Capítulo 27: El rugido de Acrad
Desde lo alto de la muralla, Esmirna observa la desgracia. Se mueve de un lado al otro, queriendo hacer algo; sus manos están atadas, su lugar está en la cima. La impaciencia se apodera de ella; golpea el borde del muro y dice a uno de sus soldados:
-Pero ¿qué les sucede? No ven que deben retirar a esos soldados. Fórmalos, sácalos de allí. ¿Qué haces, hermano mío?
Solo que la mente de Esmos le dice otra cosa: si los retira, se verá como símbolo de debilidad, o peor, como cobardía cuando estaban ganando terreno.
En la otra orilla parece felicidad por parte de Gornar, pero el líder se mantiene impasible. No se mueve; se acerca a la mesa, observa las defensas tácticas de su ejército. Su mirada se desvía hacia los de Esmos: ¿qué hará? ¿Qué hay escondido? ¿Cómo se defenderá? Sabe que ese no es el final ni significa la caída de la ciudad; algo no está viendo. Recuerda aquel papel leído hace poco, en el cual le dice que tienen sorpresas escondidas. Se levanta de la mesa, mira cómo sus tropas avanzan hacia el frente, da unos pasos al frente.
-Envíen a las hachas de muerte. Este es su momento. Que avancen y demuestren su nombre en el campo de batalla.
-¿Cree que es el momento para enviar a nuestros guerreros más letales al campo de batalla? -dice uno de sus generales, vestido con su armadura negra con un cráneo en el centro del pecho.
-Mi querido Cerbak, el rompedor de cráneos, el más leal de mis generales y el mejor de mis amigos. Tantos años, batallas juntos, y aún no comprendes la necesidad de saber las fortalezas de tu enemigo. Ellos me las mostrarán. Este es mi último intento -dice para sí mismo.
Cerbak se queda unos instantes en silencio; no puede replicar nada. Es su general; crecieron juntos desde niños. Aun así, le debe respeto; es su superior. Siempre confió en Gornar; de muchos peligros lo sacó a lo largo de los años. Y si es el único amigo leal de Gornar, aun así conoce su lugar; no debe irritarlo, no al menos en momentos como este.
Las tropas enemigas están cerca. Pronto llegarán a donde ahora están alineados los hombres del frío eterno. Gornar está allí, en el mismo lugar, pero ya su mirada no es la misma. Ahora siente la presión encima; se sabe superior, pero su rival es alguien digno de estar a su altura. Hubiera sido interesante un duelo con él.
¿Qué harás, Esmos? Déjate ver. Muéstrame lo mejor de ti -dice Gornar.
-No enviarán ayuda. ¿Qué espera el señis? ¿Vernos morir a todos de una vez? ¿O es que el miedo le ha paralizado?
-No vuelvas a decir eso de Esmos delante de mí, o te prometo...
Los enemigos están encima; la respiración de los hombres se acelera. Pronto estarán todos muertos, lo saben. En ese mismo instante, se escucha llegar desde atrás a soldados de Acrad armados con espadas largas, armaduras ligeras. Su casco no lleva visera, un peto que les cubre todo el pecho; en sus brazos solo traen protección en su antebrazo, raro de ver, pero les da ligereza. Chocan contra los enemigos; la formación se vuelve a recomponer de a poco; los cansados hombres de armadura y escudo ahora quedan rezagados atrás. La lucha ahora es entre los hombres de hachas y los de espada larga. Las espadas chirrían con el choque contra las hachas oscuras de mango largo. Ser altos les da la ventaja en el combate cuerpo a cuerpo, aunque los defensores no se rinden; sus golpes son efectivos. Los hombres del hielo ceden en sus pasos, aunque caen; sus miradas imponentes reflejan valor, entereza.
La pelea es encarnizada; la muerte se respira en el aire. Los guerreros de espada resisten todo lo que pueden mientras sus compañeros recuperan sus posiciones. La formación se va recuperando de forma lenta, armándose y preparando para combatir de nuevo contra los hombres de hacha. Los escudos triangulares han regresado a la pelea; parece increíble que una pequeña formación de hombres resista los ataques enemigos. Los de espada retroceden detrás de ellos, golpeando con ataques cortos pero efectivos. En la distancia, dentro del casco de serpiente, parece haber una sonrisa, no de satisfacción, pero sí de haber descubierto lo que esperaba. La batalla no puede continuar así; Esmos siempre tendrá una táctica con la cual responder. La orden a dar era clara, pero una sensación extraña, como una punzada, recorre su cuerpo enfriando su columna vertebral. Por primera vez en toda su vida tenía miedo; la incertidumbre recorre su rostro. Nadie le plantó cara de esa forma o, por lo menos, le demostró ese nivel de valor e inteligencia. Sale hacia adelante, da unos pasos, y con voz firme dice:
-Hombres, es hora de demostrar de lo que está hecho un verdadero guerrero. Hoy conocerán de una vez el verdadero terror y la muerte. Tropas completas, las quiero listas. Catapultas, quiero ver esa muralla en el suelo.
La orden venía de unos ojos diferentes, llenos de ira, de rabia. Ya quería una victoria; no esperaría un solo instante más. Ganar es su único objetivo, lo único que puede obtener. No puede volver derrotado, humillado. No esa humillación que recorre su mente; no puede ser posible. Un ser superior como él no puede caer derrotado de esa manera. El cuerno suena; las tropas comienzan a moverse; el suelo tiembla; marchan al mismo paso. Los de hacha retroceden; van a unirse a sus compañeros. Charles detiene a los del hielo.
-Deteneos. No podemos enfrentar a esa cantidad de hombres, pero no nos retiraremos. Ni uno solo de nosotros se moverá de aquí.
-General, eso es una locura. No podemos enfrentar a esa cantidad de hombres; son demasiados. No quedará ni uno solo de nosotros al cual salvar.
-Nuestro señis no ha dado la orden de separarnos ni regresar, por lo tanto yo permaneceré aquí hasta que llegue el final. Cualquiera de vosotros que desee marcharse puede hacerlo cuando desee, pero recuerden que no hay mejor muerte para un hombre forjado en frío y acero que caer en combate al lado de sus compañeros de lucha.