Capítulo 15
La carga de los espectros
La Sombra de Huesos, el nuevo gran enemigo, sabe que su ataque psíquico ha fallado, pero sabe que hizo algo importante: plantar la semilla de la duda, del caos, dejó una grieta la cual no podría cerrarse de nuevo, al menos del todo. Alzó su mano de huesos en un movimiento lento, casi ceremonial.
Sin trompetas, sin tambores, sin gritos de guerra de aquella horda de espectros. Solo un silbido fino.
Un silbido agudo penetrante. Parecía no venir de ningún lado y a la vez de todos. Era tan fuerte que cortó el aire gélido, atravesó la muralla hasta clavarse en los tímpanos de los presentes como un dolor vivo. No se parecía a nada que hubieran escuchado antes. Algo entre el viento al atravesar una rendija y el chirrido de un metal que no existe al ser afilado.
Y la horda cargó.
No fue una carga al galope. Decir que galopaban era como decir que estaban vivos, tenían carne y no era así solo eran huesos. El galope requiere esfuerzo, y aquello no requería nada. Las monturas esqueléticas se movían sobre la nieve como si esta no estuviera en ese lugar, como si nunca hubiera caído nada en esa llanura. Sin relinchos, sin estandartes, solo avance incontenible, sincronizado y mortífero. Decidido a borrarlos de la existencia.
Un pánico controlado estalló entre las líneas de Acrad. Todos se prepararon para el inminente impacto, sonido metálico se escuchó en aquel lugar, eran miles de espadas desenvainadas al unísono. Los escudos se levantaron, formando una barricada de madera y metal, un muro de contención contra lo incontenible. En la muralla Esmirna y el líder de los arqueros, un hombre delgado llamado Loras, recorrían las líneas con pasos rápidos y seguros.
-¡Cargad! ¡Esperad la orden! ¡Nervios de acero y ojos en el blanco!
Ahora solo debían esperar la señal de Esmos quien se había recuperado después de todo lo vivido hace unos minutos y esperaba la horda espada en mano.
Ya los tenían encima, muerte se podía respirar en el aire. Muerte que pronto llegaría hasta ellos. La batalla, la verdadera, la física, iba a comenzar en segundos. Segundos que se acortaban con cada paso del enemigo hacia ellos. Pero que duraban más de lo que deberían.
Nadie, ni el más veterano, estaba preparado para aquello. Ningún ejército enfrentó jamás a una oleada de muertos.
Esmos respiró hondo. El aire le quemó los pulmones, como si estuviera inhalando fragmentos de fuego en pleno invierno. Alzó el brazo. El movimiento fue visto por toda la línea.
-¡Preparad! -gritó, su voz atravesando el viento.
Los escudos se solidificaron, los brazos ahora formaban partes de ellos. Esmos delante solo vigoroso esperando la llegada del enemigo, las lanzas listas, la caballería atenta, cada líder junto con los suyos formando una sola nación. Y solo una pregunta en la cabeza de todos: ¿podrán matar lo que ya está muerto? Esmos se gira unos minutos, busca a Esmirna en el borde de la muralla, da la orden, y esta fue vista por Loras, quien estaba observando.
-¡Alzad! -grita la voz de Loras.
Los arcos se alzaron en la muralla. Puntas de flecha buscando un blanco que no estaba allí, porque el enemigo aún no había llegado. Pero llegaría.
En ese preciso instante una voz sale de la nada para gritar con una fuerza que no parecía humana, cayendo desde las alturas. No venía del campo de batalla. Venía de la muralla. De lo alto de un torreón.
-¡ALTO!
Una sola palabra había pronunciado pero en ella Esmirna había volcado todo su ser, toda su esperanza. Todo el presentimiento que la había atenazado desde que vio moverse el horizonte. Su voz resonó con una potencia que desafió a la tempestad, que cortó el silbido sobrenatural, hizo que hasta los jinetes espectrales se detuvieran por un microsegundo, un instante tan breve que los que lo vieron dudaron después si había sido real, parecieran vacilar en su avance deslizante.
Esmirna nunca había alzado la voz así. Y cuando lo hacía, algo dentro de Esmos sabía que debía escucharla. Los presentimientos de su hermana pequeña nunca fallaban.
Esmos está confundido, tiene una decisión que tomar, todos sus hombres están listos. Pero su hermana le grita alto. ¿Cómo podría detenerse ante una situación así? La observa allí desde su almena observando la planicie a su lado Yuna su leal compañero. El viento le mecía el cabello, que se había soltado del moño y le caía sobre los hombros como rayos dorados. El esfuerzo de ese grito la había dejado sin aliento. Jadeaba apoyada en las piedras para tener que sentarse.
En el otro lado del río el líder enemigo, con gesto despreocupado, casi casual, como quien se quita un sombrero al entrar en una casa, se quitó el yelmo, dejando ver un rostro marcado por el tiempo y la guerra, pero de una belleza austera y terrible. Su cabello tan blanco como la misma nieve que pisaba, cayó largo y suelto llegándole a la mitad de la cintura, el viento lo movía y parecía brillar en cada onda provocada por el aire. No miró a Esmos. No miró a la muralla de escudos. Levantó la vista, directamente, hacia la figura de Esmirna en el torreón.
Su mirada cruzó la distancia y se clavó en ella.
Esmirna sintió ese contacto visual de forma física. Llegando a su médula para revelarle no solo que era observada de cerca sino algo inesperado de parte del enemigo: admiración. En sus ojos azules y profundos como lagos glaciares, Esmirna lo vio y pensó para sí misma no puede ser cierto. Una sonrisa, amplia, genuina, casi alegre marcaba su rostro denotando lo que ella había visto: reconocimiento. Como la de alguien que ve, por fin, a un viejo amigo. A un viejo amigo al que ha esperado mucho tiempo.
El instante pasó rápido pero ella lo sintió real, palpable. Finalmente desapareció para dejar ver la frialdad anterior. Pero algo había cambiado.
-Tienes talento muchacha, de cabellos dorados. Tienes la fuerza de cien ejércitos dentro de ti. -Dijo el líder enemigo siendo escuchado por algunos de sus generales que murmuran en su contra, él lo sabe, tampoco le interesa demasiado, ahora su vista ha vuelto a la horda espectral.