Capítulo 36: El torbellino de fuego
Mientras tanto, Esmos luchaba por subir a la cima de la catapulta junto a quince de sus hombres. La torre que sostenía la catapulta era empinada; debían llegar hasta su brazo para poder pararla. Llegaron hasta allí, provocando un combate con saldo victorioso para los guerreros del frío invierno. Encontraron una manera de destruir el arma enemiga con los mismos explosivos que le colocaban a las bolas que continuamente golpeaban la muralla. Una pequeña soga quedó allí para prenderla. La encendieron mientras ellos se lanzaban por otra hacia el vacío, colgados de una soga que se quemó antes de que todos pudieran bajar, cayendo sobre la nieve. La torre quedó hecha añicos. Se levantaron y avanzaron con cautela, sabiendo que los magos enemigos estaban cerca. La batalla no era solo de acero; ahora era de magia. Pero esas llamas en la catapulta no pasaron desapercibidas para sus enemigos, quienes ahora los buscaban.
Los mejores hechiceros del enemigo aparecieron, acompañados de guardianes implacables. Esmirna, llena de valor, intentó enfrentarlos, pero sus ataques eran insuficientes. Los guardianes no sentían dolor, solo obedecían. Glona envió a su ave para salvarla en el último instante. El fénix descendió majestuoso, perforando enemigos con sus garras y llevándose a la joven con él en contra de su voluntad. Esmirna logró escapar de aquellos hechiceros, que la hubieran borrado sin problema. Fue dejada de forma algo abrupta junto a hombres que eran de la compañía mágica de los magos, los cuales se habían incorporado a la batalla sin que nadie pudiera verlos llegar. El ave ascendió de nuevo, buscando a Esmos en los cielos.
-¿Quiénes sois? -preguntó Esmirna.
-Permítame presentarme: soy Servius -y presentó a sus amigos-. Somos los Doce. Un ejército pequeño pero muy efectivo que ahora está a su servicio.
-¿Sois mercenarios? -le dijo mientras luchaba junto a ellos.
-Servimos solo a los magos. Somos de una antigua orden sagrada, más vieja que las regiones que pueblan este mundo.
Esmirna agradeció la ayuda, pero les dijo que su lugar estaba junto a los hombres de su pueblo. Se retiró. Sin embargo, no sabía algo importante: cada hombre de los allí presentes era tomado de una región, siendo representantes de ellas. Aquel con el que habló era de la región del hielo, pero se perdió siendo niño hace años y fue encontrado por los magos. Ellos la seguirían desde la distancia, cuidando sus pasos en la batalla.
Los hechiceros oscuros tuvieron su oportunidad. La batalla ya iba en su contra; los soldados de Acrad habían avanzado mucho. Las catapultas no existían, los dinosaurios estaban muertos, y no tenían chance de reorganizarse. Solo ellos eran la última esperanza de ganar la batalla.
Los hechiceros enemigos sonrieron al ver el fuego azul. Creyeron que podrían manipularlo, pero al intentarlo descubrieron la verdad: aquella llama no era común, no podía ser controlada por la oscuridad.
-Es una llama creada con luz por un corazón que no ha sido corrompido por la oscuridad; por lo tanto, está fuera de vuestro alcance y poder -les dijo Glona-. Pero recordad algo: vosotros no podéis dominar los objetos de luz, pero yo sí.
Tomó fuego azul en sus manos, una cantidad casi insostenible, arrojando a los hechiceros a rincones distintos del campo de batalla. Su ferocidad no conocía límites. Se alzó, segura, mientras los enemigos retrocedían, incapaces de contener sus ataques con giros en torbellino de nieve y fuego. Sabían que la batalla estaba perdida, pero aún buscaban una salida.
Glona elevó su magia. Un remolino de nieve y fuego azul se levantó en el aire, atrapando a los enemigos en su centro. La maga permanecía erguida en medio del torbellino, dominando la tormenta.
-Debemos liberarnos de aquí. Si cierra el torbellino, nos eliminará a todos -dijo Gobar, el hermano menor de Gornar.
-¿Cómo pretendes hacerlo? No puedo ni siquiera moverme de aquí. El torbellino no tiene fisuras.
-No tratéis de salir; será en vano. Nadie ha escapado jamás de mi torbellino.
Un grupo de soldados enemigos se le acercó. Ella, con la calma inesperada, los detuvo, los congeló y luego los hizo pedazos de hielo que arrojó a sus compañeros.
El fénix volaba desde las alturas, mostrándole a Glona una visión: Esmos, el heredero, se dirigía rumbo al campamento de Gornar. Por un instante, Glona se desconcentró. Los hechiceros aprovecharon y lograron liberarse, lanzando un golpe que la hizo caer varios metros atrás. Aturdida, intentaron rematarla. Pero el fénix descendió majestuoso, perforando a dos enemigos con sus garras y salvando a su compañera. La maga lo miró ascender; sabía que su ave había salvado vidas hoy, incluyendo la suya.
-Si no fuera por ti, mi leal compañero -exhaló un suspiro.
Esmirna, rodeada de soldados, se unió a sus hombres, que vitoreaban su nombre al verla llegar. A su lado se colocaron los de la orden de los Doce. Ella los aceptó; no quería causar nuevos problemas; ya tenía suficientes de los cuales ocuparse por hoy. No eran de su nación, pero luchaban con valentía. Sus armas estaban encantadas, capaces de resistir los ataques más feroces.
-Mirad sus caras -dijo Esmirna-. Tienen miedo. Jamás les plantaron una pelea real. Mostrémosles lo que les hacemos a quienes nos retan.
Los soldados gritaron mientras avanzaban sobre ellos. La unión de pueblos distintos se convirtió en fuerza inesperada. Las espadas circundaban el aire; parecían danzar a su lado. La muerte llegaba a los enemigos, que retrocedían a cada paso dado por la defensa. La formación era compacta, sólida, como no lo fue en todo el desarrollo de la batalla.
En la muralla, Esmirna dirigía a los arqueros. Sus flechas caían como lluvia sobre los enemigos. Los líderes de Acrad observaban con atención y alegría cómo la batalla se giraba hacia su lado.
-¡Arqueros, fuego! -se le escuchaba decir a cada instante. La catapulta seguía abriendo fuego; su alcance llegó casi hasta los límites del río, donde algunos soldados enemigos habían decidido retirarse.