Capítulo 19: Aún me temen
Johan Obi, uno de los reyes presentes, se levantó con la vista fija en la puerta. Tomó de al lado de su asiento su espada, guardada en una funda de color gris, y la desenvainó. El pomo negro con un diamante del mismo color brilló con los rayos del sol, dándole a la sala un color rojizo. Todos se quedaron observando mientras caminaba hacia la puerta. No lo observaban a él, miraban su arma, una espada legendaria dada por perdida hace mucho tiempo, portada por grandes guerreros con historias narradas en libros. Su brillo era el del primer día como si estuviera recién forjada y se hubiera mantenido una eternidad en la quietud. Pocos fueron sus portadores; se decía que podía matar a cualquiera, incluso a seres muertos. Solo que su nombre se perdió en el tiempo.
Se acercó hasta la puerta con paso lento, solo perceptible para los presentes. Sostuvo su arma y preguntó.
-¿Quién toca la puerta con tanto entusiasmo? No podemos atender a nadie ahora, estamos ocupados -dijo el rey-. Le pedimos que se retire, por favor.
-Los días se acortan para los hombres que dudan -respondió una voz femenina, joven pero firme, desde el otro lado-. Solo las mujeres que no dudamos sostendremos el poder cuando ustedes fallen.
-Abrid la puerta, Johan -ordenó la Señoriala, reconociendo la frase-. Es una de las guerreras de mi hija.
-¿Está segura, mi Señoriala? Puede ser una trampa enemiga -dijo con voz desconfiada.
La Señoriala, con un gesto de la cabeza, le dio su aprobación. El hombre, aun sosteniendo su espada en la mano, se giró hacia la entrada. Con calma, comenzó a abrirla. Un chirrido golpeó los oídos de los presentes en el salón cerrado. La abrió hasta quedar una rendija pequeña y miró hacia fuera.
Los demás, dentro de la sala, también tenían sus armas listas, todos menos la Señoriala. Al ver por la rendija, vio a una de las guerreras de Esmirla. El rey terminó de abrir la puerta.
-Espero que la interrupción merezca la pena, guerrera de negro.
-Le pido permiso para pasar, rey Johan. -El rey queda sorprendido, no pensaba que una soldado fuera capaz de reconocerlo-. Tengo información importante para dar a la Señoriala -dijo la soldado, con voz urgente-. Es urgente; no puede esperar un solo instante.
-Permítele pasar, Johan. Algo importante debe ser cuando dejó sola a Esmirla.
La chica pasó a la sala, al entrar una ola de calor golpeó su cuerpo, no un calor dañino sino refrescante y diferente al clima inclemente de afuera. Se quitó el yelmo dejando ver un rostro joven de apenas diecinueve o veinte años. El pelo enmarañado caía sobre sus hombros. Su armadura comenzó a dejar caer agua, la nieve acumulada comenzaba a derretirse.
Miró a todos los presentes en aquel lugar durante solo un instante, bajó la mirada, no se sentía de estar entre ellos.
Lucelia se acerca hasta ella con una taza de té caliente recién servida. La guerrera de negro la rechaza, pero la Señoriala insistió y terminó bebiendo el líquido. El líquido caliente recorrió su cuerpo; miró hacia arriba con exclamación muda de disfrute. La Señoriala se dio cuenta y sonrió. Tomó su taza y le preguntó:
-¿Qué es eso tan urgente que no podía esperar?
-Mi Señoriala, el enemigo desea verla -dijo con voz apresurada.
Esa frase estremeció a la mujer de cabellos que ya comenzaban a volverse canosos y le caían en los hombros. Respiró hondo miró a su esposo quien se había puesto de pie al escuchar las palabras. Su cara era de no dejarla ir, de retenerla a su lado pero también de resignación como si supiera que este fatídico día llegaría hace mucho tiempo.
La Señoriala le dijo a la joven quien aguardaba en posición firme la respuesta.
-Espera fuera un momento. Ya te diré qué haremos.
Con gesto de obediencia, bajó la cabeza, se giró y comenzó su andar para llegar a la puerta. Antes de eso, recibió una pregunta.
-Dime tu nombre, joven.
-Carla de Andrade, mi Señoriala.
Las palabras de aquella chica le hicieron recordar algo a Johan, algo olvidado hace mucho por su propia mente. Conocía a su madre. Su expresión cambió; algo sucedió en su juventud no podía ser cierto. ¿Cómo no se enteró de aquello? Era mentira; no podía tener algo que ver con su familia. Era imposible. Su mente se frustró; los pensamientos la invadieron. Apretó su espada con tal fuerza que podría arrancar el pomo. La puerta se cerró detrás de ella. Pero en la mente de Johan una nueva se abrió.
Lucelia caminó hacia donde estaba el fuego, con la cabeza mirando al suelo tomó el atizador y lo removió con crudeza. Sus pensamientos ya no estaban allí; volaban entre la nieve y el frío, solo su cuerpo estaba presente. Se encaminó al lugar donde estaba su abrigo. La pesadumbre estaba sobre ella; sentía frío estando en una sala caliente. Tenía miedo de caerse, las baldosas le parecían escalones imposibles casi de subir. Recogió su pelo en un moño, el cual tuvo que hacer varias veces antes de terminarlo.
-No estás obligada a ir. Te pido que no vayas -le dijo su marido con tono amable pero cargado de angustia.
-Sabes que es mi deber. Lo juré hace años -levantó la cabeza de su marido y le dijo- Ambos sabíamos que este momento iba a llegar.
Tomó su abrigo negro fabricado de piel de oso de caverna. Su marido le ayudó a colocarlo, luego un gorro de piel de lobo con la cabeza del animal -regalo de su hijo Esmos en su primera cacería- para cubrir su cabeza de la nieve. Besó a su marido en la boca, quedándose un instante pegada a sus labios. Una lágrima corrió por su rostro. Lo miró firme; su mirada le decía que volvería, pero ¿cómo saberlo? No sabía a qué se enfrentaría.
Está lista se disponía a salir cuando escucha la expresión de uno de los señores feudales presentes en aquella sala.
-Si fuera mi esposa, se quedaría encerrada en la habitación. No le permitiría participar en algo como esto. Es una mujer, débil, por lo tanto no cuenta con lo necesario. -le dice al hombre en silla de ruedas.