Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 35: El fénix y la tormenta

Capítulo 35: El fénix y la tormenta

La alegría de Esmos fue inmensa. Su hermana de nuevo había vuelto a la acción. Sabía que ese fuego era esencial: les devolvía la visión y la esperanza. Esmirla lo observó, sintió su calor; sabía que ese era otro secreto bien guardado de su hermana, que le estaba demostrando que no solo se necesita fuerza para luchar en un campo de batalla.

Esmirna se colocó de nuevo al frente de sus arqueros en la muralla y ordenó disparar. Las flechas metálicas atravesaron el cielo que aún permanecía oscuro, cayendo sobre los enemigos como lluvia de acero. Los enemigos caían como moscas, incapaces de resistir el impacto venido de flechas y arcos de metal desde una muralla que no dejaba de ser bombardeada.

La respuesta del enemigo no se hizo esperar. Las catapultas tenían otro objetivo: el campo de batalla. Las bolas de fuego caían cerca, aplastando hombres y caballos, pero nadie retrocedía. El fuego azul mantenía a raya a las bestias, hasta que Gornar, incómodo con la situación, se levantó de la mesa. Sus ojos ya eran tan negros que parecían tener cuencas vacías. Abrió un frasco que contenía un líquido de olor putrefacto y lo ingirió. Sus manos se volvieron oscuras, y sus venas negras llegaron hasta su cuello. Miró al cielo y dijo:

—Ventisca helada de los primeros siglos, yo te convoco. Obedece mi llamado. Apaga ese fuego con tu viento helado.

Sus palabras fueron escuchadas. Una ventisca se formó alrededor del campo, y la llama azul que tanta esperanza había traído se apagó. La oscuridad volvió a cubrir el campo.

La maniobra de Donován Reclan había dado resultado. La petición de Esmos había sido cumplida: el enemigo había centrado sus fuerzas en aquella caballería que parecía moverse a la velocidad de los mismos rayos que caían del cielo. La visión de Reclan y la de sus hombres era poca, pero contaban con ayuda para moverse. Los perros habían regresado; guiados por ellos, podían moverse con mayor soltura dentro del campo. Aquellos animales parecían bestias salvajes; se lanzaban sobre las cabezas de sus enemigos, partiendo sus cráneos como si fueran ramas secas. Reclan logró envolver a los enemigos que estaban en ese borde del campo, batallando contra los lanceros de Acrad, guiados por el rey Aníbal. Este, al ver a la caballería reunirse alrededor de ellos, obligó a los enemigos a moverse hacia atrás, dejándolos entre las lanzas y la caballería que los destrozaba. Estos hombres no se habían movido del lugar ni siquiera habían entrado en combate; eran la retaguardia, los encargados de impedir que el enemigo cruzara sus líneas.

Esa era la oportunidad que tanto había esperado Esmos. Era la hora de realizar una de las tareas imperativas de toda aquella batalla que ya se había extendido demasiado. Ya tenía reunido al grupo que lo acompañaría hasta las catapultas. Sin pensarlo demasiado, el grupo se movió hacia el lugar a caballo, al galope. Necesitaban llegar rápido antes de que los vieran, si es que en algún momento el enemigo notaba su ausencia. Sabía que dejaba el campo en buenas manos, a pesar del desorden de soldados, tanto aliados como enemigos, que lo recorrían. Nadie sabía que se había marchado, solo Donován Reclan conocía sus intenciones.

La poca luz permitida por los rayos le dio a Esmirna, desde la muralla, la posibilidad de comenzar a llevar a aquellas criaturas hacia el río. Ordenó poner las catapultas en su posición original. El brazo de aquella arma era bastante pesado, por lo que sufrió un pequeño percance que hizo un sonido extraño. Esmirna lo examinó; sus ojos meticulosos buscaban algún posible desajuste que impidiera seguir usándola. Exhaló un suspiro, no uno de desesperación o frustración, sino de alivio. Su invento se encontraba perfecto, solo que el brazo ya no podría ser cambiado de posición nuevamente.

—Preparad los proyectiles —dijo Esmirna.

Sus soldados cargaron el arma. Ya estaba lista para disparar, pero, como siempre, la orden de Esmirna se hizo esperar.

—Gíradla unos grados a la derecha.

Cuando vio que estaba en la posición adecuada, ordenó el fuego. La pesada bola encendida salió disparada del brazo, alcanzó una gran altura. Todos la vieron pasar y caer delante de los tiranosaurios —que era el nombre que las tropas enemigas daban a sus bestias. La criatura retrocedió; no se atrevía a cruzar por encima del fuego. Cuando se disponían a rodearlo, una llamarada de fuego cayó delante de ellos, haciéndolos retroceder. Uno de ellos recibió fuego en su pata derecha, haciéndolo moverse desesperado, lanzando a sus jinetes al suelo y terminando por aplastarlos.

—¿Qué le sucede a la señis Esmirna? ¿Se ha vuelto loca? —preguntó uno de los soldados—. ¡Hay hombres de Acrad aquí!

—No está loca. Ya sé cuáles son las intenciones de mi hermana —respondió Esmirla.

Esmirla ordenó a sus guerreras, junto a otros hombres, atraer a los tiranosaurios hacia ellos. Las criaturas, horrorizadas por el fuego, estaban fuera de control. Se dirigían hacia ellos. Esmirla les guió hasta un punto en el que ya no habría retorno si se pasaban de allí. Solo que no ocurrió nada. No comprendía qué sucedía; su hermana no habría entendido su idea. ¿Qué le pasaba? Se dio por perdida cuando vio una enorme bola caer desde el cielo frente a los dinosaurios, a los cuales habían logrado apiñar en un pequeño círculo mientras ellos daban vuelta alrededor. El fuego los prendió; sus cuerpos comenzaron a quemarse. Su instinto natural les decía que debían apagarse, por lo tanto, su único lugar era el río. Sus pasos fueron apresurados; los hombres de Esmos, ya muy cerca, debían apartarse para no ser aplastados. Los animales se arrojaron al agua, de la cual ya no saldrían otra vez.

El cielo se oscureció de nuevo con un tono aún más negro, dejando ver mucho menos de lo que ya era normal. Una tempestad se formó, más terrible que antes. La oscuridad no sembraba terror en los corazones de los soldados que defendían sus tierras, pero sí el temor de no saber dónde estaban parados. Esmirla buscó a Esmos, pero no lo encontró. La oscuridad le impidió avanzar; cayó encima de cuerpos ya muertos de soldados. Un general le advirtió que no debía abandonar el campo, o quedarían solos. Las palabras de aquel hombre fueron cortadas por una lanza que le atravesó el cráneo mientras Esmirla terminaba de matar a quien lo había matado. Gritó: "¡Esmos, dónde estás!" pero sus palabras no fueron escuchadas. Nadie le respondió. La muralla se fracturó aún más. Esmirna sintió que debía bajar de la muralla, pero algo dentro de ella le ordenó resistir. Era una buena señal o una estupidez que podría costarle la vida; aun así, se quedó.




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