Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 23: El sonido de la guerra

Capítulo 23

Desde lo alto, parada allí sobre su almena, Esmirna observa con su catalejo. A su lado, Yuna, siempre preocupado por ella, y un poco atrás, su jefe de arqueros, quien nota la diferencia en la mirada de Yuna hacia Esmirna: algo más que amistad había allí. Nada claro se observaba en el clima, pero se seguía moviendo con una lentitud capaz de exasperar al más paciente de los seres vivos. Cada minuto que pasaba era luz que se escapaba, horas que se acortaban. Lo sabían ellos. Lo sabía el enemigo. Pero los de Acrad estaban presionados por el tiempo. Los otros no. Sin luz, la batalla se inclinaría hacia el enemigo.

Una influencia nueva, venida desde la mirada colectiva de los hombres hacia el río, se hizo presente. Era imposible apartar la vista de aquel punto nebuloso. ¿Qué saldría de allí? La pregunta recorría cada mente.

Esmos con paso firme recorre las filas de sus hombres, los saluda con la mano levantada o un gesto de cabeza, a otros con una palabra. Mostraba un respeto, un cariño frío pero genuino, que solo él podía transmitir.

Se detuvo frente a la línea de caballería.

-¿Estado de los animales? -preguntó.

-No bueno, señis -respondió un capitán de caballería, un hombre joven con el rostro ya cansado de recibir golpes del viento-. Demasiado tiempo parado en la nieve. Los cascos se les agrietan. No es el frío lo que los mata, es la inmovilidad.

Se baja, se acerca a las patas de los caballos, que están cansados. Las levanta, las ve, y sí, sus cascos están heridos, muchos sin remedio futuro. Correr hacia el enemigo no sabe si podrán. Sabía lo que podría pasar si combatían así, solo que no había tiempo ni caballos para cambiarlos a todos.

Los caballos estaban algo mejor que antes -la magia de Gornar ya no envenenaba la tierra con la misma fuerza-, pero la larga espera en la nieve había pasado factura. Los cascos agrietados y el cansancio acumulado eran una herida que no sanaría antes del combate.

Finalmente, la niebla se marchó por completo.

Y reveló al enemigo ya formado y listo para el combate.

Miles. No parecían ser miles, eran millones. Una masa oscura y densa que no tiene un final. Una cantidad abrumadora incluso para los valientes y fieros de espíritu. Desde la distancia, se veían hormigas en movimiento, pero hormigas armadas, organizadas, y hambrientas de sangre. Se escucharon murmullos entre los hombres de Acrad. Se frotan los ojos; nadie creía lo que estos les mostraban. Algunos cruzaron miradas, conteniendo el aliento. Nadie había visto algo así en vida. Y peor aún, no sabían si lo volverían a ver.

Al frente de aquella inmensa tropa se mueve su líder. Llevaba un casco adornado con una serpiente de metal rojo que parece moverse al mirarla fijamente, con la sensación de que si entrecierras los ojos te mordería. Detrás suyo, sus generales, vestidos con sus armaduras negras, pero no lo seguían por respeto; era su obligación y se les notaba. La forma de sus miradas reflejaba envidia, ambición, deseos de poder. Gornar lo sabía, siempre lo supo. Y no le importaba. Al contrario, lo consideraba necesario. El odio de sus subordinados los mantenía afilados.

Cada movimiento era calculado con precisión milimétrica. La tensión aumentaba a medida que las dos fuerzas se observaban, como depredadores midiéndose antes del salto sobre la misma presa: el campo de batalla.

Entonces, llegó el tercer toque del cuerno.

Fue tan fuerte, tan penetrante, que los cristales de las ventanas de las casas se quebraron hasta estallar en pedazos. En la sala de reuniones, los fragmentos volaron en el aire como proyectiles disparados con la fuerza de cien gigantes. El Señorial estaba observando y tuvo que cubrir su rostro con el brazo; cortaduras menores fueron el único daño, pero el retrato de su padre recibió dos pedazos que se quedaron incrustados en él: uno en la cara, otro en el rostro. Un mal presagio antes del comienzo de la contienda. Pero el mensaje era claro: era un sonido de guerra, no de advertencia.

-¿Todos bien? -preguntó el Señorial, tambaleándose-. ¿Qué es ese sonido tan horrible? Me reventará los oídos. Al ver el cuadro de su padre se queda petrificado. ¿Sería este el final de Acrad?

Todos se apiñaron en las ventanas que daban al campo de batalla. Allí estaban: formados, listos, un ejército infundido de muerte preparado para borrar a Acrad de la existencia con un solo golpe. Siglos de historia pendían de un hilo. El Señorial miró hacia donde estaban sus hijos, sabiendo que ellos eran la última esperanza, la encarnación de la resistencia. El último legado de Acrad.

Los hombres se taparon los oídos; las formaciones ya hechas se deshicieron. Todos menos Esmos; se mantuvo firme, ni siquiera una roca estaba tan centrada en su función como lo estaba el heredero. La sangre comenzó a brotar por sus oídos en dos pequeños hilitos color carmesí, tiñendo su cuello de color rojo. Dolor había, eran agujas clavándose en el cerebro, penetrando en los puntos vitales del cráneo. Aunque ni un solo músculo se movió en contra de la voluntad de Esmos. Los que estaban a su lado lo miraban perplejos. ¿Cómo podía no caer al suelo, gritando? Ellos lo habrían hecho.

Desde lo lejos, Gornar lo vio: era el único manteniendo ese temple frente a aquel tan intimidante sonido. Le parecía increíble su fuerza, su deseo de ser ejemplo. No podía dominar a ese joven. Y no podía negar la admiración que sentía por él. Ninguno de sus hombres tenía ese temple. Ni esa fría determinación.

Levantó su mano derecha; la señal fue vista por quien toca el cuerno. Aquella cosa, la cual no sabían cómo nombrar pues para ellos no era un instrumento, dejó de sonar. Fue guardado en un bolso fabricado del mismo material de aquel instrumento del demonio: huesos humanos.

Al cesar el sonido, los hombres cayeron al suelo; estaban agotados, no por el combate sino por algo sencillo: un cuerno de guerra. Fueron minutos agónicos, años de tortura psicológica sostenida.




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