Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 26: La danza de los escudos

Capítulo 26: La danza de los escudos

Las llamas aún arden en el campo de batalla. La vista se hace difícil, por no decir imposible. Los cadáveres de los hombres aún arden; su olor llega hasta los defensores, la carne quemada destruye su olfato, es un olor único que no podrán sacarse en días. La muralla, la protección de la ciudad, sigue siendo bombardeada desde la cobertura del río. De repente, un viento recorre la llanura helada con tal fuerza que termina por apagar las llamas del campo.

Sin llamas y sin humo, los defensores de la muralla logran ver la inmensidad de la formación enemiga. Era enorme, llenaban casi todo el lugar, dando la sensación de ser un río en plena crecida en temporada de lluvias. Esmos observa lo que sucede; mira a su hermana y a una mujer que se había colocado a su lado. Las miradas se cruzaron. Esmirla toma un catalejo, busca a Gornar, no lo encuentra, suspira fuerte. Está algo decepcionada; lo creía un líder valiente. Solo ve las tropas enemigas moviéndose, cruzando el río y reajustando su formación del otro lado.

-No se encuentra aquí. No ha venido a dar la cara junto a los suyos. Cobarde.

-¿De quién habla, mi señis? -dice la mujer de unos cincuenta años que se colocó a su lado. Esta se encuentra amarrada de la pierna izquierda a la silla de montar.

-Hablo de Gornar, Clara Hulls. El líder de esos invasores.

-Era de esperarse; algo como eso solo lo hacemos los que tenemos honor y sabemos que las batallas se libran junto a los hombres en el campo.

-¿Cómo dejasteis vuestro feudo, Clara? -dice Esmirla.

-Todo normal, mi señis.

-Preparaos -dice Esmos-, pronto arrancaremos con lo difícil. El enemigo ha comenzado a moverse.

Los enemigos ya están listos; los generales están junto a sus hombres. Sus miradas son fijas en ellos; solo hay un deseo: muerte a los que estorban en su camino, y los hombres de Acrad están en él. Una avanzada de los malditos de la ciudad Mecro sale a toda velocidad, sus armas son espadas y escudos, casco y grebas, pero sin nada que cubra su pecho. La movilidad de este grupo es extrema; nadie puede trasladarse así entre tanta nieve.

-¿Se puede saber qué hacen? -dice el heredero de Acrad-. Son solo una avanzada, no pueden enfrentarnos a todos.

-Pues lo harán, por lo menos es lo que parece -dice Clara Hulls.

-Mi señora, debería entrar a casa. Usted es la última de su generación. Sin usted, la casa Caligo desaparecerá.

-Me das aún más razón para quedarme, joven señis. No tengo a nadie al cual legarle nada, por lo tanto no importa demasiado si muero o no.

-No debería pensar... -sus palabras fueron cortadas por Esmirna, quien le da una información:

-En el suelo están dibujando algo. No conozco los signos, pero no debe ser nada bueno.

Esmos toma el catalejo que estaba en manos de su hermana. Observa a esos hombres: son figuras concéntricas, círculos dentro de otros círculos, formando un gran hoyo en el medio. Sus ojos se abren como dos grandes esferas, a punto de salirse de sus órbitas. Ya conoce el poder de la magia, los estragos causados por ella en sus hombres; no puede permitirse que algo así ocurra de nuevo. Debe tomar la decisión.

-¡Brandon! -grita Esmos.

-¿Para qué soy bueno, mi señis?

-Necesito a tu mejor general aquí y ahora. Bien armado y listo para lo que venga.

Brandon sale rápido, regresando solo unos instantes después con Charles Befar, quien porta una armadura pesada que Esmos nunca vio, pero tampoco preguntó de dónde vino.

Esmos dice a Charles: -Prepárate junto a tus hombres; serán la avanzada. Muévanse con cuidado.

Charles indica su aceptación con la cabeza. Un sonido de trompeta anuncia la salida de los defensores y el inicio de la lucha real.

El grupo de Charles se mueve a gran velocidad. Formados en una formación triangular, en diez líneas de hombres, cada línea integrada por una escala de uno en la punta, solo después dos, hasta llegar a diez en la línea de atrás. Algo difícil de creer es la forma en que se mueven. Llevan armaduras pesadas, escudos triangulares nunca vistos por nadie. Son más lentos, pero su protección es superior. De cada punta del escudo salen tres puntas de algo parecido a una espada. El enemigo los ve acercarse y comienza a moverse hacia ellos con tal furia que podrían levantar la propia tierra húmeda debajo de la nieve. Ya el enemigo llega casi hasta ellos. Charles detiene al grupo; todos se paran. Desde la distancia, Esmos se pregunta qué hace a solo un par de metros. Da una orden:

-¡Replegaos! -dice Charles. Al decir la orden, el grupo hasta ahora compacto de hombres se desintegra para tomar la forma de un rectángulo contra el cual los enemigos con sus escudos cuadrados chocan.

Los cien soldados con sus escudos en forma de triángulo aguantan el empuje de sus rivales. El impacto es fuerte; la resistencia se hace notar. Llevan tiempo con esa maniobra. No empujan a sus enemigos, los dejan avanzar, dándoles la sensación de estar ganando terreno. La fuerza ligera de los invasores les da la sensación de victoria; parece algo ya cantado del lado invasor. Solo que cuando los defensores parecen ya vencidos, el líder grita:

-¡Rodilla en tierra!

La orden se ejecutó enseguida. Los del frente se pusieron en posición firme; los de atrás fueron agachándose de a poco hasta que los últimos de la fila tenían la rodilla en tierra. El enemigo los empuja, no puede moverlos; se sostienen, cada soldado apoya al otro. Pasan unos segundos en esa lucha por detener a los hombres. La mirada de Charles se cruza con la de su segundo al mando: era el momento.

-¡Empujad! -dice la voz de Charles.

Los soldados del frente empujan a los enemigos. La sorpresa hace retroceder a los enemigos unos pequeños centímetros, suficientes para realizar la maniobra. Cuando el enemigo regresa sobre ellos, la misma voz vuelve a hacerse sentir:

-¡Armas de los escudos fuera!




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