Capítulo 14: Hija mía
La nieve se hace cada vez más densa. Dificultando su estadía en ella, los soldados mantienen la mirada sobre la horda espectral comandada por la Sombra de Huesos que parecía reír frente a la aún asustada tropa de Acrad. Esmos toma su caballo, vuelve a montar, le dice con la mirada a Esmirla que haga su tarea de seleccionar a sus guerreras. Irían al encuentro con su enemigo. Ella obedece con gesto de cabeza. Su caballo se encuentra un poco lejos de su posición, se acerca hasta su corcel de batalla, le acaricia la crin y la cabeza y le dice.
-Vamos amigo es hora de iniciar. -Cuando coloca un pie en el estribo de su montura algo la golpea en la cabeza no era un arma de metal o madera, era el mismo recuerdo de su perro regresando a ella. Cómo podía haber vuelto se pregunta sin obtener respuesta, comienza a dominarla de a poco pero cambia algo, una figura antes no vista aparece en sus pensamientos, la ve de lejos no la distingue, su mente se la imagina. Sabe su deber es luchar contra eso, su cuerpo está rígido sus ojos abiertos se recuestan contra la montura, su hermano la ve impávida sin movimiento. Se dirige hacia ella cuando la ve levantarse, montar en su caballo y seguir. ¿Qué ha pasado se pregunta pero ese no es el momento de averiguarlo? Solo Esmirla sabía lo sucedido.
No fue el recuerdo de Sakí lo que partió en dos el mundo de Esmirla.
Fue la voz.
No una voz que llegó por los oídos, filtrándose a través del aire, viajando en ondas sonoras como cualquier otro sonido. Resonó dentro de su cráneo, parecía haber estado allí siempre, esperando el momento exacto para salir agazapada en un rincón. Era una voz fría, no por falta de emoción, sino por una temperatura espiritual bajo cero. Y era familiar. Eso era lo peor, de donde la conocía. Tan familiar como el sonido de su propia sangre al latir en sus sienes cuando el miedo aprieta. No podía recordar donde la había escuchado.
-Hija mía. -Dijo aquella voz.
Dos palabras. Una afirmación. Un reclamo.
He venido a reclamar lo que es mío.
Solo ella las escuchó. El resto de los presentes continuaban en completa quietud. Tensa pero en quietud. Los soldados seguían recuperándose del hedor en la nieve. Los caballos seguían piafando, nerviosos. El viento seguía sin soplar. Pero para Esmirla, el universo había cambiado de eje. Todo seguía igual, pero nada estaba en su sitio.
¿Cómo? ¿Cómo podía esa cosa, esa abominación de huesos y sombra, dirigirse a ella con esas palabras? Ella conocía a sus padres, se dice en su psiquis, además la sombra era algo ancestral casi tan antigua como el mismo mundo. No creía aquellas palabras. Creía en lo que podía tocar. En lo que podía cortar. Aquello no entraba en ninguna de sus categorías.
¿Cómo podía llamarla hija?
La pregunta aunque su mente no quería cayó en el estanque de su conciencia mientras avanzaba a cumplir con el trabajo encargado. Esa frase se expandió sin fin sin límites reverberando en cada rincón de su ser. Una campana tocando. Un repique que no se detenía.
El mundo se detuvo para ella. En contra de su voluntad.
El aullido del viento, que antes le azotaba la cara con ráfagas heladas, se desvaneció. Los gemidos de los heridos por el hedor, órdenes tensas grita para mantener la formación, los cascos de los caballos golpeando la nieve compactada, con la intranquilidad de la continuidad del peligro, todo se fundió en un rumor sordo, como si lo escuchara desde el fondo del mar. Como si estuviera sumergida y la superficie quedara muy arriba.
Esmirla dio un paso atrás su caballo se tensó, la inquietud llegó hasta él, lo sabe, no hace nada por calmarlo. No fue una decisión consciente. Fue un reflejo. Como si un puño la golpeara en el pecho, solo que este no estaba hecho de carne humana, no golpeaba la piel sino el alma. El golpe fue justo debajo del esternón, donde las costillas se abren. No causaba dolor físico en su cuerpo, solo la dejaba sin aliento.
El aire escapó de sus pulmones en un jadeo seco, sin sonido. Solo una exhalación que se llevó consigo algo más que oxígeno. Se llevó una certeza que había sostenido toda su vida.
