Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 33: El fuego del cielo y las bestias olvidadas

Capítulo 33: El fuego del cielo y las bestias olvidadas

La actitud de las tropas acradanas ya molestaba a Gornar y a sus hombres. Su resistencia, como dijo antes de comenzar la pelea, era feroz; no se rendían ante nada enviado por ellos. Las formaciones de ambos ejércitos estaban organizadas; se enfrentaban, pero no se hacían el daño esperado, solo se empujaban para ver quién cedía primero. Los lanceros mataban a algunos, pero no a los suficientes. La caballería de ambos ejércitos se encontraba en una sola línea, esperando ver quién rompía primero. La situación no podía continuar de ese modo. Sus dos planes mayores habían fracasado. Solo le quedaba una opción al líder de los malditos de Mecro: la magia. Lo sabía, pero no deseaba emplearla de nuevo.

—Mi señor —dijo un hombre detrás suyo. Se volteó un momento para ver quién era. Al verlo, se sorprendió un poco.

—¿Qué deseas, Lúver? —Aquel hombre, vestido solo con telas negras que recorrían todo su cuerpo, pies descalzos, le respondió:

—Es el momento adecuado, mi señor, para usar la magia de los antiguos. No debemos esperar. Con cada espera, la fuerza del enemigo crece, al igual que su esperanza.

—¿Me propones algo, Lúver? —respondió Gornar.

—Déjeme, junto a mis hermanos, mostrar el poder de la magia de los antiguos seres.

Gornar sabía que negarse a esa petición era casi como ponerse a todos en su contra. Con su mano dio su consentimiento. Aquel hombre vestido con aquella tela negra ya envejecida por el paso de los años se retiró con una sonrisa de satisfacción en sus labios. Obtendría nuevas almas para su señor, y él le pagaría con años de vida en la tierra.

Los cuatro hechiceros de la magia ancestral salieron caminando, cada uno al lado del otro. Sus ropas eran negras, sus cabezas rapadas y sus brazos, ahora al descubierto, llenos de runas antiguas escritas sobre la piel cortada y ahora cicatrizada. Cruzaron el río sobre el mismo puente improvisado por el cual habían cruzado sus tropas, que aún se escuchaban luchar contra el enemigo. Al estar del otro lado, se colocaron con los brazos cruzados en forma de cruz sobre su pecho, recitando unas palabras. Al hacerlo, sus marcas comenzaron a encenderse de a poco, iluminando sus delgados brazos.

—Seres primordiales, vosotros que disteis vida a este mundo ingrato que no aceptó vuestro regalo, dadnos ahora el poder para eliminar a todos aquellos que se opongan en el camino que preparamos para vosotros. Travera fogatis —que en idioma antiguo significa "trae fuego del cielo".

Al decir esas palabras, el cielo se estremeció con un sonido indescriptible, solo comparable al de una batalla celestial. Un rayo cayó del firmamento, iluminando todo el campo y matando a guerreros de ambos bandos. Los soldados de Acrad intentaron cubrirse, pero los rayos eran imparables, casi imposibles de esquivar con lo pesado de las armaduras. Esmos ordenó soltar los escudos para aligerarse y esquivar los ataques celestes, pero que trataran de mantenerse lo más ordenados que pudieran.

Los defensores retrocedieron, justo lo que los invasores buscaban. El cuerno enemigo sonó de nuevo, pero esta vez no para afectar físicamente a sus rivales —eso ya lo hacían los rayos. Desde el río, hombres armados con ballestas avanzaron. Tenían un artefacto que les permitía ver en la espesura de la niebla. Sus disparos eran certeros; un blanco fijado era una sentencia de muerte. Esquivarlos era casi imposible, como esquivar aquello que no ves, y menos si desconoces de dónde viene.

Los rayos seguían cayendo, siendo la única luz en aquel lugar dominado por la oscuridad. Esmos no quería retroceder; sabía que cada paso atrás lo alejaba de una posible victoria y lo ponía en desventaja. Los hombres debían luchar por no ser alcanzados por los rayos y contra un enemigo que había perdido su organización y se había lanzado a la desbandada contra ellos. La caballería recorría toda la zona en conflicto, eliminando a todo aquel que parecía enemigo. La oscuridad era tan densa que los propios invasores enfrentaban problemas para moverse a través de ella. Esmos batallaba a pie; su caballo estaba muerto o perdido. Su escolta personal ya no estaba a su lado. Ahora peleaba solo, en compañía de hombres de cualquier reino. Ya nadie se preocupaba por su vida; no había tiempo para ello. Solo su hermana, ya incorporada a la contienda junto a sus guerreras de negro, le buscaba.

¿Qué hacer? Esa era su gran pregunta. ¿Cómo salir de aquella situación? Ya no contaba con su hermana, la inteligente Esmirna. Pero su solo nombre le recordó una enseñanza de su hermana, aprendida de pequeños mientras jugaban a los escondites en una noche de tormenta dentro del palacio de Acrad: ella lo había encontrado con la luz de los rayos. Y él haría lo mismo en ese instante. Con esa técnica, logró ver dónde estaban los ballesteros ocultos. Le tocaba pedir un sacrificio.

Se acercó a hombres de la capital, soldados de los cuales no conocía su nombre. Pero daba igual. Debía pedirles algo.

—Hombres, os pido un sacrificio —todos se quedaron mirándolo por un instante; el propio Esmos dudó si decírselo o no—. Debéis llevar este mensaje hasta allá donde se encuentran los arqueros y decirles que disparen al borde del río. Allí están los enemigos.

Todos se preguntaron cómo podrían disparar a una distancia que no veían y tan lejos.

—Puede que no regreséis vivos. Ninguno. Os van a matar. Pero si no lo hacéis, moriremos todos.

Los hombres dieron su aprobación a la orden de su señis. Tres hombres salieron para llevar el mensaje a los arqueros, y aunque murieron en el intento, un cuarto logró arrastrarse hasta ellos y dar el mensaje de Esmos. El líder de los arqueros no entendía cómo podía pedir esa orden; sus arcos no podían disparar a esa distancia. No había forma de alcanzarlos, menos de dar en un blanco imposible de ver. Pero notó ese patrón que Esmos le había dicho a sus hombres: la luz de los rayos los delataría. Ordenó a sus arqueros encender sus flechas, tensar sus arcos y tener sus flechas preparadas para esperar su orden. Vio la oportunidad y ordenó disparar. Las flechas volaron por el aire; muchas se apagaron, pero otras siguieron su trayectoria. El disparo de los arqueros fue de precisión casi perfecta. Sus arcos tenían alcance limitado, pero si caían cerca de los enemigos, estos delataban sus movimientos debido a las llamas encendidas de las flechas lanzadas por los hombres de Acrad. Esa oportunidad fue vista por Esmirna desde la muralla, quien, con la poca visión del ambiente, preparó un nuevo disparo. La catapulta volvió a girar. El chirrido le indicó que debía revisarla; quizás el frío extremo y el tiempo guardada allí habían dañado alguno de los componentes. Su máquina de diseño casi perfecto se puso rumbo al río. El brazo de madera bajó lentamente; allí colocaron, entre varios hombres, el pesado proyectil. Cuando justo iban a encenderlo, ella les dijo:




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