Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 20: Hermanos de sangre

Capítulo 20: Hermanos de sangre

El portón se abre Lucelia y Carla van hacia el campo de batalla, unos metros delante se encuentra con su hija mayor quien se disponía a entrar a la ciudad para buscarle.

-Madre -dijo su hija y saludó con una inclinación de cabeza-. ¿Cuál fue el motivo de la demora? Ya me disponía a buscarte. Nos esperan.

-A veces hacer esperar te muestra los límites de quienes deben esperar verte llegar. Ten siempre eso claro hija mía. No todo debe hacerse apresurado.

Para Esmirla esas palabras solo significan desgaste físico en vano, la espera para ella es innecesaria todo debe hacerse rápido. Así lo hacen las guerreras de negro.

Cabalgó con paso sereno, sin inquietar a su caballo. Detrás de ella, su hija con las mismas guerreras que la acompañaron al comienzo de la importante reunión. Descendió de su caballo; allí estaba Esmos, tan sereno como siempre, mirando al frente donde se encontraba Gornar. Se puso a su lado en su misma posición, con las manos cruzadas a su espalda.

-Momentos duros hijo mío -dijo Lucelia.

-Quizás demasiado para soportarlo de una sola vez -respondió Esmos.

-Nada es demasiado para los que tienen valor y fe, Esmos. Ellos no son invencibles; sangran como nosotros, y si sangran, pueden morir.

-Lamento interrumpir la conversación -dice Esmirla en voz baja- pero Gornar se acerca a nosotros.

La madre lo vio allí parado firme con su cabello suelto y sus enormes ojos negros que recordaba perfecto desde su niñez. Se dispone a salir cuando Esmos la detiene agarrándola del brazo. Se libera dejándolo a él con la orden de no seguirla.

Ella se acercó hasta Gornar, miró al cielo mientras caminaba hacia él. La nieve se hacía pesada para sus pies, ya no acostumbrados a andar en ella. Estaban allí, a solo tres pasos cada uno de distancia. El momento clave había llegado.

Al verla de frente, después de un buen tiempo esperando por su llegada, el guerrero oscuro inclinó la cabeza con una sonrisa que helaba la sangre.

-Hola, Protectora -dijo. Llevamos tiempo sin vernos. ¿Cuánto hace, treinta años?

-Treinta y dos para ser exacta -responde la Señoriala.

Esmos y Esmirla se miraron, desconcertados por aquel título, y aún más porque ambos se conocían pero permanecieron en silencio.

-Es mucho tiempo sin verse para dos hermanos.

-No eres mi hermano. Me traicionaste. Yo llevo todo el peso que era tuyo.

-Mi querida Lucelia he venido a liberarte de ese peso. Además yo jamás te traicioné. Entendí lo que tú no pudiste.

Esas palabras golpearon la mente de los hermanos. Era posible, habían entendido mal. En verdad su enemigo era en realidad familia suya. Lucelia lo observa con odio solo ver su cara le molesta.

-Dame lo que custodias -dijo Gornar, sin rodeos.

-¿Qué es lo que custodio? Además no lo tengo conmigo.

El rostro del hombre se tensó, para pasar después de un momento a una sonrisa burlona con la cual dejó ver sus dientes totalmente completos -algo raro según ella recordaba.

-Sabes perfectamente de qué hablo -dijo aquel hombre de tamaño descomunal-. Dame el Sello de los Orígenes. Esa piedra que tu familia custodia desde el principio de los tiempos. Devuélvelo a quien legítimamente pertenece y evitarás una masacre.

La Señoriala negó con la cabeza, para volver a decir:

-No sé de qué hablas. ¿Quieres acero, caballos, hombres, dinero?

Sus palabras fueron detenidas por la furia innata de Gornar.

-Déjate de rodeos. Sabes qué es lo que quiero, Protectora. Es un objeto de poder; eres la última de tu dinastía. Los demás ya murieron por mi mano. Dame lo que deseo, o conocerás la ira de los maldecidos de la ciudad Mecro.

Un viento comenzó a surgir desde el suelo, levantando la nieve y envolviendo a la Señoriala. Sus hijos sin poder ver hacia adelante preocupados por su madre caminan hacia ella pero una barrera nevada les impide seguir adelante, tan fuerte que el abrir los ojos les molestaba. La Señoriala, mujer de carácter duro, de físico poco imponente -una delgadez se podría decir casi extrema con pómulos salientes de su cara, avanza hacia Gornar. Este la vio acercarse, no detuvo la nieve ni el viento que la rodeaba. La voluntad de la mujer era más dura que el acero de la Mina Valdemar.

Cuando ya lo tenía cerca, él detuvo toda la magia que usó para dejarla decir unas palabras.

-No te lo daré. No a un ser oscuro como tú.

-Eres todo lo que dijeron que serías, Lucelia aunque ya lo eras desde pequeña. Sabía que me darías pelea. Bueno, al menos lo intenté -dijo Gornar.

-Soy Lucelia de Acraid, líder de la nación de Acrad. Esto se espera de mí. Además, jamás la obtendrás de mi mano mientras me queden fuerzas para seguir luchando.

Gornar la observó en silencio, su expresión mezclando decepción y desprecio. Le colocó la mano en el hombro, dándole una visión breve pero concisa donde vio a dos de sus hijos muertos. Ella, con su mano, le dijo:

-Olvidas a uno. Esa te matará a ti y a los tuyos.

Los hermanos se movieron Esmos a punto de desenvainar su espada pero su madre se lo impidió. Gornar da la vuelta y ella hace lo mismo. Cuando está junto a sus hijos les dice.

-Preparaos... la muerte comenzará pronto.

Gornar encima de su caballo se gira hacia la formación de los hombres de Acrad y con una voz amplificada les dijo unas palabras que petrificaron a todos:

-¡HAN PEDIDO UNA MASACRE, Y LA TENDRÁN! Sus líderes se niegan a ceder. ¡Por tanto, MORIRÁN! ¡Quemaremos sus casas, degollaremos a sus familias y reduciremos ACRAD A TIERRA QUEMADA!

La señal de Esmos llegó. Era momento de realizar el gran disparo. Esmirna, que había visto a su madre regresar a la muralla y le había dicho "Lucha por los vivos", supo que era el momento. Había subido a la muralla con el corazón encogido, pero sabía que su deber era con los vivos. Domicles la esperaba, arco en mano.

Esmirna señaló con la cabeza con un gesto al hombre, pero tenía un mal presagio. No podía negarse a su orden.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.