Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 21: El umbral de la muerte

Capítulo 21: El umbral de la muerte

La batalla por Acrad pronto comenzará; los hombres están listos, cada uno en su posición, esperan que sus rezos a los dioses hayan funcionado. Sienten la muerte respirarles en la nuca, tocarles cada fibra de su médula espinal. Están allí esperando por ella, sabiendo que pronto vendrá por sus cuerpos mortales. Solo tienen la confianza en su ser, a pesar de todo lo vivido, de que hacen lo correcto, de que salvarán a sus familias de una inminente calamidad. La confianza en sus líderes, quienes los acompañan a cada paso. Todos lo observan, esperan su orden.

Esmos estaba allí, frente a sus hombres, de pie y firme. Ya podía sostenerse por sí mismo. Su hermana Esmirla ya montaba en su caballo nuevo, del mismo color del anterior, traído de su cría personal: un alazán oscuro, de crines como llamas apagadas. Observa la muralla desde allí; puede ver a su madre, quien comienza su recorrido hacia la entrada del castillo. La alegría de verla a salvo le reconfortó el alma. No había salido como esperaban, pero vivía. Y eso le daba ánimos para seguir luchando, para seguir siendo el muro entre su familia y la oscuridad.

A su lado, un soldado con la indumentaria del león -el emblema de su compañía personal de guerreros- sostenía dos caballos. El de la derecha, tan negro como las profundidades de una noche sin luna, era una bestia colosal. El de la izquierda era un animal imponente, manchado con colores mostaza, blanco y gris, como si alguien hubiera pintado tormentas y auroras sobre su pelaje. Ambos corceles eran hermosos, no había duda de ello; parecían llevar toda la eternidad esperando para ser montados.

Esmos se acercó al manchado despacio; el soldado retiró al negro. El animal estaba tenso, encabritado, no dejaba de moverse un solo segundo. Podía sentir, como le enseñó su madre, la desesperación de los lugares, y ese lugar estaba impregnado de ella con miles de almas esperando un destino incierto.

Esmos extendió su mano izquierda y tocó su frente, justo entre los ojos.

-Calma -susurró, y su voz tenía el mismo tono que usaba para apaciguar a los reclutas en sus primeros entrenamientos.

Siguió acariciándolo, hablándole en voz baja, hasta que la tensión en los músculos del animal cedió. Lo dejó quieto, parado con las riendas sueltas. Le dio una vuelta completa, lo observó: sus patas eran fuertes, su respiración ya era normal. Se paró frente a él, tomó su rienda y montó. Giró al caballo en un círculo estrecho, probando su respuesta. Era de alta estirpe, bien entrenado, con un corazón que latía con la misma ferocidad contenida que el suyo. Justo lo que necesitaba.

Se giró hacia el frente, y en ese momento, la voz regresó.

No venía del viento. No salía de la tierra. Estaba nuevamente en la mente de todos, como un sonido fuerte capaz de tirarte al suelo, tan clara como si esa persona estuviera gritando a su lado.

-Si luchan, morirán. ¿Estáis dispuestos a morir de verdad por ese hombre que puso su orgullo personal por delante de vosotros? Pensadlo bien. La muerte caerá sobre ustedes como un rayo. Es la última oportunidad que os doy.

Esmos, sabiendo lo que esas palabras han causado en sus hombres, gira su caballo hacia ellos. Los mira: no solo ve miedo en su mirada, casi puede olerlo. Sabe que no se irán -son hombres forjados en el frío-, pero eso que sienten en su alma puede afectar su rol en la batalla. Debe animarlos, no darles solo órdenes; debían tener una razón para mantenerse en pie. Si no, caerían en algo peor que tener pánico: una parálisis total de sus cuerpos. Un miedo tan visceral, tan enorme, que haría que las espadas pesaran toneladas y los escudos se sintieran como losas de tumba.

-¡Hombres! -rugió, y su voz dominó el viento, partiéndolo en dos-. La voz vuelve a hablarnos, quiere amedrentar nuestros corazones y nuestro espíritu, pero no sabe que ni siquiera eso podrá frenar lo inevitable: su caída. ¡Muchos caerán, eso es seguro, no podré evitarlo! ¡Pero caerán defendiendo lo suyo, sus familias, sus amigos, y sobre esta hermosa tierra cubierta de nieve que nos vio nacer! ¡Lucharemos hasta el último aliento, y yo caeré luchando a su lado, no detrás de vosotros!

Sus palabras terminaron en un grito que desgarró la garganta. Su nombre fue gritado una y otra vez: Esmos, Esmos. Su rostro no mostraba orgullo, sino una furia antigua. No le gustaba ser alabado. Le gustaba ganar. Y ganarían.

El miedo no se disipó; se encontraba entre ellos, siempre estaría allí. Solo se transformó. Se solidificó en una determinación resignada del destino por venir. Apretaron mandíbulas y endurecieron miradas. Todos asintieron dando su aprobación. No era algo alegre, sino la aceptación de quienes saben que no hay otra salida, solo un camino hacia adelante en el cual no hay retroceso posible. Agarraron con más fuerza sus escudos y chocaron las espadas contra ellos. El sonido, metálico y desafiante, recorrió las filas como un latido de guerra.

En el río, el clima se despejaba cada minuto un poco más. La niebla aún era densa, pero con cada momento se iba despejando; parecía algodón podrido, y verla desaparecer aún tomaría buen tiempo. Desde la distancia, seguían apareciendo sombras. Figuras difíciles de distinguir, movimientos que podían ser hombres, bestias o ilusiones; ya todo era posible.

Los hermanos permanecían expectantes. ¿Cuántos serían? ¿Qué tan armados? Las preguntas llegan pero no salen de sus cerebros; no hay una respuesta para darles. Solo podían esperar, y la espera los desesperaba. La batalla debía empezar, eso lo tenían presente, solo que cada segundo de calma eran momentos de vida para sus hombres, a los cuales no desean ver morir. Y, sin embargo, la espera había sido suficiente. El umbral se había cruzado.

Del otro lado de la frontera de guerra, en una tienda de campaña con forma de serpiente y perfumada a hierbas amargas, Gornar estaba reunido con sus principales consejeros, generales y hechiceros. Observaban, a través de un cristal antiguo, cómo se levantaba la bruma que había ocultado sus movimientos.




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