Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 10: Cuchillos de ceniza

Capítulo 10

Cuchillos de ceniza

El interior era pequeño, apenas del tamaño suficiente para que los cuatro, apretados, tuvieran espacio para moverse. Estaba iluminado por un resplandor verde pálido que emanaba de las paredes revestidas de plomo. Esa luz no parpadeaba. Era constante, hipnótica, causante de dolor en la vista de los presentes, que se rascaban los ojos constantemente. En el centro, sobre un pedestal de basalto negro, había una urna fabricada en diamante sólido de color rosado, contrastando directamente con el verde de la habitación. Brandon se dirigió hacia ella y la abrió, pero al hacerlo se llevó una enorme decepción. Sabía que había algo guardado allí, solo que ya no estaba.

—Está vacía —dijo Lio con voz de decepción, esperando encontrar algo poderoso que justificara su viaje hasta aquel lugar.

La urna estaba allí, solo sin contenido. No había mapas, no había secreto alguno guardado, no había ni siquiera un texto sagrado que explicara algo de lo ocurrido ahí fuera. Carla se acercó. Pasó su mano por dentro: ni siquiera rastros de polvo. Ni un residuo. Ni una mancha. Como si nunca hubiera contenido nada.

Brandon se quedó un instante sin decir palabra. Observó el pedestal. La urna. Sintió un vacío que no podía explicar. Su mano se posó sobre el cuchillo de su cintura. El ambiente era tenso; nadie se movía ni decía una frase.

—Alguien se nos adelantó —dijo Lio. No era una pregunta.

Brandon negó con la cabeza, muy despacio.

—O nunca estuvo aquí —terminó por decir Lio.

Esa posibilidad era peor. Porque si nunca había estado allí, todo aquel viaje había sido en vano, habían dejado la formación en vano. No querían admitirlo. Todos pensaron en lo que dejaron en aquella planicie que podría convertirse en campo de muerte si no llevaban lo pedido. Brandon pensó en Esmos, en que debía protegerlo pero no sabía de qué. Carla pensó en sus hermanas de negro, solas, arriesgando su vida. Lio sintió miedo: no estaba preparado para algo así. Bart, por su parte, mantuvo su mirada guardada en aquella vasija rota que una vez guardó algo que su mente le decía que era poderoso; deseaba verlo, tocarlo, sentir su poder. Algo le decía que estaba ligado a su destino.

Ya estaban fuera de aquella triste bóveda cuando el silencio de la ciudad sin vida se rompió. Armaduras pesadas comenzaban a bajar de forma lenta por la escalera; sus pasos eran toscos, duros, rayaban con sus armas las paredes en señal de que habían llegado. Brandon alzó la mano en un gesto tajante, ordenando ocultarse detrás de una vieja construcción. Todos contuvieron el aliento. Bart sintió el frío de la llave intensificarse, como si el metal reaccionara a la presencia de algo hostil. O como si estuviera avisándole.

Pasaron de largo, pero las luces no llegaban hasta el escondite. Los enemigos lanzaron un polvo al suelo; este se esparció con un color blanco, marcando las huellas por donde habían transitado los guerreros de Acraid. Eran seis soldados. Se movían rápido.

—Nos siguieron —susurró Lio, apretando su espada contra el pecho—. Los Cuchillos de Ceniza.

—¿Cuchillos de Ceniza? —dijo Carla—. ¿Quiénes son esos hombres a los que llamas así?

Lio tardó unos segundos en responder.

—Así les llaman las mujeres que han logrado escapar de ellos. Portan cuchillos y pintan sus caras con cenizas de territorios quemados. Son hombres y mujeres entrenados desde niños en el arte de rastrear, matar y desaparecer sin dejar huella. Se dice que no tienen miedo, porque les queman los nervios del terror en un ritual del que pocos sobreviven.

—Es suficiente, Lio —dijo Brandon—. Ya sabemos quiénes son. Ahora debemos matarlos.

Brandon no sabía si eso era verdad o leyenda. Pero había visto los cuerpos que dejaban a su paso. Eso sí era real, no historias contadas de boca en boca.

No hubo tiempo para maldecir. Las manos de Lio temblaban. Se le notaba en el temblor de la espada que apretaba contra su pecho. Bart le colocó la mano en su arma y le miró. Su mirada le decía: ten serenidad, todo saldrá bien. Lio era joven, jamás había estado en ningún conflicto de cualquier magnitud. Los seis hombres se colocaron frente al refugio donde se guarecían Lio, Brandon, Carla y Bart.

—Sabemos que estáis ahí dentro —dijo el líder, un hombre cuya voz sonaba como si le hubieran pasado una lija por la garganta—. Podemos oler el miedo. Uno de ustedes apesta a miedo. Dadnos lo que habéis encontrado y dejaremos marchar a todos con vida.

No gritó. No amenazó. Lo dijo como quien comenta el tiempo. Y eso lo hizo más aterrador. Brandon sintió un escalofrío que le subió desde la nuca hasta la coronilla.

Brandon dio la orden con un chasquido de dedos. No iban a entregar nada porque no tenían nada que entregar, pero el enemigo no creería que la bóveda estaba vacía. Los Cuchillos de Ceniza no creerían que la bóveda estaba vacía: habían arrasado pueblos por menos. ¿Cómo pensar que los dejarían vivir a ellos?

Bart salió del lugar donde estaban ocultos con su espada en la mano y una sonrisa en su rostro, listo para la lucha. Se le veía en la cara que le gustaba el derramamiento de sangre. Carla le siguió; su yelmo estaba sobre su cabeza, cubriéndola por completo, solo sus ojos quedaban a la vista. Lio salió junto con Brandon. Los enemigos lo miraron: sabían que era él, conocían su miedo. Ahora era momento de aprovecharlo.

—Por fin nos vemos de frente —dijo el Cuchillo de Ceniza—. ¿Por qué os ocultabais?

—No tenemos lo que buscáis. Es la verdad.

Los enemigos lo miraron como queriendo sacar la verdad con la vista, pero no pudieron sacar nada. Algo extraño, ya que su sola presencia era capaz de generar un miedo irreversible.

—No somos tontos, hombres de hielo y frío. Sabemos que bajasteis hasta aquí para encontrarlo.

—Ustedes han traicionado su palabra. Pidieron algo que no cumplieron; ya lo saben, pero eso no les interesó: lo quieren de cualquier modo. Pero les repito: no lo tenemos.




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