Capítulo 29: El precio del valor
La falange ha logrado formarse completa, cosa de la que se ha percatado Esmirla, quien se dispone a acercarse hasta ella cuando ve a los arqueros formarse para dirigirse hasta ellos. Ella sale con sus guerreras; sabe que debe detenerlos; podrían abrir una brecha que ya habían cerrado antes de llegar a tenerla. Las flechas volaron, haciendo caer a los hombres del frente, quienes no pudieron ser sustituidos por nuevos soldados. Los enemigos comenzaron a penetrar, impidiendo que los falangistas lucharan con libertad. Su formación ya no tenía movilidad, además de no poseer la misma resistencia; fue dividida en tres partes. Una continúa avanzando por el centro, mientras las otras dos: una se va con Brandon, quien ha desmontado de su caballo y ahora dirige a estos hombres; la otra hacia la derecha, sin líder que la guíe, trata de mantenerse compacta enfrentando a los soldados de a pie enemigos, muchos de ellos caídos de los caballos.
Los arqueros a caballo siguen repartiendo flechas como un buhonero reparte canciones a donde quiera que va. Esmirna, desde la muralla, lleva tiempo observando su patrón de movimiento, el cual es bastante rápido. Sus animales están bien adiestrados, pero observa algo importante en ellos: reciben órdenes a través de los pies de los jinetes, quienes van atados a ellos. Esa era su mayor ventaja, pero a la vez su mayor debilidad.
-Preparaos a mi señal -dice Esmirna a los arqueros en la muralla-. Disparad solo cuando yo diga.
-¿A qué le dispararemos, señis? -pregunta uno de sus hombres.
-Fijad los blancos en los arqueros a caballo. Usad los cristales de los yelmos que encontraréis en la visera de los mismos. Estos les permitían a los arqueros tener una visión mucho más larga, permitiéndoles ver enemigos a una mayor distancia.
Los soldados están sorprendidos por los cristales; nunca los habían usado ni siquiera conocían de su existencia. Al comienzo les resultó difícil a muchos, dado que Esmirna ordenó la entrega de esos cascos el mismo día mientras se acomodaban en sus puestos en la cima de la muralla. Les dejó un par de minutos para que se adaptaran a la nueva situación.
-Cada uno ya tiene su blanco listo -todos los hombres dicen sí, mi señis a la vez-. Esperad mi señal.
Esmirna esperó el momento en que los caballos tuvieran las cuatro patas en el aire. Ese era el momento indicado para hacerlo, pues los jinetes tenían algo: todos disparan al mismo tiempo. Esa era su oportunidad.
-¡Apuntad! ¡Fuego!
Los setenta arqueros formados a lo largo de la muralla dispararon. Las flechas volaron ligeras sobre el viento, cayendo sobre sus blancos. Los jinetes caen muertos sobre los lomos de sus bestias, quienes ahora no tienen quién les ordene nada; por lo tanto, salen despavoridas por el campo, caen sobre sí mismas, se quiebran sus patas, no pueden volver a moverse. Otros derriban a sus propios compañeros en su descontrol al recibir instrucciones de cuerpos que ya no se mueven.
La satisfacción por haberlo logrado se siente en el aire; nadie dice una sola palabra, pero aun así puede sentirse. Esmirna vuelve a dar la orden de cargar los arcos de metal, donde las flechas vuelven a sonar al colocarse sobre las cuerdas metálicas. Ordena apuntar otra vez; al dar la orden de disparo, las flechas vuelven a volar como plumas llevadas por el aire. Los enemigos se detienen en su andar, saben que no pueden continuar disparando sin atender a la muralla mientras de ella se continúe disparando. Una señal sale hacia las catapultas, que comienzan de nuevo un bombardeo que había cesado desde la llegada de la reina, contra la ya bastante dañada muralla. Las bolas golpearon la pared; todo se estremece. Un fragmento cae aplastando soldados dentro de la capital.
Ahora es difícil poder dispararles; demasiado movimiento. Esmirna se desespera; sabe que la necesitan, sus manos están atadas. Sabe lo que debe hacer: seguir disparando contra los enemigos, y así lo hace.
La batalla se había descontrolado. Las formaciones se rompían; los hombres luchaban dispersos. Ningún bando mantenía una formación compacta. La falange de Acrad trata de formarse lo mejor que puede, pero es difícil. Los hombres con hacha, los malditos de la ciudad Mecro, luchan en pequeñas bandas, pero les resulta igual de difícil. De momento, ningún bando tiene clara una ventaja; el caos y el desorden imperan en el campo de lucha.
Esmirla, al frente con su caballería en el sur, combatía contra los jinetes enemigos y los pocos arqueros que quedaban. Las espadas de sus mujeres de negro, quienes no la abandonan ni un solo instante, parecían fuego sostenido en sus brazos; sus caballos no se detienen ante nada. Ella es jinete experta. Pero una flecha venida de alguna parte del campo logró penetrar la negra armadura de Esmirla por debajo del codo, haciéndola caer de su caballo. Se levanta adolorida, con la flecha dentro. Con su espada aún en su mano, busca de dónde vino la flecha. Se gira, recibiendo un golpe de maza en su cabeza que le quita el yelmo. El jinete se baja muy lento para terminar con la tarea, para terminar con la vida de una aturdida Esmirla.
-Seré yo quien acabe con tu vida, mujer de pelo negro. Colgaré lo que quede de tu cabeza en mi cuello y la pasearé por todo este lugar, como hiciste con la de mi hermano.
Esmirla se arrastra por el campo con algo de sangre en su rostro, regando la nieve, para tomar su espada, recordando a aquel hombre que mató junto a su leal soldado. Su pierna es pisoteada y obligada a girarse para ver lo que le sucederá.
La maza la va a golpear cuando dos lanzas atraviesan el abdomen del enemigo; lo levantan del suelo. Consiguiendo volver a apoyarse casi al instante, el enemigo, de una fuerza casi descomunal, intenta quitarse las lanzas halándolas hacia adelante, pero le resultó imposible. Las guerreras no cedieron y terminaron alzándolo aún más. Levantan a Esmirla del suelo; esta toma su espada.