Capítulo 18: El precio de la sangre
En la muralla, Esmirna vio retroceder al líder enemigo y a sus hermanos inmóviles junto a los restos de la bandera blanca. Algo había salido terriblemente mal. O terriblemente peor.
Los hermanos se miraron sin hablar. Sabían que el pedido de Gornar no debía ser ignorado. Pero arriesgar a su madre la Señoriala de Acrad eso era inconcebible en la mente de ambos.
-No traeremos a mi madre aquí. Eso no pasará. No arriesgaré a mi madre de esa manera.
-Olvidas que también es mi madre, hermano. ¿Crees que quiero verla muerta? No podría vivir con ello, nunca -dijo Esmirla, el dolor asomando en sus ojos.
Entre ambos hermanos se extendieron unos segundos de silencio. El silbido del clima solo llegaba a sus oídos. La mirada de Esmos se dirigió a Gornar quien tenía las manos tras su espalda y una posición firme sobre la nieve. Su capa libre, se movía con el vaivén del viento dándole un aura de grandeza y liderazgo que hasta el propio Esmos tuvo que reconocer. Había tenido algunas luchas contra los renegados pero jamás miedo a perder algo incluso su vida, pero ahora sí lo sentía. Su ser más preciado podría morir si cumplía las exigencias enemigas. Algo atravesó su pecho: la familia era primero, eso le había enseñado su padre. Pero, ¿y sus responsabilidades? ¿Dónde quedaban? Su pueblo esperaba que lo defendiera.
Esmirla lo sacó de la absorción de sus pensamientos en los cuales cayó como una piedra en el fondo del río.
-Esmos, debemos decidir qué hacer.
-¿Pero qué hacer, hermana? Madre podría -sus palabras fueron detenidas por un dedo en la boca de su hermana.
-Tú mismo dijiste que salvarías las vidas de tus hombres a cualquier precio.
-Es mamá, Esmirla. Hablamos de ella. Y si le sucede algo...
-Solo quiere hablar con ella. Si lo peor llega a pasar, te aseguro, hermano, lamentará haberla matado. Toda Acrad irá a la guerra por su Señoriala.
-Pero ya no tendremos a madre -dijo Esmos con tono melancólico, la voz quebrada.
-Mamá haría lo que sea necesario por su pueblo -dijo Esmirla, con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma. Además aunque nos duela un día mamá se irá de nuestro lado.
Esmos se secó sus lágrimas, volvió a ponerse firme. Miró hacia el frente, se quitó su yelmo. El viento frío le dio en la cara, le heló el rostro, no le importó. Solo miró hacia Gornar, quien se dio la vuelta y los miró de frente. Podía notar en el rostro del guerrero la furia, la ira dentro de aquel que le había ofrecido un duelo a muerte. Respiró hondo, sabía que le daría batalla y eso en parte le alegraba.
Esmos se giró, miró a su hermana y le dijo:
-Traeremos a mamá. Que el Ser de Luz la proteja.
-Así será, hermano -respondió Esmirla, aunque en su interior no creía nada de ese señor de luz del que tanto hablaba Esmos. Solo que eso mantenía firme a su hermano debía seguirlo hasta el final.
Esmirla envió una de sus guerreras de confianza con un mensaje a su madre. La mensajera atravesó la fortaleza hasta llegar al refugio, donde la Reina se encontraba bajo protección. Esmos dirigió su mirada a lo alto de la muralla y, solo con su gesto, indicó a su hermana lo que debía hacer.
Su mano izquierda señaló el suelo. Dos dedos hacia abajo eran una señal conocida solo por los dos ideada desde niños y usada ahora ya siendo adultos. La señal de su hermano era clara sabía lo que debía hacer. Con su mano derecha levantada, llamó a los soldados. Uno de los guardias se le acercó, le pidió que se acercara a ella, él lo hizo, bajó la cabeza y escuchó la orden.
Trae a Domicles. Rápido.
El guardia aceptó con la cabeza.
A toda prisa, bajó la muralla por los escalones de piedra -el ascensor no estaba terminado- mientras ponía un pie en cada peldaño. Observaba a los hombres trabajar en las órdenes de Esmirna, los trozos de hielo caían mientras eran colocados en la abertura con forma de serpiente. Los vio y sintió la frustración: sabía que la muralla caería y sería el fin de Acrad.
El joven soldado lo trajo ante Esmirna. Domicles era un hombre fornido, un poco mayor que ella, con el pelo corto que casi revelaba su cráneo. Sus penetrantes ojos azules daban sensación de confianza. Portaba una armadura ligera y llevaba a la espalda un enorme arco de metal que solo él era capaz de tensar, junto con flechas metálicas. Su ayudante estaba a su lado: una joven menor de quince años, con cabellos rubios cortos muy al estilo de los niños varones.
Al verlo, Esmirna le dio un abrazo de agradecimiento por haber acudido a su llamado estando aún herido.
-Para lo que sea bueno, mi señis Esmirna, dígame y será hecho.
-Lo que estoy a punto de pedirte es peligroso -dijo Esmirna, su voz baja pero firme-. Sin duda, la tarea con mayor riesgo que te he encomendado desde que nos conocemos.
-No creo que sea más peligrosa que la eliminación del traficante marítimo Don El Grande, o cuando eliminamos a la oposición a tu padre. Aquella noche en la que tú y yo juramos que Acrad no tendría dueños ocultos.
Esmirna sonrió al recordarlo. Había pasado casi una década desde entonces, pero Domicles seguía siendo el mismo: leal, silencioso y mortal.
-Fue hace siete años. Tú tenías apenas dieciocho y ya eras el mejor arquero de Acrad. Y sigues siéndolo.
-Por eso estoy aquí, mi señis. Para servirte hasta el final.
Esmirna suspiró profundo y dijo:
-Lo es, amigo mío. Lo es. Quiero que elimines al líder de esos invasores. Pero lo dejaré a tu elección.
-Sabes que estoy contigo hasta el final. Te debo demasiado.
Esmirna puso la mano sobre su hombro y le dijo, suspirando:
-Espera mi orden.
Desde lo alto de la torre norte alguien observa con preocupación a través de la ventana. Allí estaba Lucelia parada con su catalejo sostenido en sus manos, colocado sobre su ojo derecho. Cierra aquel objeto se aleja de la ventana, allí esperaban sus palabras su esposo Hogan, el Señorialis de Acrad, y los demás miembros clave de la nación. Se acerca a la mesa toma una taza de té caliente la cual su esposo le sirvió con suavidad. Bebe con suavidad siente ese líquido calentar su cuerpo. Su vestido de color azul le cubría hasta el cuello; en él llevaba los bordados del águila dorada de Esmirna, la cabeza del león rugiente de Esmos y la mujer de la compañía de Esmirla.