Capítulo 38: El regreso
El regreso no fue una marcha triunfal. Fue un lento y doloroso desfile de espectros. La victoria no llegó con gritos de júbilo, sino con el llanto ahogado de quienes aún podían llorar.
El sol de la tarde se filtraba entre la nieve manchada de sangre que comenzaba a derretirse de forma lenta, iluminando las calles de la ciudad mientras los hombres de Acrad, los que podían caminar, comenzaron a entrar por la poterna lateral, la única practicable. Iban encorvados, no por el peso del botín, sino por el de la fatiga y el dolor. El campo quedo plagado de muertos a cada paso cuerpos muertos tanto enemigos como aliados, destrozados gemidos se podían sentir donde quiera que se mirara. Algunos caminaban con dificultad, apoyados en sus compañeros; otros eran transportados en camillas improvisadas, con los uniformes rotos y el rostro lleno de sangre. Sus armaduras, otrora brillantes, estaban abolladas, manchadas de sangre seca y de la negra tierra helada de la llanura. Finalmente después de horas de espera y batalla los primeros soldados por fin entrarían en la ciudad, al verlos, las puertas se abrieron como flores tardías.
El pueblo, que había pasado horas aterrado en sus casas y en los refugios, salió a las calles al sonido del cuerno de la victoria. Primero fue un aplauso tímido, luego uno ensordecedor, un torrente de alivio y gratitud que estalló en lágrimas y gritos de los nombres de los seres queridos. La emoción era un ser vivo que recorría las calles devastadas. Madres, esposas, hijos se abalanzaron entre los soldados, buscando rostros familiares. Algunos se desplomaron al no reconocer rostros ausentes; otros, al encontrarlos, cayeron de rodillas en la nieve, aferrándose a ellos como si el mundo pudiera volver a arrebatarlos. Los encuentros eran de abrazos desesperados y sollozos ahogados; las ausencias, de gritos desgarrados que se elevaban sobre la algarabía, marcando el verdadero precio de la victoria.
En medio de esa marea humana, apareció Esmirla.
Esmirla avanzaba por la calle principal. No cabalgaba. Caminaba con la espalda recta debía continuar siendo ejemplo de firmeza, manteniendo la dignidad de un capitán que ha llevado a sus hombres a la victoria y el peso de una derrota personal en los hombros la perdida de sus mujeres de negro. Trataba de mantenerse firme aunque su cuerpo clamaba por descaso. La flanqueaban las que quedaron de sus leales guerreras, tan heridas y exhaustas como ella, pero erguidas, sus miradas desafiando a cualquiera que viera sólo su cansancio y no su coraje. Sus pasos eran firmes, su armadura magullada por el combate y salpicada de sangre y nieve derretida. Cada mirada del pueblo se posaba sobre ella con respeto; sabían que su intervención había sido decisiva para evitar la derrota. Algunos niños la miraban con ojos brillantes, imitando sus movimientos mientras corrían junto a la muralla. Luego, los aplausos comenzaron: no como ovación, sino como homenaje silencioso. Sabían que sin ellas, sin esa caballería que se lanzó una y otra vez al corazón del enemigo, Acrad habría caído antes de terminar el día.
Esmirla llevaba heridas —rasguños en el antebrazo, un corte superficial en la sien—el flechazo cerca del codo, pero apenas las notaba. Lo que sí le pesaba era la armadura, como si cada placa hubiera aumentado de peso en aquel largo día. Al ver a un grupo de civiles cargando a un lancero con una pierna destrozada, se detuvo.
— ¿Los heridos graves? Que los lleven a la casa del sanador mayor —ordenó a una de sus mujeres, sin dejar de caminar—. ¿Alguien ha empezado a contabilizar a los hombres? ¿Vivos, heridos, desaparecidos?
—Y usted mi señis debe verse con un medico está bastante herida—dice una de sus guerreras.
—No te preocupes por mi estoy bien me quedan unas cuantas cosas por hacer aun cumple con mi encargo, ya me atenderé con alguien en algún momento—dice Esmirla.
Se acercó a un guardia.
— ¿Cuántos hemos contabilizado? ¿Vivos? ¿Heridos?
El hombre negó con la cabeza.
—Todavía entran hombres, mi señora. No hay cifra aún.
El caos de la retirada y la entrada era total. Una mujer se abrazó al cuerpo inerte de su hijo, traído en una carreta; su lamento atravesó a Esmirla como una daga. Cerró los ojos por un instante, agotada. Encontró una silla de piedra, medio enterrada en la nieve junto a una casa semiderruida. La limpió con un gesto brusco y se dejó caer en ella. Un suspiro profundo, que era casi un gemido, escapó de sus labios. Su armadura, que había sido una segunda piel en la batalla, ahora le pesaba como una losa mortuoria. Se quitó el yelmo y lo arrojó a un costado con un ruido metálico chirriante al caer sobre la calle. Pero sus ojos, de un azul glacial, no descansaron. Se clavaron en la distancia, más allá de los escombros de la puerta, hacia la llanura y el río, donde un domo oscuro había desaparecido dejando sólo una incógnita y un frío más profundo que el del invierno. ¿Dónde estás, hermano?
Se gira un instante hacia el río mira como algunos cuerpos aún se mueven en la nieve, no son suyos son enemigos, de Acrad aprieta sus manos le dice a uno de los guardias.
__Eliminad a los supervivientes enemigos que quedaron en el campo, no tomaremos prisioneros __dijo con total fuerza venida desde la ira el rencor y el dolor por las pérdidas sufridas—pero no corráis riesgos innecesarios id con cuidado, son gente traicionera.
Sus hombres obedecen sin siquiera pensarlos un instante, ellos también deseaban verlos sin vida, sus lanzas y espadas atravesaron los cuerpos de los malditos de ciudad Mecro, sus gritos y alaridos llegaban hasta Esmirla que sigue sentada en la silla de piedra sin preocuparse por nada más que no sea Esmos, sus enemigos no pidieron piedad eso los guardias tuvieron que reconocerlo.
Mientras, desde la muralla donde observo a los hombres volver y eliminar a los heridos, bajaba Esmirna. Las escaleras estaban semidestruidas, y necesitó del brazo firme de su leal amigo Yuna, quien se mantuvo junto a ella durante toda la batalla, para bajar sin caer. Su cuerpo temblaba levemente, no de frío, sino de la descarga de la adrenalina y la tensión sostenida durante horas de mando. Al llegar al patio, su mirada, tan práctica, evaluó la escena: los heridos siendo atendidos, los vivos abrazándose, pero los cuerpos de los caídos aún quedaban fuera, en el campo de honor convertido en un osario helado. Frunció el ceño un instante