Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 28: Acero y sangre

Capítulo 28: Acero y sangre

Ambos bandos están tensos; ninguno se espera que lo que salga de allí sea bueno. El sonido desaparece de un momento a otro; se siente el sonido de pasos en una marcha a paso redoblado. Van a subir la colina empinada de nieve; el corazón se acelera. Ya están en la punta cuando ven aparecer una bandera de color amarillo con una corona de color azul y, debajo, un árbol. Todos los soldados de Acrad se calman, dejan sus posiciones defensivas. Reconocieron quienes eran.

Los vítores aparecen; la alegría se muestra en los rostros de los hombres al ver llegar el apoyo del reino de Udraria. Cuando la mitad de las tropas han cruzado, aparece la reina montada en su majestuoso corcel, con su corona llena de diademas, un vestido amarillo de cola le arrastra hasta la parte de atrás de su caballo. Erguida en posición firme, parece montada como si solo importara ella. Los tres hermanos la ven llegar sorprendidos. Esos eran los únicos hombres que no habían llegado en el tiempo indicado.

Esmirla está enojada; se prepara para salir hacia aquel lugar donde Karna, la reina, supervisa sus tropas. La ira consume su mente; su mano izquierda está sobre la empuñadura de su espada. Mueve su caballo hacia ella. Su hermano se interpone en su trayecto con su caballo y la mira fijo. Ella se detiene, pero va a cruzar por el otro lado.

-No me hagas tener que detenerte de otra manera, Esmirla. No me fuerces a eso. Calma tu mente y tus impulsos; te necesito serena para la batalla.

-¿Cómo puedes pedirme calma y serenidad cuando esa maldita mujer ha hecho lo que ha querido? Sus hombres ya deberían estar aquí hace días y ahora es que llegan. ¿Cómo se atreve a tanto? -La mirada de Esmirla era de odio. La odiaba desde que era niña; siempre se creyó superior a todos.

-La necesitamos, y lo sabes.

-Eso es mentira. Podemos luchar sin ella; sabes que hablo con la verdad.

-Lo sé, hermana mía. Sin ella lucharemos igual, pero no sin sus hombres. Sabes de su lealtad hacia ella. La odias; si es así, trágate por un instante tu orgullo. Piensa en tus soldados, míralos, están desesperados.

-Somos los líderes de Acrad; ella nos debe obediencia absoluta a nosotros. Sus hombres están bajo nuestro control para cuando nos plazca.

Desde la distancia, la reina los escucha discutir, con cara de quien se siente feliz de verlos pelear. Sabe que es por ella; eso le satisface. Su sola presencia molesta a los hermanos; eso la hace sentirse poderosa, invencible. Un hombre enviado por Esmos conduce a los hombres a un espacio vacío donde serán ubicados. La reina, con la altanería mostrada durante toda su vida y la misma con la que llegó hace solo unos instantes, se dirige hacia ellos acompañada por Calcius Müller. Los hermanos siguen discutiendo sin darse cuenta de su presencia. Ella se abre paso entre ambos, interrumpiendo la conversación.

-Perdón por la llegada tarde, mi querido -esa frase irritó a Esmos hasta el punto de hacerle respirar profundo para no atacarla-. Encontramos algunos retrasos camino acá que no pudieron ser evitados.

-No soy su querido, reina Karna. Soy su señis. No confunda la opinión de mi padre con la mía; nunca llegaremos usted y yo a algo más que una mera relación diplomática -dice Esmos mientras coloca su yelmo en su cabeza-. Calcius -dice Esmos mientras extiende su mano enfundada en metal para saludarlo-. Tiempo sin vernos. Cuando todo acabe, nos pondremos al día mientras bebemos una copa de vino.

-Un honor volver a verle, mi señis -responde Calcius-. Desde la batalla del puente bajo contra los rebeldes no hemos vuelto a coincidir. Días gloriosos aquellos. Esmos asiente con la cabeza.

Esmirla, con cara de ya no aguantar una palabra de amistad que no existe al menos con Karna, interviene en la conversación y dice:

-Los dejo. Veré la formación de los nuevos hombres.

La reina se dispone a decir algo; abre su boca mostrando sus dientes blancos y perfectos, siendo interrumpida por su hermano el rey Aníbal.

-Esmos, dejemos la plática. Los enemigos ya han vuelto a moverse; comencemos a lo que venimos.

-Si, tienes razón. Esta batalla ya se ha dilatado lo suficiente como para exasperar hasta al más calmado de los hombres.

La reina solicita permiso para retirarse de la formación; baja de su caballo, se irá a pie. Su vestido arrastra por la nieve, dejándolo caer, mostrando una imponente armadura de color rojo gloriosa, con diamantes incrustados en sus antebrazos. Era un diseño único; las uniones del metal son imperceptibles a la vista, y en el centro del pecho una corona formada de puro oro. Se acerca a la puerta, la abren, y ella entra en la ciudad sin que nadie note que ha entregado nada en secreto.

En el lado contrario del río, Gornar bebe un líquido oscuro, amargo, difícil de tragar. Al terminar, se sienta unos instantes, obligado por un mareo intenso. Cierra los ojos; al abrirlos, su color es rojo como la sangre.

-Ataquen -dice en voz casi imperceptible.

Las tropas aceleran su paso a una velocidad casi pasmosa. Delante va la caballería, todos montados en caballos negros; sus pasos estremecen el suelo mientras caminan. Llevan cabeceras en las cuales hay un cuerno de metal. En el otro lado, Esmos arenga a sus tropas:

-¡Hombres de Acrad! -grita Esmos-. Nuestro destino nos espera. ¡Avancen!

Todos los hombres de Esmos salen al encuentro de sus enemigos. Los caballos van a gran velocidad; los que están formados en el centro del campo permanecen allí inamovibles, esperando la llegada de sus tropas, de su general al mando. La caballería delante, lista y compacta, ligera, sus caballos no están tan reforzados; solo tienen una ventaja: mayor movilidad. Se acercan al centro; los hombres allí parados, firmes, no se mueven. Las tropas de Acrad rodean a los suyos hasta quedar frente a sus enemigos. La respiración de los animales se cruza; se sienten cerca hasta llegar al choque, que fue devastador. La caballería se estrelló como tormentas opuestas en el mar embravecido, lanzando en vez de rayos espadas cortantes. Los jinetes caen de sus caballos; gritos y dolor era todo. Algunos no llegaban siquiera a quejarse; ya estaban muertos antes de poder hacerlo. La falange con sus escudos redondos y su armadura pesada cortaba las patas de los corceles enemigos para derribarlos y luego rematar a los caídos. El campo se convirtió en un mar de acero y sangre.




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