Capítulo 13: La sombra de huesos
El miedo ya no estaba en el aire; se había metido en los cuerpos, en la fortaleza de aquellos hombres con sus armaduras de metal. Se podía masticar, como carne difícil de digerir sin agua. La leyenda decía que la Sombra se alimentaba del terror, que cada gota de pánico la hacía más fuerte, más real, más presente. Por lo tanto, su fuerza se hacía cada vez mayor frente al naciente terror de aquellos hombres hacia ella y su poderosa horda de jinetes espectrales.
Esmirla había desmontado de su caballo. Estaba junto al flanco de su corcel, al cual llamaba Piedra pues nació en una noche donde la luna era más bella y una lluvia de estrellas la recorría. Su mano derecha descansaba sobre el cuello del animal para calmarlo -o para darse calma a sí misma. No le temía a la Sombra. Para ella, el concepto era demasiado abstracto, demasiado irreal para su mente práctica. Lo que veía era una amenaza pisando su amada región congelada. Un enemigo. Y a los enemigos se les enfrenta. Se les corta la cabeza. Se les quema el cuerpo. Se acabó.
Observó a sus hombres. Lo percibía en su mirada: no tenían que hablar, se notaba. Permanecían en su lugar porque no podían correr, o tal vez por temer más a su ira que a la propia Sombra. Hombres entrenados personalmente por ella, que la habían visto luchar y sangrar, ahora temblaban como niños. Peor aún fue cuando vio a los líderes, a los que debían infundir el coraje a sus hombres, temblar de miedo. Incapaces de mirar al frente y ver a su enemigo a los ojos. Eso la enfureció. La enfureció hasta hacerla olvidar su propio miedo.
-¡Hombres de Acrad! -Su voz, amplificada por la cámara de su casco, cortó el hechizo de terror como un cuchillo corta la mantequilla-. ¡Acrad los necesita calmados! ¡Lúcidos! Esa... cosa -y señaló con la espada a la figura distante, la punta del acero brillando bajo la luz enfermiza- quiere que creamos en cuentos de viejas. ¡La historia podría ser real, sí! Nuestros ojos nos mienten, o nos muestran algo que no entendemos. ¡Pero no nos equivoquemos! ¡La Sombra de Huesos no nos detendrá! Ella no tiene la fuerza para lograrlo... a menos que nosotros se la demos. Recordad lo que sabéis, lo que vuestros abuelos os contaron: se alimenta de vuestro miedo. Si tembláis, la fortalecéis. Si dudáis, le abrís la puerta. ¡Si no la detenemos con nuestra voluntad...
Sus palabras fueron detenidas por algo nuevo. No un sonido, sino un olor.
Un olor nauseabundo, innatural, golpeó la llanura. Olía a tumba abierta después de una inundación, donde los cuerpos se corrompen y se mezclan con el agua podrida; a carne putrefacta mezclada con una dulzura enfermiza; a flores marchitas sobre un cadáver que llevaba semanas pudriéndose al sol. Era tan fuerte que entraba no solo por la nariz, sino por los ojos, la boca, los poros de la piel. Era insoportable.
El efecto fue instantáneo. Hombres y mujeres se taparon la nariz con sus codos, con los guantes de metal, tosiendo, faltándoles el aliento, aunque muchos en ese momento desearan dejar de respirar. Algunos, más débiles o más sensibles, simplemente perdieron el conocimiento, desplomándose en la nieve como muñecos rotos. Otros se doblaron y vomitaron violentamente; sus despojos mancharon el blanco inmaculado con amarillo ácido. El olor a vómito se mezcló con el hedor a muerte, creando una atmósfera irrespirable.
Esmirla estaba igual que los demás, pero debía mantenerse firme, debía ser ejemplo. Es una heredera al trono; las debilidades son para otros, no para ella. Clavó sus talones en la nieve, apretando la mandíbula con tanta fuerza que le crujieron los dientes. Se decía: no cedas, pero el olor le revolvía las entrañas, le nublaba la visión. A unos cien pasos vio a Esmos. Él, una fortaleza física, se dobló sin que fuera su intención y una flema blanca comenzó a salir de su boca, manchando la crin de su caballo. No había comido esa mañana. Ninguno de ellos había comido. El vacío de su estómago se rebelaba ahora con bilis y horror.
Esmos fue su pensamiento. Debía llegar hasta él. No hasta el heredero, sino hasta su hermano. Debía llegar hasta su compañero de aventuras y escaramuzas, recordarle quién era. Dio un paso hacia adelante, luchando contra la náusea que le subía por la garganta y le bajaba de nuevo hasta su estómago. Cayó de rodillas; la nieve espesa le impedía caminar con facilidad. Crisan se dirigió a ayudarla, pero fue inútil: el vómito se apoderó de su cuerpo hasta hacerla caer al suelo. Cada paso era una batalla por conseguir llegar hasta Esmos.
Y entonces, el mundo desapareció.
Pasó de forma extraña no se desvaneció como cuando uno duerme. No fue un desmayo, algo le paso a su mente un recuerdo no deseado llego hasta ella. Envolviéndola en ese pequeño fragmento de su vida como un tsunami envuelve la playa hasta tragarla por completo.
Está en el palacio de Acraid, en su habitación de la infancia. La luz es dorada, tibia, entra por la ventana. Es hora de levantarse. Como cada mañana su perro está al lado de su cama, un mestizo de pelo marrón y ojos fieles. Al poner un pie fuera de su mullido colchón, este se tumba boca abajo. Ella le hace cosquillas en la barriga, y él mueve las patas en el aire, con la lengua fuera, los ojos entrecerrados de placer. Risa es todo lo que hay dentro de aquella habitación, despreocupada sin apuro, algo que ella misma había olvidado.
De pronto la luz cambia de color, se vuelve gris fría. Su habitación desapareció en un entrecerrar de ojos, ahora está frente a su padre. Él está de pie, su armadura ceremonial reluce bajo la luz de las antorchas. Le pide acercarse, la sienta en sus piernas, en sus ojos hay pesar profundo. No sabe cómo decirlo no encuentra las palabras adecuadas.
-Hija -dice su voz, grave y quebrada-. Sakí... Sakí murió mientras estabas fuera en las maniobras del sur. Una enfermedad. Rápida. Lo siento... no se pudo hacer nada. Te buscaremos otro. Uno igual.