Capítulo 30: Los gigantes de hierro
El campo era un torbellino de acero y sangre. Los caídos ya se contaban por miles, pero donde caía uno, tres se incorporaban a la batalla. Nadie cedía un milímetro de terreno; quien cediera primero tendría las mayores probabilidades de derrota. Todo era locura; en todas partes se combatía. Los caballos llevaban incluso jinetes encendidos en llamas por las catapultas, los cuales no dejaban de luchar aún quemándose vivos. Se podían ver pequeñas murallas de escudos empujando a los enemigos, todas formadas por diez o menos. Los gritos de "¡Adelante!" no faltaban.
Las catapultas eran todo un problema; deben ser detenidas de forma urgente. La muralla, el muro que hace siglos resguarda a Acrad, ya no aguantará tanto tiempo de asedio. Esmos le pide a un grupo de hombres llegar hasta ellas.
-Sé que lo que les pido es prácticamente un viaje de ida para no retornar jamás, un suicidio, pero les pido que lo hagan. Si la muralla cae, caeremos todos -dice esto mientras rebana la garganta de un enemigo.
La orden fue acatada por sus hombres. Salen con prontitud hacia el lugar en un número reducido, desviándose por el lugar con menos visión enemiga de aquel campo enfermo de muerte. Solo veinticinco hombres se disponen a realizar la que pudiera llegar a ser la tarea más difícil de aquel conflicto.
-¿Cómo están los daños estructurales? -pregunta Esmirna, quien se ha movido al otro lado del inmenso muro de casi nueve metros de ancho.
-Los daños son varios, mi señis, sobre todo en la parte superior del muro. Han caído varios fragmentos de los que sostienen la parte donde ustedes están parados -le dice el hombre.
-¿Cómo está la parte donde se encuentra la grieta? -vuelve a preguntar Esmirna.
-Esa parte está peor, mi señis; la grieta ha crecido muchísimo. Es la parte que me preocupa; si sigue recibiendo disparos en esa parte, pronto no quedará piedra sobre piedra.
Esmirna, con la preocupación en sus ojos, le dice:
-Refuercen todo aquello que permita ser reforzado. No se detengan; su labor salvará la muralla tanto como la de los grandes soldados de ahí fuera.
En ese momento, una enorme piedra pasa por encima de su cabeza. Ella, en un acto reflejo, se arroja a un costado, llevándose con ella algunos soldados. Cae hacia un lado, se levanta apresurada con la armadura llena de nieve. La piedra arrancó un fragmento de la parte trasera del muro donde se encuentran los arqueros, volviendo esa parte un poco intransitable, quedando solo un pequeño camino estrecho que apenas da para que los soldados puedan ubicarse en sus posiciones.
-¿Todos bien? -pregunta Esmirna. Los soldados le responden que sí, solo hemos perdido algunos hombres. Uno de ellos llora; su hermano fue llevado por la piedra.
La piedra logró entrar en la ciudad, aplastó varias casas y, con ella, sepultó a varios de sus habitantes, sembrando el terror dentro de la ciudad donde los residentes, al ver aquello, salen a las calles alarmados. Los pocos soldados que aún permanecen dentro, encargados de la defensa interior, tratan de calmar a la multitud que ahora grita de terror ante la posible caída de la ciudad, maldiciendo la hora en que no se aceptó el pacto ofrecido por los invasores.
En ese mismo instante, los arqueros enemigos comienzan a disparar hacia el campo de batalla. Los caballeros caían de sus monturas sin la protección de escudos; los demás soldados suben sus escudos, los que aún lo tienen. La lluvia de flechas es inmensa; estas no distinguen entre los soldados de Acrad y los invasores; los elimina por igual. Lentamente, la caballería comenzó a replegarse, obligada por el enemigo, huyendo de la intensidad del asedio no por el miedo a simplemente morir, sino por la necesidad de seguir vivos para continuar combatiendo. El enemigo aprovecha esta oportunidad para reorganizar sus tropas. Esmirla no podía creerlo; todo estaba marchando bien. ¿Cómo puede estar pasando esto ahora?
-¿Qué sucede? No entiendo cómo puede matar a sus propios hombres.
-Es una estrategia sencilla: hacernos replegar para reorganizarse -dice Clara Hulls.
-¿Rey de Luz, dónde te encuentras? Te necesitamos ahora; muestra tu poder -expresa Esmos mientras combate junto a sus hombres.
Entonces apareció un ariete. Los hombres intentaron rodearlo, pero fue inútil. Las flechas no lo dañaban, y acercarse era imposible: estaba protegido por lanzas y espadas que lo convertían en una fortaleza móvil. Esmos sigue luchando a pie al lado de sus hombres, portadores de lanza y escudo, armadura negra y yelmo con cabeza de león, con una formación sólida que no puede ser derribada.
Viendo el peligro, montó en un caballo que corría solo en medio del campo, pues el suyo se había perdido, y se lanzó hacia el ariete. Sus ojos llevan decisión de hacer lo necesario para lograr detenerlo. El caballo iba tan rápido que sería difícil frenarlo. Esmirna lo interceptó, derribándolo antes de que llegara. Al hacerlo, el caballo fue cortado en pedazos que cayeron a sus pies.
-¿Estás loco? -le gritó-. Llevo tiempo buscándote, afortunadamente te encontré antes de que lograras hacer semejante estupidez.
-Ese ariete debe ser detenido, cueste lo que cueste -respondió él con furia.
Ella lo miró con firmeza:
-Eres el líder de estos hombres, no un simple luchador de los tantos que hay en este campo. Si mueres, los hombres quedarán sin líder. Serán masacrados.
Esmos se levanta del suelo con ira en sus ojos, toma su espada, la mira con cara de no conocerla, se da la vuelta y se dispone a reincorporarse al combate junto a sus hombres cuando ve volar nuevas piedras hacia la muralla. La muralla volvió a estremecerse. Un pedazo cayó con soldados encima. Esmirna estuvo a punto de caer también, pero un arquero la sostuvo, salvando su vida. El enemigo los superaba en número; la formación estaba perdida. Y entonces, lo peor: un estruendo sacudió el campo. Desde lo oculto de detrás de la formación enemiga, aparecieron cinco carros de combate, tirados por bestias colosales jamás vistas en aquel lugar. El terror se apoderó de todos. Eran gigantes de hierro y furia.