Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 32: La noche de Acrad

Capítulo 32: La noche de Acrad

Los enemigos observaron estupefactos cómo su símbolo de poder yacía destruido, mientras los soldados desde la muralla veían con regocijo el resultado de aquella brillante arma que ahora podía inclinar la balanza a su favor. Los demás carros se detuvieron, sin saber cómo continuar. Los hombres de Acrad se formaron en una posición defensiva fuerte, con los escudos delante. Esmos observó la situación. Sabía que había oportunidad; su hermana se la había dado.

-Bien, mi pequeña Esmi, gran trabajo -dijo para sus adentros-. Hombres, prepárense para salir a buscar a sus compañeros de armas.

Los hombres a caballo se prepararon para salir. Ya estaban formados y listos, solo esperaban la orden, cuando vieron pasar de nuevo por encima de sus cabezas el arco rojo desde el cielo.

Esmirna había ordenado un segundo disparo dirigido a uno de los carros, pero este falló, pues se movió de lugar en una maniobra en la que el enemigo pretendía cruzarse en cruz sobre los hombres de Acrad. El disparo no tuvo éxito, pero la metralla contenida dentro eliminó a los dos carros que iban a cruzarse, destrozándolos por la mitad y matando a los animales que tiraban de ellos. Esmos vio la oportunidad y ordenó avanzar. Ya solo quedaban dos carros. Las posibilidades volvían a ser realistas para sus tropas.

Gornar se sorprendió del arma. Golpeó la mesa. No podía creerlo. La resistencia de sus enemigos ya era demasiada. No podía permitir que las cosas continuaran de esa manera. La batalla debía terminar ya. Tomó su yelmo, lo colocó con furia sobre su cabeza, haciéndose sangrar la frente. Caminó hacia delante, se acercó al río, puso su mano en la nieve y dijo:

-Espíritus de la noche, este servidor vuestro os invoca y solicita vuestra ayuda en estos momentos de dificultad. Ayudadme a destruir a nuestros enemigos. Os ofrezco mi sangre como pago por vuestra ayuda.

Sus ojos se volvieron negros. El líquido que había bebido comenzaba a hacerle efecto. Se levantó de la nieve, subió su mano al cielo; relámpagos aparecieron sobre su cuerpo, envolviéndolo en un aura de terror. Su mano derecha bajó de nuevo, dando un fuerte golpe en la nieve. Allí se abrió un espacio en el que comenzó a formarse un símbolo de tres triángulos cruzados. Al estar completos, sin mirar atrás, dijo:

-Despierten.

La tierra bajo él se estremeció. Sabía que su solicitud había sido aceptada. Se levantó del suelo, se giró y tomó rumbo al campamento con una sonrisa en su rostro.

Las tropas de Acrad comenzaron sus movimientos, apoyadas por los disparos constantes de la catapulta de Esmirna. El rey Aníbal, que se encontraba entre los hombres atrapados, dio la orden de irse moviendo de a poco mientras los carros enemigos permanecían casi inmóviles. Los hombres ya se movían hacia donde estaba la caballería de los hombres de la nieve y el frío cuando, de un momento a otro, sin que nadie lo imaginara, una masa negra ascendió desde la nieve, llenando el cielo de oscuridad. La luz del sol desapareció, dando la sensación de nunca haber existido. La visión de Esmirna se volvió nula y detuvo los disparos. Ya no quedaba nada que hacer. Estaban solos de nuevo. Los carros de combate estaban otra vez en acción, pero esta vez las bajas fueron mínimas. Las tropas habían logrado reagruparse, mientras el enemigo retiró los dos carros restantes. La batalla debía reorganizarse, y Esmos lo sabía. Solo tenía algo que aún le preocupaba en su mente: el ariete. Su paso era lento, la distancia era considerable aún para llegar a la puerta, pero era colosal y su impacto podría derribarla en solo unos pocos golpes.

Esmos cambió la formación: la falange delante, y en medio de cada fila, lanceros con lanzas de dos metros; la caballería en los costados y los hombres de armas ligeras listos para entretener al enemigo. Los arqueros quedaron en la última línea, pegados a la muralla, de la cual no se habían movido, pero su fuego estaba bloqueado por la intensa oscuridad. Solo los perros podrían tener ventaja: oler al enemigo en la niebla.

Por su parte, los soldados de Gornar reorganizaron también sus fuerzas. Colocaron a los guerreros de hacha reforzados, preparados para enfrentar a la falange. La tensión era insoportable. Nadie se movía. Solo las catapultas enemigas seguían disparando con intensidad.

Esmos tenía claro que debía ser el primero en atacar y que debía estar entre sus tropas, pero se quedaría detrás observando. Algo circulaba por su mente y no podía escapar.

-¡Guerreros de Acrad, adelante!

Los hombres de todos los reinos, formados ahora en una sola coalición sin importar el lugar, eran una sola nación con solo un color en su bandera: la libertad. Mientras ellos se dirigían a luchar contra sus enemigos, las mujeres de Esmirla se dirigieron a detener el ariete. La batalla volvería a rugir.

El combate comenzó con furia contenida tras minutos de larga espera. Los guerreros de hacha se lanzaron contra la falange, que resistía como una sola unidad. Los soldados malditos de la ciudad Mecro mostraron toda su destreza nuevamente en el combate cuerpo a cuerpo. La fuerza física de estos guerreros era grande; no se detenían. La caballería, por su lado, hacía lo mismo: derribaba enemigos. Pero no pudieron rodear al enemigo, al menos no de la manera esperada. Una parte se quedó dentro de la masa de guerreros, y los otros lucharon desde fuera. La falange del hielo avanzó con paso sólido, empujando al enemigo hacia atrás, obligándolos a mantener una posición ventajosa para la caballería, obteniendo la posibilidad de reorganizarse. Pero seguían siendo vulnerables; no podían separarse, y eso les causaba una desventaja en movilidad.

-¡Lanzas al frente! -dijo uno de los soldados.

Las lanzas salieron por delante de la primera línea, que comenzó a empujar nuevamente al enemigo. Estos se acercaron hasta ellos, pero debieron retroceder. Entonces ocurrió algo: se sintió de nuevo el galopar de los caballos, pero no eran de la tierra del eterno invierno, sino enemigos. En un movimiento desesperado, Clara Hulls se movió con jinetes hacia ellos, dejando desprotegido su costado. Varios más la siguieron. Los jinetes nunca encontraron a sus enemigos a caballo, pero sintieron el estruendo de los caballos chocando contra su ejército. Buscaron la forma de llegar, pero estaban perdidos entre tanta oscuridad. Los soldados enemigos lograron penetrar la formación de la falange por su lado débil, los costados, causando una nueva desorganización de los hombres, que ahora luchaban dispersos. Esmos, sabiendo la nueva situación, supo que su presencia de nuevo en el campo era necesaria. Tomó algo que tenía guardado bajo su armadura y lo sonó. Era un silbato. Detrás de él, se escucharon gruñidos a gran velocidad acercándose. Eran los perros de guerra, entrenados en el arte de matar.




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