Capítulo 12: Espectros
Esmirla retrocedió en la silla como si la hubieran golpeado. No físicamente. Fue un movimiento instintivo, una retirada del alma más que del cuerpo. Jamás pensó escuchar esas palabras.
-¿Tu honor? ¡Son enemigos de Acrad! ¡Han pisado nuestra tierra con espadas, han quemado hogares! ¿Cómo puedes siquiera pensar en... en perdonar? Hace solo unos momentos querías matarlos a todos. ¿Qué sucedió? Sé que no es miedo.
-No hablo de perdón -su voz era plana, fría, sin fisuras-. Hablo de supervivencia. Y a veces, para sobrevivir, hay que tragarse el veneno antes de que te lo arrojen a los ojos.
Iba a replicar, a reclamarle a su hermano, cuando Esmos alzó la mano cerrada en un puño. No era un puño de fuerza, menos de ira. Era solo una demostración de que el debate había terminado. El heredero había hablado.
Y entonces, todos lo vieron hacer lo impensable.
Desmontó de su caballo. Sin pedir permiso, sin consultarlo con nadie. Caminó hacia uno de los portaestandartes, un joven blanco, tan delgado que apenas podía sostener la bandera con sus manos. Le arrebató la bandera de Acrad, el símbolo de su nación, la quitó y con respeto la colocó sobre su hombro. Tomó un pedazo de la tela que iba por debajo de su cota de malla y la colocó donde una vez estuvo la bandera. La miró con firmeza, se percató de que estuviera bien sujeta, y con un movimiento que combinaba desafío y ritual la clavó en la nieve. Luego se plantó a su lado, erguido, con las manos a la espalda. Su silueta contra el blanco infinito era un mensaje tallado en el aire: Aquí estoy. Hablen.
Se volvió hacia sus hombres, hacia los señores feudales boquiabiertos, hacia su hermana, cuya cara era una máscara de incredulidad y furia.
-Iremos -dijo.
Una palabra. Un mundo entero se desmoronó con ella.
Nadie podía creerlo. Todos creyeron haber escuchado mal. El heredero de Acrad parlamentaría con los enemigos, con los asesinos, con personas que quemaron pueblos enteros en la marca oriental. ¿Cómo podía ser posible algo así? Muchos soldados mostraron una cara diferente: la esperanza latía en su pecho.
Héctor Tormenta, un señor feudal ancho como un toro y con una lealtad a prueba de fuego, impulsó su corcel negro un paso adelante. El animal resopló, inquieto, como si entendiera el peligro mejor que su amo.
-Señis -dijo, el título antiguo de respeto temblando ligeramente en sus labios-, creo que debemos...
Esmos giró la cabeza. Lo vio directo a los ojos. Esa sola mirada fue suficiente para cortar la frase del feudal. Entendió algo que ya conocía: el mensaje era claro, heredado del gran Señorialis, el padre de Esmos y líder de Acrad, un hombre que había gobernado con puño de hierro durante cuarenta años: Se obedece primero. Después, si sobrevivimos, puedes quejarte. Sin opción alguna, agachó la cabeza en señal de respeto y volvió a su lugar con la cabeza gacha, sin estar de acuerdo -pues lo consideraba una trampa mortal- pero obedecería, como era su deber.
Todos los demás bajaron la mirada. Uno a uno, como fichas de dominó cayendo en cadena. La decisión estaba tomada.
Con la misma voz de acero, Esmos se dirigió a su hermana:
-Esmirla. Escoge a tus tres mejores guerreras. Irán conmigo. Yo llevaré a...
-Estás intentando dejarme fuera -lo interrumpió ella, clavándole los ojos con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquier otro-. Sabes que no me quedaré a mirar cómo haces las cosas mientras arriesgas tu vida y yo me quedo sin poder hacer nada. No soy una doncella atrapada en una torre; soy tu mejor espada y lo sabes.
Un viento repentino sopló entre los presentes. Su frío era diferente al de ese día; se sentía extraño, como si algo más estuviera en él. Fue un muro de aire gélido que terminó por silenciar las palabras de Esmirla, sellando su boca. Por unos segundos, el mundo se redujo a ese viento y a la nieve que levantaba: copos grandes, pesados, como lágrimas congeladas del cielo. Copos que se pegaban a las pestañas sin derretirse.
Cuando pasó, algo había cambiado. Era el mismo lugar, la llanura helada, solo percibida por todos de forma diferente. Una nueva presión, antigua, maligna, se posó sobre ellos. Como si el cielo hubiera descendido sobre cada hombre y mujer presentes, dejando caer todo su peso sobre ellos.
A lo lejos, en la línea difusa donde el río se encontraba con la nieve, algo se movió. No era el avance ordenado de los emisarios. Era algo distorsionado, como si el paisaje mismo se estuviera retorciendo, como si la realidad comenzara a cambiar delante de sus ojos.
En lo alto de la muralla, una vigilante observaba. Era Esmirna, la menor de los hermanos. Desde su atalaya, el panorama era claro pero a la vez engañoso. La llanura se extendía vacía; solo los soldados estaban presentes, pero su presencia pasaba desapercibida. El aire vibraba como la cuerda de un arco gigantesco a punto de soltar su flecha. Un escalofrío de esos que solo aparecen ante las situaciones donde la propia alma siente el peligro recorrió cada vértebra de su columna. Algo anda mal, pensó. Y ese pensamiento tenía sabor a presagio.
Los señores feudales, sintiendo el cambio del clima, se retiraron colocándose cada uno al lado de sus hombres. El tiempo de debatir había terminado; la acción estaba por llegar. Ahora solo quedaba prepararse. Ajustar las correas de las armaduras. Revisar los filos de las espadas. Y esperar la hora del comienzo.
Esmirna apoyó las manos enguantadas en la piedra helada de la almena. El frío le mordió la piel a través del cuero, un dolor agudo y limpio que la ancló a la realidad, que le recordó que estaba viva. Abajo, la marca de la serpiente estaba viva como nunca lo había estado; podía sentir sus latidos en la roca, parecía retorcerse allí debajo. Se dijo a sí misma: No puede ser, debe ser mi mente jugando conmigo.
No flaquearás, se ordenó. Solo que su esperanza, la cual le había costado tanto mantener encendida durante todo aquel asedio, comenzó a desvanecerse dentro de su pecho como animal herido buscando refugio donde descansar y no morir.