la fuerza. Después de varios intentos y espadas quebradas, la entrada cedió hacia arriba.
Un olor inundó el ambiente: olor guardado, a óxido, a lugar cerrado desde hacía décadas.
La nieve caía con intensidad sobre los cuerpos de los soldados formados en línea defensiva en la única entrada conocida a los túneles abandonados de la ciudad. Las armas estaban listas. La entrada estaba trabada, el mecanismo no funcionaba, la palanca era incapaz de abrir la puerta. Había que forzarla. Llevaba tantos años cerrada que se hacía imposible abrirla de forma normal.
Brandon miró a sus hombres y escogió solo tres soldados para entrar en aquel lugar oscuro, donde no se podía observar ninguna luz salvo la que entraba por la puerta.
—Carla, Bart, Lio, ustedes entrarán conmigo.
Algunos hombres le lanzaron miradas extrañas. No pronunciaron palabra, pero sus gestos denotaban incomodidad.
—Los demás esperarán aquí. ¿Entendido?
Todos asintieron en señal de aprobación.
Los cuatro entraron a los túneles, dejando atrás el último resquicio de luz solar tamizada por una niebla que envolvía la entrada. Al frente marchaba Brandon; detrás, con cara de nerviosos, iban los otros. En una de las paredes encontraron un par de antorchas. Lio las encendió chocando su armadura contra el borde de un muro.
Avanzaron y todos se sorprendieron de aquel enorme lugar que parecía una ciudad enterrada. Bart miraba como quien busca lugares conocidos, pero solo encontraba preguntas. Los roedores se habían apoderado de todo; a cada paso caminaban sobre las botas de acero de los soldados. Brandon pisó una baldosa. Su peso hizo que se quebrara. Allí estaba la fuente, la cual solo tenía huesos de ratas muertas y nada de la belleza de antaño. Todos la miraron. Los jóvenes se preguntaron quién era ese que parecía ser un antiguo dios del cual ya se había olvidado el nombre.
—Es aquí —dijo Brandon—. Este es el lugar.
No lo dijo con seguridad. Lo dijo como quien reconoce un lugar que esperaba no volver a ver. Sus ojos recorrieron el pabellón de piedra caliza desmoronada, devorado casi por completo por enredaderas grises y sin hojas. Una de las enredaderas cubría la puerta de entrada que buscaban. Carla la apartó con la mano; esta se deshizo dejando solo polvo en ella. A la vista quedó una enorme entrada de mármol que dejaba relucir una pequeña abertura.
Bart, ahora cerrajero, ajustó el cinto de su cota de malla. Envuelta en un paño blanco estaba la llave, pesando más de lo que debía. Fría incluso cuando la tuvo junto a su cuerpo. No dijo nada, pero Lio le lanzó una mirada: había sentido el frío que desprendía aquel pequeño objeto. Los demás lo sintieron igual, pero no decían nada aunque su piel se erizaba bajo la pesada armadura.
—Coloca la llave en la cerradura —ordenó Brandon.
Bart tomó la llave y la colocó de forma lenta en la cerradura. La giró hacia la izquierda, pero nada sucedió: la puerta no abría. Lo volvió a intentar, quizás solo estuviera oxidada de tanto tiempo sin darle uso, resultando de nuevo infructuoso. Se levantó, sin comprender qué sucedía. Ninguna cerradura abría hacia otro lugar que no fuera la derecha.
—¿Qué haremos para entrar? —preguntó Lio—. No podremos abrirla como lo hicimos con la puerta de la entrada, pesa demasiado.
—En eso tienes razón. Tiene que existir una manera de abrir la puerta, solo que no somos capaces de verla.
Bart se puso en pie, miró la puerta, se rascó la barbilla. Se giró con la antorcha y alumbró hacia otro lugar; observó los relieves antaño hermosos, ahora corroídos por el tiempo. Su curiosidad le llamaba. Deseaba saber un poco sobre el origen.
—¿Qué es este lugar? —preguntó a Brandon.
—Es un túnel antiguo utilizado hace siglos para guardar objetos de valor.
—No parece un viejo túnel. Es una ciudad subterránea escondida a la vista de todos.
Brandon quedó en silencio unos segundos. No tenía una forma de decir que eso no era una ciudad. Sabía que su secreto guardado podría ser descubierto. Se volteó, miró a los ojos al soldado que le había lanzado la pregunta. Cuando iba a responder, la voz de Lio lo interrumpió.
—Esta llave no abre la puerta, ni lo hará.
Todos se quedaron desconcertados: ¿cómo no podría abrir la puerta si era una llave? Bart se levantó, ya en pie se acercó hasta donde estaba Carla, miró hacia arriba; ella hizo lo mismo, solo que no sabía qué buscar. Lio sonrió. Ella le miró.
—¿Cuál es el motivo de las risas? —preguntó ella.
—Tengo la solución a nuestro problema. ¿Ves lo que queda de la estatua de la fuente? Hay que girarla y ponerla de frente a la cabeza encima de la puerta.
—Probemos —dijo Brandon.
Los cuatro entraron en la fuente de forma ovalada. Los huesos de ratas crujieron bajo sus botas de metal. Comenzaron a darle vuelta hacia la izquierda. No se movía. Estaban a punto de tomarse un descanso cuando sintieron un chirrido: ya iban por buen camino. Lograron darle la vuelta completa y colocarla en el punto exacto, ocurriendo un sonido fuerte de ruedas dentadas girando. El lugar se movió; polvo cayó del techo. Todos miraron desde la fuente cómo la puerta se abría.
Brandon indicó avanzar hacia la puerta. Carla sacó su espada, pero su líder le indicó que no sería necesario empuñar las armas dentro.
—Mi señor, ¿y si encontramos peligro dentro? —preguntó Carla.
—Confía en mí, muchacha. Como lo hiciste cuando te preparé para vestir de negro.
Todos se dirigieron a la entrada. Allí se encontraba una escalera tallada sobre la misma roca, pulida por la humedad de más de un siglo. Los escalones no eran regulares: algunos eran tan estrechos que apenas cabía la punta de una bota, otros tan anchos como un escalón de ceremonia. Brandon se detuvo en el umbral. Esperó. Los otros esperaron con él, sin saber qué esperaban.
Mientras bajaban sintieron un aire seco, extraño, sin olor a nada. Un vacío estéril, sellado para no abrirse nuevamente. Lio se llevó una mano a la nariz por instinto, esperando el hedor a cloaca, a humedad podrida, a algo. Pero no había nada. No olía a nada. ¿Cómo puede no oler a nada? —se dijo para sí mismo.