Capítulo 9
La bóveda
Los tres jóvenes desenvainan sus espadas la voz de Brandon ha quedado en silencio durante algunos segundos ni siquiera un ruido leve, demasiados para esperar una respuesta. La joven decide ir hacia el pero Bart la detiene diciendo que es el quien se aproximara al lugar. Su cuerpo se mueve con cautela dando pasos firmes pero silenciosos
—¿Se encuentra bien, señor Brandon? —preguntó Lio—. Vamos a ir por usted. Bart lo mira con cara de incredulidad le ha delatado.
—Estoy perfecto. Solo tropecé con algo.
Dicho esto, sintió cómo de su frente caía un poco de sangre. Se recostó en una pared y allí tocó algo que lo hizo tambalearse. Un humo negro comenzó a llenar el espacio de aquel lugar. Brandon salió del pequeño fuerte; todos comenzaron a toser. El aire empezó a volverse irrespirable. El fuego de las antorchas comenzó a apagarse cuando, de la nada, las luces se encendieron con un fuego amarillo como el mismo sol que arrancaba desde el suelo formando una T. Las antorchas de las paredes se encendieron permitiendo ver con claridad, y el humo desapareció en su totalidad.
Todos, menos Brandon, se maravillaron con los grabados en las paredes, las caras hechas directamente sobre las rocas. El techo estaba a una altura descomunal, ya vista por ellos antes, solo que ahora con luz impresionaba doblemente.
—La bóveda está a doscientas varas al este, pasando el antiguo atrio de mármol —indicó Brandon.
Llevaba un mapa mental. Lo había consultado antes, arriba, a solas. Sus recuerdos habían recorrido aquellos lugares vacíos, memorizando cada rincón. Ya lo recordaba perfecto. Caminaba con la seguridad de quien ya ha recorrido ese camino en varias ocasiones. Bart frunció el ceño.
—¿Cómo es posible que conozca este lugar con tanta precisión, señor? —preguntó Bart, midiendo sus palabras—. Parece que hubiera estado aquí antes.
Brandon no se volvió. Siguió andando.
—He estudiado mapas. Muchos mapas. Y algunos no están al alcance de todos.
La respuesta era escurridiza, y Bart lo notó. Pero no insistió. Al menos no todavía.
Cruzaron el atrio. Una cúpula de cristal opaco los cubría, tan grande que podría tener dentro a unos quinientos hombres. Lio la miró con detenimiento: las luces colgantes de ella le mostraron
algo increíble. Tocó a Bart para que mirara, pero él siguió de largo. Allí estaban las raíces del mundo, la fundación, solo que Lio no sabía qué era lo que observaba: solo una masa negra. Se detuvo a observarla cuando, de repente, una mano pareció atraparlo. Dio un paso atrás, su pulso se aceleró, el color de su rostro cambió. Estaba a punto de gritar cuando Carla lo giró.
—Lio, debemos continuar —dijo ella—. ¿Se puede saber qué te ha pasado?
—Estoy bien. Tranquila, ya me incorporo.
La bóveda era una puerta redonda de acero con un mecanismo de rueda central, sin cerradura a la vista. Era enorme, mucho más de lo que recordaba Brandon. El acero estaba opaco, sin brillo, pero no oxidado. Como si el tiempo no se hubiera atrevido a tocarlo del todo. Brandon se detuvo a tres pasos. Miró a Bart. Bart asintió, aunque no había pregunta. No hizo falta: ya sabía lo que debía hacer.
Se arrodilló. El suelo estaba frío bajo sus rodillas, un frío que atravesó la tela y se le clavó en los huesos. Palpó la base del marco hasta encontrar la hendidura oculta bajo el polvo. El polvo era fino, antiguo, y se le metió bajo las uñas. Lo sintió como una invasión mínima, produciéndole algo de comezón. La llave de bronce encajó perfecta con un clic suave, y el cilindro giró solo un cuarto. El sonido fue tan limpio, tan preciso, que Bart lo sintió como un latido que subía por el metal y le llegaba hasta la muñeca.
La puerta se abrió hacia adentro sin emitir sonido alguno. Lio dio un paso atrás por instinto; Bart, siempre fuerte y altanero, retrocedió. Hasta Brandon, siempre impasible, tensó la mandíbula. El aire que escapó de la bóveda era tibio. Tibio y seco. Un contraste difícil de creer comparado con la temperatura de afuera. Carla dijo entre labios:
—Qué lugar tan extraño. Debe estar maldito.
Su líder la observó unos segundos. Su mirada era extraña, como si dijera que la joven guerrera tenía razón. Con su mano izquierda señaló la puerta, dando la orden de entrar.
El interior era pequeño, apenas del tamaño suficiente para que los cuatro, apretados, tuvieran espacio para moverse. Estaba iluminado por un resplandor verde pálido que emanaba de las paredes revestidas de plomo. Esa luz no parpadeaba. Era constante, hipnótica, causante de dolor en la vista de los presentes, que se rascaban los ojos constantemente. En el centro, sobre un pedestal de basalto negro, había una urna fabricada en diamante sólido de color rosado, contrastando directamente con el verde de la habitación. Brandon se dirigió hacia ella y la abrió, pero al hacerlo se llevó una enorme decepción. Sabía que había algo guardado allí, solo que ya no estaba.
—Está vacía —dijo Lio con voz de decepción, esperando encontrar algo poderoso que justificara su viaje hasta aquel lugar.
La urna estaba allí, solo sin contenido. No había mapas, no había secreto alguno guardado, no había ni siquiera un texto sagrado que explicara algo de lo ocurrido ahí fuera. Carla se acercó. Pasó su mano por dentro: ni siquiera rastros de polvo. Ni un residuo. Ni una mancha. Como si nunca hubiera contenido nada.
Brandon se quedó un instante sin decir palabra. Observó el pedestal. La urna. Sintió un vacío que no podía explicar. Su mano se posó sobre el cuchillo de su cintura. El ambiente era tenso; nadie se movía ni decía una frase.
—Alguien se nos adelantó —dijo Lio. No era una pregunta.
Brandon negó con la cabeza, muy despacio.
—O nunca estuvo aquí —terminó por decir Lio.
Esa posibilidad era peor. Porque si nunca había estado allí, todo aquel viaje había sido en vano, habían dejado la formación en vano. No querían admitirlo. Todos pensaron en lo que dejaron en aquella planicie que podría convertirse en campo de muerte si no llevaban lo pedido. Brandon pensó en Esmos, en que debía protegerlo pero no sabía de qué. Carla pensó en sus hermanas de negro, solas, arriesgando su vida. Lio sintió miedo: no estaba preparado para algo así. Bart, por su parte, mantuvo su mirada guardada en aquella vasija rota que una vez guardó algo que su mente le decía que era poderoso; deseaba verlo, tocarlo, sentir su poder. Algo le decía que estaba ligado a su destino.