Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 16: Tregua mancillada

Capítulo 16

Tregua mancillada

Donován Reclan curtido en cien escaramuzas conocía el miedo de un soldado ya fuera veterano o novato. Conocía el olor a orina y desesperación antes de una batalla. Sabía del silencio de hombres que se han rendido por dentro antes del inicio de las hostilidades. Pero esto era distinto. Esto no era miedo a morir. Esto era la certeza de haber estado ya muertos, por un instante. La certeza de haber cruzado un umbral del que no se vuelve, y luego haber sido devueltos a la fuerza.

La situación se complicaba cada vez más. Una tregua ofrecida para parlamento, una criatura de pesadillas se había mostrado ante ellos, una carga de caballería que no era en realidad una carga y ahora esto: los hombres temerosos de lo que sucederá con la decisión de Esmos de asistir a ese encuentro. Se acerca de forma lenta hasta su señis el cual ya tiene formado a los hombres que lo acompañarán. Esmirla ya tiene a sus mujeres listas para acompañarlos.

-Mi señis -dice Reclan de forma pausada-. Puede ser una celada -musitó Donován Reclan, su escepticismo intacto pese a lo sobrenatural. El viejo soldado no confiaba en nada que no pudiera tocar, y aquellas cosas no se dejaban tocar, menos en la palabra de esos hombres.

-O una oportunidad para ganar tiempo -replicó Esmos, pensativo, mientras se ajustaba el yelmo-. Para entender qué son. Qué quieren realmente. Y para que nuestros arqueros se reposicionen, y nuestros hombres recobren el aliento.

-¿Quién quedará al frente de la tropa? -preguntó a Esmos.

-Hay suficientes líderes entre nosotros, cualquiera puede asumir el mando de ser necesario. No te preocupes, vamos sobrados de personas dispuestas a dirigir.

Donován Reclan lo miró con cara de escepticismo, sus palabras para él estaban equivocadas: nadie podía quedarse frente a sus hombres que no fuera su señis quien era el heredero al trono. Siempre acompañó a su padre a cada batalla librada contra los enemigos y esperaba hacer lo mismo con su hijo.

La mirada de Esmos buscó a Esmirla quien ya estaba a su lado. Ella, aferrándose a la disciplina militar como un náufrago a un madero, estaba analizando los movimientos del enemigo con ojos de halcón. La Sombra de Huesos había desaparecido al igual que su horda de espectros siniestros, dejando ver a aquel hombre de pelo blanco solo avanzando hacia el lugar en el cual tendrían su encuentro. Su avance, lento, paciente. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Esmirla asiente con la cabeza con gesto seco a la idea de su hermano. -Vamos -dijo, su voz ronca por la tensión-. Pero bajo nuestras condiciones. No nos arrodillaremos. No aceptaremos ultimátum. Hablaremos de igual a igual, o no hablaremos.

Su hermano, conocedor de su carácter fuerte e impulsivo, también da consentimiento a sus palabras.

El grupo ya estaba listo. Esmos y Esmirla al frente. Detrás las mujeres de negro con su rostro tapado por su casco solo dejando ver sus ojos fijos en su objetivo, armas en su cintura listas para combatir. A su lado, los dos guardias personales de Esmos: dos gigantes con pectorales de acero que parecían forjados en el propio metal de su armadura.

Antes de salir volvió a mirar hacia arriba, hacia la sección exacta de la muralla donde sabía que Esmirna estaría observando. Sus ojos se encontraron brevemente. Él asintió, una vez. Confío en ti.

Esmirna apretó los puños, sintiendo el peso de esa confianza. No fallaré. Se dijo así misma.

-¿Lo has visto? -le susurró. Su voz era ronca, como si hubiera estado gritando durante horas.

-Sí, mi señora -respondió el arquero, sus ojos fríos ya calculando trayectorias, ajustando mentalmente la parábola de cada flecha-. El cielo se teñirá de muerte si él lo pide.

-Que estén listos. Pero que nadie dispare hasta que yo lo diga. O hasta que él lo diga.

Los dos grupos avanzaron de forma ordenada cada uno con una cantidad similar de hombres por la llanura devastada por el viento y pisoteada por ejércitos fantasmales. Los de Acrad llevan las armas en las manos, no desenvainadas pero sí muy cerca para usarlas de ser necesario. Los rostros, ocultos tras los yelmos, evitando la detección enemiga de su tensión, la mandíbula apretada hasta el punto de doler. Avanzaban con la cautela de quien pisa un campo lleno de trampas.

Los mecrooscuros en cambio avanzaban con las manos vacías, visibles al lado de su cuerpo, solo sostenían las riendas de sus corceles. Armados no lo parecían, no al menos desde la distancia y menos de la forma convencional que esperaban sus rivales. Uno de ellos hizo un gesto de querer llevarse la mano a su cintura pero dos dedos aparecieron a su lado para detener la acción. Se detuvo, era una orden de su líder, avanzando a su lado. Era el mismo hombre de cabello blanco quien avanzaba hacia ellos con un deje de superioridad en su mirada.

-Aún no es el momento de derramar sangre, Kael. Tranquilo. -Hizo una pausa, y añadió-: La sangre no faltará cuando llegue el momento.

Pero Kael en un impulso toma la bandera blanca, traída en lo alto por uno de sus compañeros y la clava en el suelo con tal fuerza que la nieve alrededor del asta que la sostenía se abrió en forma de círculo. Se gira para marcharse, toma a su caballo pero sucede algo, una idea llega a su mente, inesperada, tan rápida sorprendiéndose el mismo y a los demás. Toma la bandera blanca en sus manos de nuevo, la alza, con su rodilla destroza la madera en varias partes, la bandera la hizo pedazos dejando solo pequeños retazos que el viento se llevó de lo que un día fue.

Todos se han quedado boquiabiertos con lo sucedido, todos menos los mecrooscuros quienes ya desmontan de sus monturas, Kael se une a ellos. Los de Acrad se detienen igual a unos metros de ella, el lugar donde debían encontrarse, una zona neutral continuaba igual: frío y cubierto de nieve solo teniendo los jirones blancos del símbolo de diálogo ahora esparcidos por el suelo como presagio siniestro. Un mensaje claro: cualquier pacto, si llegaba a suceder, sería en sus términos, rotos los símbolos previos, o no sería.




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