Capítulo 34: El fuego azul
Esmirla, en la batalla, luchaba contra un grupo de varios soldados enemigos. Se movía de forma lateral; su espada era un rayo. Tres enemigos le cayeron encima, pero ella los esquivó sin problemas y los eliminó. En ese instante vio a su hermano luchar junto a hombres de la reina Karna. Se impacientó por ir a su lado; no confiaba en ellos. Cuando se disponía a moverse hacia él, sintió los pasos gigantescos de los dinosaurios. Se giró a un costado y lo vio lanzar su sonido y devorar a un grupo de soldados de un solo bocado. Decidida, se acercó a las bestias de manera increíble, logró agarrarse de una y llegar arriba. Su hermano la vio; iba a ayudarla, pero un grupo de soldados lo entretuvo. Esquivó sus golpes, trató de acabar con ellos rápido. Lo hizo. Cuando se giró, un soldado iba a atacarlo por la espalda. Bart lo observó, pero se quedó sin hacer el más mínimo movimiento. El soldado enemigo, armado con dos cuchillos, iba a atacar a Esmos. Este iba a darse la vuelta y lo vio casi sin tiempo para reaccionar. Charles se atravesó en el medio, recibiendo las dos estocadas en lugar de su señis. Esmos cortó la cabeza de su enemigo y sostuvo a su comandante mientras exhalaba su último aliento. Colocó el cuerpo con suavidad sobre el campo nevado y, junto a sus soldados, regresó al combate.
Esmirla ya estaba encima de la criatura. Los pasos de aquel animal la hacían tambalearse un poco, pero logró sostenerse en pie. Los enemigos la observaban; sabían que no era cualquier mujer. Ninguna conocida por ellos se arriesgaría a tanto. Sus armas estaban desenvainadas; se abalanzaron sobre Esmirla. Ella se rodó para esquivarlos, pero se resbaló, logrando sostenerse de un fragmento de tela en el que iba la silla de montar de los tripulantes de aquel asesino de hombres en dos patas. Logró volver a subir. Cuando aún no había terminado de ponerse en pie, recibió un ataque directo que logró bloquear con su antebrazo. La hoja curva del enemigo logró atravesar su armadura, causándole un piquete profundo en el brazo. Se levantó, sostuvo su espada con ambas manos y esperó el ataque de sus rivales. El primero se lanzó por la izquierda. Ella lo observó; la posición en la que colocaba sus piernas lo delataba como un guerrero de poca experiencia en combate. Al recibir el ataque, ella lo bloqueó, se giró, tomó el cuchillo en su cintura y atravesó su garganta. Su enemigo cayó al suelo. Los otros dos se dirigieron hacia ella con ganas de matarla, de arrebatarle la vida. La espada de hoja curva era rápida, obligándola a moverse con rapidez para esquivar sus ataques, no sin antes llevarse un arañazo en su bella armadura negra. La observó, sonrió. La lucha continuaba sobre la silla de montar. Uno de los tripulantes movió una de las cuerdas, haciendo que la bestia se girara con brusquedad hacia el lado izquierdo, donde se encontraba un grupo de los suyos, a quienes la bestia, fuera de control, terminó por aplastar. La pelea siguió encima del animal. Aquellos dos soldados habían sido dos de los mejores oponentes que la habían enfrentado en toda la batalla. Golpe tras golpe de las espadas, no había un ganador. Hasta que finalmente ella logró irse por debajo de su brazo y encajar su espada allí, perforando el corazón de su enemigo. Esmirla miró a su rival. Él también lo hizo. Se calcularon. Se habían ganado el respeto mutuo. Ahora se calculaban sus posiciones. Un solo movimiento en falso de cualquiera de los dos podía costarle la vida. Esmirla tenía sus piernas separadas, su espada sostenida a la altura del pecho de forma horizontal, mientras su enemigo llevaba su espada de hoja curva sostenida con ambas manos y una de sus piernas adelantadas. Decir que el espacio era reducido era decir poco. Se movieron con tal rapidez que la estocada final duró solo unos segundos. El enemigo cayó de rodillas con su estómago sangrante. Se dispuso a rematarlo cuando le escuchó decir:
—Hija de la oscuridad, tú no eres de ellos. Te han robado, y con su robo se robaron tu destino. Hija de sombra y huesos.
Antes de que ella lo rematara, él se arrancó un collar hecho por entero de huesos, con un pequeño cráneo negro en la punta, y se lo ofreció. Ella lo rechazó y terminó perforando su cuerpo por encima del hombro izquierdo. De nuevo aquellas palabras, volvían a perturbar su mente. De nuevo su alma se sentía como si algo faltara dentro de ella. Se dispuso a terminar su tarea cuando la tentación de tomar aquel collar la envolvió. Se acercó, lo tomó y lo puso dentro de una de sus piernas. Se lanzó hacia la cabeza del animal, se sujetó de los huecos y le dijo: Veamos qué tan resistente eres. Le clavó su espada en el ojo. El animal se retorció de dolor y rugió. Se lanzó hacia adelante por tan solo unos centímetros; no terminó por devorarla. Cayó al suelo, se rodó, y poco faltó para que la aplastara.
Las catapultas enemigas llevaban tiempo bombardeando nuevamente la muralla, que se había vuelto otra vez su objetivo principal. Esmos sabía que debía parar aquella situación ya. Si la muralla caía, la avalancha enemiga hacia ella sería incontrolable. Debía llegar a esas catapultas o sería el fin de la batalla. Su mente luchaba por saber cómo, mientras combatía a los enemigos que se le acercaban, quienes no llegaban hasta él. La ira, la impotencia empezaban a apoderarse de su ser, y el mango de su espada se envolvió en una luz rojiza. Estaba a punto de estallar cuando vio pasar por delante suyo a Abraham Múnich dirigiendo una caballería lo suficientemente bien formada para poner en práctica un plan de contingencia. Gornar sintió la presencia. Sabía que su objeto de poder se movía cerca, pero ¿dónde?
Reclan, sin darse cuenta, estaba luchando junto a doscientos hombres al lado de su señis. Esmos se movió a pasos rápidos, derribando con una lanza a uno de los pocos arqueros a caballo que le quedaban al enemigo. Bart caminaba a su lado. El dinosaurio sin jinete pasó frente a ellos; su paso era descontrolado. Esmos supo que se debía a su hermana, quien logró algo pero a la vez dejó sin control a una bestia asesina. La veía perfecta, siempre imponente, montando un caballo al lado de Clara Hulls, saliendo juntas al combate. Ya estaba cerca de los soldados de caballería cuando uno de los rayos que seguían siendo una amenaza cayó frente a él. Lo cegó por unos instantes. Al recuperar la vista, vio a los hombres de la caballería levantándose del suelo; algunos muertos, otros solo habían perdido sus corceles. Reclan ordenó reformarse, pero sintió la voz de Esmos que le llamaba.