Capítulo 31: La ira de Acrad
Los carros avanzaron con velocidad brutal, tirados por aquellas criaturas desconocidas para los soldados. Su sola forma les infundía terror: su cuerpo tenía forma de cabra, su cabeza de algo parecido a un toro, con unos cuernos tan largos que podían atravesar a un hombre. Sus patas tenían garras largas y afiladas, capaces de destrozar la carne detrás de las armaduras de metal. Hombres desorganizados caían bajo sus ruedas, aplastados como si nada. Los que no eran aplastados perdían extremidades. Esmos ordenó la retirada, que se realizó de forma desorganizada. Los hombres estaban llenos de temor, pero la mayoría quedó atrapada entre los cinco monstruos de ruedas metálicas. Los arqueros enemigos reanudaron su fuego, complicando la situación doblemente. El rey Aníbal se encontraba enfrascado en reformar a las tropas, darles el orden que llevaban, pero les resultaba complicado; muchos hombres se habían quedado paralizados.
-¡Hombres, formaos detrás de mí en una línea! -gritó Aníbal-. ¡Hay que agruparse ya!
El rey se lanzó a buscar un grupo separado. Llegó hasta ellos, intentó moverlos, pero parecían piedras. Sus miradas estaban fijas, no podían apartar la vista de aquellos animales; sus ojos inexpresivos miraban al mismo punto por donde las criaturas cruzaban.
-¡No los miréis a los ojos! -dijo el rey Aníbal, que se había dado cuenta del poder de aquellos monstruos.
La voz se empezó a correr entre los hombres, que bajaron la mirada para no observarlas directamente. Solo veían sus patas moviéndose a gran velocidad. Las tropas se movían de forma lenta. El rey era uno de los que corría peligro al estar entre aquellos hombres. Se dirigió a arrastrar a un joven soldado de su reino cuando fue detenido por Charles, que ya tenía varias heridas en su cuerpo que hacían pensar que no llegaría a ver el fin de la pelea.
-¿Se puede saber qué haces? -le dijo Charles, que no lo reconoció como el rey.
-Salvar a ese joven -respondió Aníbal.
-Un soldado de mi reino, al cual le prometí a sus... -cortó la frase. No pudo cumplir con lo prometido.
-Tu soldado yace muerto en el suelo -mientras le decía esto, debían cubrirse como pudieran de la nueva lluvia de flechas.
-Hay algunos hombres que se están agrupando. Encárgate de ellos.
-¿Qué pasará contigo, Charles?
-No te preocupes por mí, soldado. Solo soy un viejo al que se le acaba la vida. Esos hombres te necesitan.
Desde las huestes de Acrad se escuchaban gritos de agonía. ¿Cómo detener aquello? Esmos estaba desesperado. Se acercó a sus tropas protegido por un muro de escudos. Las flechas hirieron a su caballo en las nalgas; cayó, y la nieve cubrió su armadura. El caballo se mantuvo firme en su posición mientras los soldados extraían la flecha; la sangre brotaba de su herida. Esmos se preguntó si podría seguir empleándolo; no tenía tiempo para encontrar uno nuevo que respondiera a sus exigencias. Volteó hacia un costado, girando todo su cuerpo hacia esa posición. Allí las vio cabalgando a gran velocidad junto al ariete: eran Esmirla y sus guerreras de negro. ¿Cómo pudo olvidarse de su hermana? No podía creerlo. Quería apoyarla, pero su deber estaba con sus hombres.
-Mi señis -dijo un soldado. Esmos volteó para observarlo-. El caballo está herido, pero le funcionará para la batalla. Será un poco más lento de lo habitual, pero le servirá.
Esmos agradeció a su soldado, pero se dio cuenta de algo: la lluvia de flechas se había detenido. El cielo ya no estaba inundado de ellas. Volvió a montar para pasar a gran velocidad entre aquellos carros infernales. Todos le vieron llegar, y las fuerzas regresaron de a poco. Alguien con verdadera autoridad había llegado para poner orden.
-¡Comenzad a formar un muro de escudos con lo que tengan a mano! ¡Esos carros deben chocar contra algo sólido! -dijo Esmos.
-Si hacemos eso, nos aplastarán de una sola vez -dijo Aníbal con cara de no confiar esa vez en la orden de Esmos.
-No arriesgarán a quienes mueven los carros. Su punto débil es su abdomen.
-Claro, serían un blanco fácil de detener con los hombres que queden vivos.
Un muro de escudos comenzó a alzarse. Con cada escudo incorporado, su solidez aumentaba. Los carros chocaron contra él; los hombres se movieron, pero la formación no cayó. Los lanceros estaban ubicados cerca de su formación, y los carros no se acercaban a ellos. Su velocidad era rápida, pero se ponían al alcance de las lanzas a poca distancia.
Las tropas estaban dispersas, y el enemigo, ya formado, había comenzado a moverse. Esmos estaba atrapado en aquella situación. Los hombres que se encontraban libres del alcance de los carros estaban bajo el mando de Crisan Velis, a quien ni siquiera le había dejado órdenes de dirigirlos. Solo tenía una única pregunta en su cabeza: ¿cómo miles de hombres se habían separado solo por cinco carros? Eran impresionantes, majestuosos a pesar de su enormidad, pero solo eran cinco. Su mente aún no lo asimilaba. El campo se convirtió en un verdadero infierno que resistiría, pero no veía la forma de salir de dentro de él.
Desde lo alto de la muralla, en la protección de su torre, los señoriales de Acrad observaban la situación desfavorable de sus tropas. Nunca antes Acrad se había visto en semejante situación; ningún enemigo había podido llegar hasta su capital, o al menos a sus proximidades, en casi tres siglos. La madre observaba con temor la situación de sus hijos. Podía perder a los tres. Esa sola idea golpeó su cabeza. Le dieron ganas de parar aquella absurda batalla, solo que era demasiado tarde para realizarlo. Si los perdía por proteger un legado familiar que ellos nunca pidieron, no se perdonaría jamás.
Mientras su madre se preocupaba por la situación de todos sus hijos, la menor de ellos se dirigía rumbo a las escaleras que bajaban de la muralla por el lado donde se encontraba ubicada. Sus soldados la vieron. Los dejaría solo ante aquella adversidad. No entendían qué le pasaba. Esmirna bajó lentamente; varios de los peldaños se habían caído por el impacto de las catapultas. Llegó al sitio donde debía estar, pero allí solo quedaba un pequeño fragmento de peldaño en el cual debía pararse. Con algo de miedo, se colocó casi en puntillas para quitar uno de los bloques del muro. Su peso le obligó a tirar con fuerza y dejarlo caer al suelo. Al mirar dentro, allí estaba: una palanca blanca como su armadura. La tomó con su mano derecha, confiada en que funcionaría. La movió mientras caminaba hacia la cima nuevamente, sufriendo un pequeño resbalón que casi la hace caer. No podía creerlo: estaba trabada. Los impactos debían haber movido el mecanismo de su lugar. Lo intentó varias veces sin obtener fruto alguno. Necesitaba algo con lo cual moverla, se dijo para sí misma. De un momento a otro sintió un ruido subir por las escaleras. Al mirar, era su perra, que se dirigía a ella con algo en la boca. Una soga.