Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 24: La trampa de fuego

Capítulo 24: La trampa de fuego

La primera oleada no fue de bestias sobrenaturales; fue de algo vivo, tan humano como los hombres formados para defender Acrad. Era la infantería pesada. Hombres armados con corazas negras al igual que sus yelmos. Su paso sobre la nieve era antinatural para el peso de la imponente armadura que no dejaba al descubierto ninguna parte de su cuerpo. No gritaban. No formaban falanges elaboradas. Simplemente avanzaban, un muro de acero y carne, implacable.

Esmos se acercó a su hermana; sus soldados lo observan. Algunos de las primeras líneas eran demasiado jóvenes para aquella tarea y estaban en la delantera, donde debían estar los soldados curtidos. Iba a arengarlos cuando su hermana lo detiene por el brazo; su sola mirada le mostró a Esmos lo que debía hacer. No hacía falta interpretación; él sabía lo que quería su hermana. No era una petición, era una exigencia y la promesa de lograrlo. Déjame a mí, ese era el mensaje para su hermano.

Su hermano lo entendió. Sabía que ella necesitaba y quería redimirse por su error, por haber ocultado la pérdida de las guerreras. Y además le gustaba demostrar que la compañía de mujeres podría llegar a ser imbatible. Con un gesto simple, casi imperceptible, asintió.

Esmirla alistó a la caballería situada a su izquierda. Allí estaban sus guerreras, sus leales, las que habían sobrevivido hasta ahora. Montó un caballo fresco, un alazán nervioso que parecía sentir su determinación.

-Si no puedes eliminarlos rápido, regresa -le dice Esmos, no en tono de orden, sino como una petición, una súplica.

Ella asintió dando su aprobación, dejando la mirada en el horizonte, viendo a las sombras que se acercaban a la primera línea de defensa.

La caballería estaba lista. Esmirla se coloca al frente, ajusta su yelmo, y da la orden de cargar. Al principio solo fue un trote lento, casi cansino; luego un galope, para luego manifestarse en una estampida tan grande y profunda que el suelo temblaba a su paso. Sus guerreras, esas mujeres de negro con valor probado, iban al frente. Sus capas negras, como alas oscuras, ondeaban libres, guiadas por el viento testigo de la tarea que iban a realizar. Detrás de ellos, jinetes de los reinos de la coalición del invierno. Mientras se acercan, los enemigos se ven aún más imponentes, monstruosos. ¿Cómo avanzaban tan rápido en la nieve, donde los caballos de Acrad se hundían?

-Cuando estaban a solo unos pocos metros de distancia, Esmirla grita-: ¡Armas fuera! ¡Preparados para el impacto!

En ese preciso instante, el suelo tembló bajo los cascos de los animales. Pero no iban a detenerse; nadie los iba a detener, ni siquiera los dioses, si es que existían de verdad. La guerrera de negro que va al frente de su tropa ya visualiza el choque, los cuerpos de sus enemigos aplastados bajo los cascos de sus caballos, la línea rota. Quería borrarlos de la historia; necesitaba borrarlos, como ellos borraron a los suyos. Su furia al galope era tal que el cabello se le escapó del casco.

Estaban a cien metros. Los enemigos se detuvieron. Algo increíble de ver. ¿Por qué? Si ya estaban tan cerca.

Un chirrido metálico se sintió en el aire. Todos buscaron su origen sin dejar de cabalgar. Del otro lado del río, algo se movió.

Desde la muralla, Esmirna lo vio con su catalejo. Vio las catapultas emergiendo detrás de la línea enemiga, estructuras colosales que se alzaban como bestias dormidas despertando de un sueño eterno. Gritar lo intentó, pero era en vano; su voz no salía de su garganta. Esmos también lo vio, solo que ya era demasiado tarde. La hermana de ambos estaba demasiado cerca.

De la nada, sin que la caballería se lo esperase, algo se alzó en el lado del enemigo. Eran catapultas. No las catapultas de madera y cuerdas que todos conocían; estas asustaban solo de verlas. Tenían forma de estructuras colosales, solo unos metros más pequeñas que la muralla. Cuando estuvieron completas en su lugar, dispararon. Esmirla quiso parar y volver atrás como su hermano se lo pidió, pero no contaba con el tiempo; decidió seguir y esquivar lo que les caería encima.

Los proyectiles no eran rocas. Su forma era esférica, ardían con una llama verde y negra que silbaba al caer.

Las esferas terminaron por destrozar la formación de caballería.

El infierno se hizo presente en aquel campo de batalla. Cuerpos de mujeres, hombres y caballos salieron volando en pedazos. Otros quedaron allí atrapados en el fuego que no se apaga al revolcarse en la nieve, se alimenta de ella, o eso es lo que creen los demás soldados que los ven arder. Gritos de dolor insoportable inundaban toda aquella planicie; era algo inhumano de escuchar y más de ver. Caballos corrían despavoridos sin un rumbo fijo, sin jinetes que los guiaran; otros traían a los jinetes heridos o muertos colgando de los estribos sin poder zafarse.

Una masacre. Una trampa bien ejecutada por parte del enemigo.

Desde lo alto de la muralla, Esmirna observa el panorama con horror. ¿En qué momento ocurrió algo como eso? ¿Dónde estaba la trampa que no la habían visto llegar? Su catalejo no para; busca a su hermana, la busca por todos lados, pero no la encuentra. El campo está lleno de muerte; difícil era encontrar a alguien vivo.

-¡Debemos hacer algo, mi señis! -gritó Crisan Velis, con voz quebrada por la angustia y la desesperación-. ¡Los hombres de la coalición están indefensos! ¡Los masacrarán a todos!

-¿Qué propones, Crisan? -preguntó Esmos, y su tono era extrañamente calmado.

-¡Salir con todo lo que tenemos! Nuestros hombres nos necesitan. ¿Acaso no le molesta eso?

Esmos lo miró, y en sus ojos había un fuego contenido que hizo que el anciano bajara la mirada.

-¿Crees que no me molesta? -dijo Esmos, y cada palabra era un cuchillo de hielo-. Mi hermana está allí. Mi sangre puede morir entre el fuego de cobardes. Son mis hombres, daría mi vida por ellos. Parece que no ha luchado nunca, Velis. El enemigo los envió solo a ellos para ver nuestra respuesta. No se jugará todo de una vez.




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