Sus manos, con las cuales blandió su espada, para matar, para proteger lo suyo ahora temblaban. No era un temblor de frío. Hacía frío, sí, negarlo era imposible cuando tu aliento se congela delante de ti, pero este temblor venía de otro sitio. Era interno profundo, naciendo desde sus huesos, propagándose hacia fuera como las ondas del agua al lanzar una piedra a un lago.
Su cuerpo le llama hacia ella quiere voltear, le decía a gritos es verdad. Había una resonancia, un eco en su propia carne que respondía a esa voz, a esa presencia, con un reconocimiento aterrador. Su mente le dice que no debe creerlo es solo un engaño del enemigo. Pero estaba allí. Tan parecido como reconocer a una persona en la calle sin verle el rostro, sabiendo solo que es él por su forma de caminar. Como cuando una canción te transporta a un lugar donde nunca has estado pero que recuerdas perfectamente.
Su psiquis, su mente racional, la Esmirla que se había forjado a sí misma con disciplina y voluntad, se negaba a creerlo. Gritaba ¡mentira! en el vacío de su cráneo. Una negación tan feroz que le hizo sangrar la nariz.
-Hija. Volvió a escuchar.
La palabra rebotaba en las paredes de su mente, buscando un lugar en el cual acomodarse y quedarse de forma permanente, solo que no lo encontró. No había espacio para ella, Esmirla se lo negó. Su espacio estaba cubierto en la historia conocida de sí misma. Su historia era: hija del Señorialis, hermana de Esmos, guerrera de Acrad. Punto. No había nada más. Nunca lo había habido. Ni podía haberlo.
Continúa avanzando, su cuerpo se tambalea un poco, el paso de su animal era lento, demasiado, parecía llevar días de camino. Una nueva visión golpeó su mente, mientras seguía en movimiento. Su padre, el Señorialis, caído en un campo de batalla nevado, su armadura destrozada, su cabello gris manchado de rojo. Y a lo lejos un llanto de bebé y una sombra oscura sobre él, mientras un hombre al cual no puede ver su cara se acerca al llanto. Lo busca no lo encuentra, vuelve a reaccionar. Era otro intento burdo de dominarla a través del dolor, de explotar su amor filial como se explota una grieta en una muralla. Pero Esmirla, incluso ahora, no se rendía.
Seguía clavada en el presente. En la nieve real. En el frío real que le mordía las mejillas. Sin embargo, paralizada. Atrapada entre el horror de la visión y la negación autoimpuesta a sí misma. Como un animal caído en una trampa de la cual no puede salir, sin poder avanzar ni retroceder.
Estaba a punto de ser consumida por ese conflicto interno, cuando una mano se posó en su hombro. Una mano que olía a cuero viejo y a aceite de armas.
Era Brandon, comandante de la guardia y su maestro de esgrima. Él no dijo nada. Solo la miró. Y en sus ojos, endurecidos por mil batallas, Esmirla no vio miedo a la Sombra. Vio otra cosa. Una pena inmensa. Una culpa antigua. Y una petición silenciosa: Calma. Aguanta. No te rompas ahora.
-Debes volver a ser tu muchacha. Aún debes vencerme en una pelea.
-Viejo maestro te agradezco tu ayuda. Y te daré esa pelea que quieres, ya puedo vencerte. -Ambos terminaron riendo.
El miedo no había desaparecido, seguía allí, agazapado en algún rincón de sus entrañas. Pero aprendió a respirar por encima de él.
Brandon se volvió hacia la horda, la observó. Mira a los espectros con el rostro convertido en una máscara de odio y de algo más. ¿Era dolor? ¿Culpa? No miraba a Esmirla. Como si mirarla fuera admitir un enorme secreto que lleva años ocultando a todos.
Oculta un secreto. Fue el pensamiento de la que una vez fue la aprendiz de Brandon.
No podía comprobarlo, solo lo presentía. Brandon el hombre más leal a su madre ocultaba algo. Algo sobre ella. Quería agarrarlo, sacudirlo, exigirle respuestas. ¿Qué sabes? ¿Qué me has ocultado? Solo que no lo hace, la mujer estratega guerrera no se lo permite al menos en ese momento no. La verdad podía esperar. La muerte, no.