Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 25: La muralla en llamas

Capítulo 25: La muralla en llamas

La formación se estaba rompiendo de nuevo. La presión era demasiada. La inferioridad numérica se estaba haciendo notar.

En la distancia, Esmos observaba, desesperado. Quería intervenir. Sabe que su hermana incumple con la palabra empeñada hace unos minutos. Se disponía a dar la orden de carga general cuando el rey Aníbal le tomó del brazo.

-Deberías confiar en tu hermana -dijo el rey con calma.

-Confío en ella -respondió Esmos, sin apartar la vista-. ¿No ves que los masacrarán? Velis tenía razón.

-Espera un segundo más, Esmos. Tu hermana debe tener alguna estrategia.

Algo cambió en el campo de batalla, algo impredecible pero que era cierto. Un grupo de guerreros enemigos, armados con hachas gigantes, emergió detrás de los hombres de escudo. Nadie los había visto acercarse. Nadie sabía cómo llegaron hasta allí. Parecían haberse arrastrado bajo la nieve.

Esmirla, viendo la nueva amenaza, tomó una decisión desesperada. Dio la orden a la caballería restante, que había estado esperando, de cargar. No de frente, sino en una maniobra de flanqueo, saliendo por los costados mientras ella y sus guerreras atacaban por el centro.

Fue una locura. Lo sabía. Pero también era la única oportunidad de poder contrarrestar el ataque y evitar que el enemigo ganara terreno.

La caballería chocó contra los hombres con hachas. Fue una carnicería mutua. Caballos y jinetes caían atravesados; las hachas cortaban extremidades; las lanzas perforaban corazones. Esmirla y sus mujeres, formadas en un pequeño cuadrado de veinte guerreras, avanzaban como una cuña dentro del caos. Algunas caían, una a una, en silencio. Pero no retrocedían.

Su espada parecía ser parte de su brazo, una extensión del mismo, tener vida propia; eso le parecía a los enemigos. La sangre salpicaba su rostro y se mezclaba con la nieve debajo de sus pies. Los enemigos, sorprendidos por la ferocidad de aquella mujer de armadura negra, retrocedieron unos centímetros. Solo unos centímetros, pero fue una victoria.

-¡Nadie retrocede! -gritó Esmirla-. No les regalen un centímetro de suelo. Lo hemos visto; también pueden morir.

Del otro lado del río, Gornar observaba. La preocupación no está en su rostro; confía en su victoria. Los mira como un profesor cuando observa a sus alumnos en un examen que sabe no aprobarán. De repente, levantó su mano. Sonrió. Un cuerno sonó, pero este era diferente. Tenía un sonido agudo, estridente, como el grito de un pájaro de pesadilla.

La lucha se detuvo. Los soldados enemigos comenzaron a retroceder, de forma ordenada y rápida. Todos están extrañados. Los superaban en número; ¿cómo iban a retirarse? Podían ganar. ¿Por qué retirarse?

Los hombres de Acrad, instintivamente, quisieron perseguirlos. Pero un general veterano, Ursk, un hombre macizo de Noscor, los detuvo con un grito:

-¡Deténganse todos! ¡Es una trampa! ¡Quieren que los sigamos!

Esmirla, jadeante, con el rostro temblando de fatiga, alzó su mano ensangrentada.

-¡Parad!

Fue entonces cuando las catapultas dispararon de nuevo.

Esta vez, no apuntaron solo al campo. Apuntaron a la muralla.

El primer impacto cayó sobre ella. La piedra antigua de la muralla tembló, sacudiendo a todos los que estaban sobre ella.

Esmirna, en la muralla, se agarró de Yuna para no caer. Volteó hacia su maestro arquero, quien ya estaba haciendo cálculos en una tablilla de cera.

-¿Tendríamos alcance? -preguntó, señalando las catapultas.

El hombre terminó sus cálculos, la miró, y negó lentamente con la cabeza. No. Estaban fuera de su rango de disparo.

Las bolas de fuego caían ahora también alrededor de los hombres de Esmirla. Ella corría, empujando a los rezagados, gritando órdenes. Tres de sus guerreras, viendo una bola de fuego dirigirse directamente hacia ella, se interpusieron. No gritaron. Murieron en silencio, consumidas por las llamas verdes.

Esmos, desde su posición, no podía esperar más. Ordenó al rey Aníbal que tomara quinientos jinetes y rescatara a su hermana.

-Tráela de vuelta. Viva. A como dé lugar.

Aníbal asintió y partió a toda velocidad.

En medio de humo, llamas y muerte, los hombres de Aníbal se abrieron paso rescatando a pequeños grupos de soldados; solo que no encontraban a Esmirla.

Hasta que la vieron. Al otro lado de un muro de fuego, de pie, luchando contra un enemigo. Aníbal desmontó y corrió hacia ella.

-¡Debemos irnos! -le dijo.

-¡No! -ella forcejeó-. ¡No los dejaré! ¡No hasta que todos hayan salido!

-¡No podemos hacer nada! ¡No podemos salvarlos a todos! ¡Tus hombres te necesitan con vida, no siendo una mártir inútil! ¡Tu hermano me dio esa orden y no pienso no cumplirla! ¡Muévete, o te moveré!

La miró con una determinación que brotaba de años de mando. Ella forcejeó, pero estaba exhausta, herida. Él la tomó por la cintura, la levantó con fuerza bruta, y la subió a su caballo. Luego montó detrás de ella, sujetándola con firmeza.

-¡Retirada! -ordenó a sus hombres, y salieron al galope, dejando atrás el infierno.

Cuando llegaron a la seguridad relativa de las líneas de Acrad, Esmos estaba esperando. Bajó a Esmirla del caballo y la abrazó con fuerza. La apartó, sujetándola por los hombros.

-¿Se puede saber en qué estabas pensando? -le dijo, su voz entrecortada por la ira y el alivio-. ¿Cómo se te ocurrió quedarte a luchar, a esperar? ¡Tus guerreras son reemplazables, tú no! ¡Y ahora tenemos esto encima! ¡La muralla no resistirá para siempre!

-¿Qué sabes de Esmirna? -preguntó Esmirla, ignorando el regaño.

-Resistiendo en la cima, esperando mis órdenes.

-Esperemos que sus inventos nos ayuden, porque esto se nos ha complicado.

-Más de lo que creen -dijo Crisan Velis, acercándose-. Esmirna siempre ha tenido un talento único. Pero tenía razón, señis: el enemigo no atacará con todo a no ser necesario. El fuego no nos deja ver adelante.




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