Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 37: Lo que brilla en la nieve

Capítulo 37: Lo que brilla en la nieve

Por su lado, Esmos logró, junto a sus hombres, posicionarse lo suficientemente cerca de los líderes enemigos como para decidir enfrentarlos. Pero eran varios los soldados que custodiaban la entrada al lugar donde los líderes se reunían a dirigir la lucha. Con mirada crítica, miró la desventaja numérica que poseía.

-Estamos en desventaja total contra estos hombres. No puedo pedirles más de lo que ya han hecho. Si alguno desea retirarse de la lucha, este es el momento oportuno.

-Sabes que no te abandonaremos, Esmos -dijo su leal amigo Bart-. Moriremos a tu lado de ser necesario.

-Quedamos dieciséis. Espero podamos con tal número de hombres.

Espada en mano, se lanzaron sobre los soldados de la entrada. Un grupo se quedó a luchar mientras otro, liderado por Esmos, se dirigía hacia los líderes. La sorpresa fue enorme; estos se encontraban discutiendo temas de estrategia. La sorpresa rindió sus frutos; los enemigos caían a su lado como moscas. No podían pararlos. Esmos ya vio a Gornar y fue hacia él para aniquilarlo, pero dos hombres se le adelantaron y murieron sin siquiera poder acercarse. El líder usó su poder para detenerlo, pero con su espada Esmos logró repeler su ataque, algo impensado para una simple espada normal. Allí fue cuando Gornar se dio cuenta de que el joven poseía lo que tanto buscaba. Se alejó de él para que le siguiera. Este, junto a sus hombres, lo persiguió. La lucha era fuerte; los enemigos no eran sencillos de vencer. El enemigo le gritó que le siguiera, perdiéndose por lugares que parecían nuevos. Allí fue perdiendo a la mayoría de sus hombres. Por fin había llegado el momento. Estaban en el lugar en el cual se enfrentaría al que los de su nación consideraban el malo.

-Te dije que nos veríamos cara a cara, Gornar. Te hubieras evitado toda esta masacre de tus soldados si hubieras aceptado mi propuesta. Ahora has perdido la lucha y morirás por mi espada.

-Eres valiente, muchacho. No puedo negarlo. Ojalá fueras de los míos. No tengo un general como tú. Sabes lo que portas en tu mano.

-Una espada, con la cual quitaré tu cabeza de tu cuello -dijo Esmos.

-Más que eso. Posees la piedra roja, el Sello de los Orígenes, un objeto de poder enorme al que pocos pueden resistirse. Robada a mi pueblo por los protectores, a los cuales tu madre pertenece.

-Mi madre no pertenece a nada.

-No puedo explicarte eso ahora. Dame la piedra y te dejaré vivir, Esmos de Acrad.

-Nunca obtendrás nada de mi pueblo. Ven y pelea ahora.

El heredero al trono trató de moverse, pero fue imposible. La magia se lo impedía. Esmos estaba entrando en furia; la ira comenzaba a consumirlo. La espada comenzó a brillar en su pomo, reflejando la luz roja. Su cuerpo ya podía empezar a moverse. Gornar dijo:

-Así que tienes la capacidad de usar su poder. Pero no lo harás hoy.

Un movimiento de su mano le arrebató la espada. El líder extendió su mano, esperando que la espada fuera hacia él, pero esta se desvió a otra parte, donde su hoja cayó enterrada. Gornar tenía una expresión de no entender lo que había sucedido. ¿Cómo podía el Sello de los Orígenes rechazarlo, siendo él un fiel seguidor? Volvió la vista hacia Esmos, quien ahora estaba libre de su poder y se abalanzó sobre él. Logró quitárselo de encima. Los guardias iban a intervenir, pero Gornar los detuvo diciéndoles:

-Dejadle luchar.

Esmos tenía la daga de su enemigo en su mano. Lanzó ataques, pero fueron esquivados con relativa facilidad.

-Vamos, guerrero. No me digas que no puedes con un viejo como yo. Muéstrame tu fuerza.

Esmos, encolerizado, se lanzó sobre su rival. Había perdido la compostura y, por lo tanto, el sentido del peligro. Sus ataques seguían siendo inútiles. Cuanto más atacaba, su rival, aquel hombre de pelo blanco que quiso intimidarlo horas antes, se burlaba de su debilidad. Gornar estaba cansado de esperar el final de la contienda, y Esmos, con su físico ya agotado, no podía seguir atacando. Se lanzó sobre su enemigo, pero este, con su magia, lo detuvo y lo lanzó contra una pared de roca, donde lo dejó sin poder moverse. Estaba solo, pero no mostraba miedo. Ya nadie podría salvarlo. Sabía que este sería su final, pero lo aceptó con dignidad, sin dejar de luchar estando inmóvil.

-Vaya, Esmos. Creo que hubiera ganado el duelo si lo hubiéramos tenido. Al final, no eres tan fuerte como pensabas.

-Libérame y te mostraré qué tan fuerte soy.

-Ya no será necesario, joven señis. Tengo lo que necesito, por lo que se derramó tanta sangre en este fatídico día. Pero tienes algo que no le doy a todo el mundo: mis respetos.

Esas últimas palabras fueron verdad. Gornar le tuvo un respeto enorme desde el momento en que lo vio actuar.

-Entonces, ¿por qué no me matas ya?

-Todo a su tiempo, mi joven rival. Todo a su tiempo. No seré yo quien tenga el honor de verte exhalar tu último aliento en este triste mundo.

Esmos se quedó pensativo; no entendía las palabras de Gornar, hasta que lo vio llamar a alguien. La figura se hizo esperar un poco. La sorpresa no se hizo esperar en la cara de Esmos. ¿Cómo podía ser él quien le quitara la vida? Debía estar soñando. Pero era Bart, su amigo de toda la vida.

-Toma, Bart. Tú tienes el honor. Libérame de la presencia de tu amigo.

Bart agarró la espada de hoja negra, le dio un giro hacia su costado, la tomó con las dos manos, la apuntó hacia adelante, caminó hacia su amigo, puso su mano sobre su cabeza, colocó la espada en el centro de su pecho y, muy lentamente, comenzó a penetrar la espada, que hizo un sonido metálico al comenzar a traspasar el acero de su armadura. Cuando sintió que ya lo había traspasado, empujó con más fuerza, pasando la cota de malla y hundiéndose en su pecho. Esmos dio un pequeño grito de dolor, y la espada se hundió cada vez con mayor profundidad, hasta hacerle sangrar por la boca. Esmos, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo:




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