Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 39: Lágrimas de acero

Capítulo 39: Lágrimas de acero

Antes de que Esmirla pudiera responder y compartir su propia ansiedad, una sombra se alargó sobre ambas, cortando el aire. Su madre se acercaba, acompañada no por los reyes, sino por los señores feudales —los verdaderos poderes terrenales de Acrad. El pueblo a su paso se inclinaba o se agachaba, un reflejo de siglos de jerarquía. Las hermanas se acercaron, saludándola con una inclinación respetuosa de rodilla en tierra.

—Levantaos —ordenó la señoriala, su voz clara como el cristal, cortando cualquier muestra de servilismo—. Este día no es para postrarse ante nadie, sino para honrar a los que no se postraron ante el enemigo para que nosotros pudiéramos estar aquí.

Se detuvo frente a sus hijas. Su mirada, fija observadora, las recorrió a ambas, deteniéndose en sus heridas, en su suciedad, en la fatiga que ni la más férrea voluntad podía ocultar completamente. Por un instante, olvido por completo que eran guerreras de Acrad, algo parecido a su instinto maternal brilló en sus ojos, eran sus hijas su mayor orgullo. Se acercó a ellas, las abrazo con fuerza toco sus cabezas con sus manos las beso en el rostro y luego se apartó y tomo sus manos las apretó con fuerza. Miró a sus hijas con una mezcla de orgullo y dolor nunca hubiera querido que pasaran por aquel problema, por esos traumas que jamás olvidaran.

—Vuestro trabajo fue excepcional. Más que eso: fue lo que salvó a Acrad —dijo. Y entonces, de un pliegue de su manto, sacó dos monedas. No eran las doradas y llamativas de los desfiles, sino de plata oscura, antiguas, con el filo gastado. En cada una, se veía el sello grabado de su casa real: un paisaje nevado y en medio una espada. Eran las «Lágrimas de Acero», la segunda distinción más alta del reino, otorgada sólo por hazañas que cambiaban el curso de la historia.

—Para la Estratega del Fuego Azul que hizo que el sol volviese a brillar para Acrad —dijo, colocando una en las manos de Esmirna, que las recibió con asombro reverente. Nunca apagues tu llama hija mía.

—Y para la espada inquebrantable vestida de negro, quien nuca se dobló a pesar de la adversidad—añadió, tendiendo la otra a Esmirla.

Esmirla la miró, y por primera vez en años, no vio a la política fría, sino a su madre. Tomó la medalla. Era sorprendentemente pesada. Un nudo se le formó en la garganta. La señoriala le sostuvo la mirada y, luego, le sonrió. No era la sonrisa pública, calculadora. Era pequeña, genuina, y para Esmirla, valía más que cualquier victoria. En ese gesto, sin palabras, se dijo todo lo que nunca habían podido expresar en años.

Esmirna la pequeña de los tres hermanos la débil la sobreprotegida por su madre, no puede creerlo sus ojos están húmedos contuvo el aliento. Era la segunda distinción más alta de Acrad. Nunca pensó recibirla... mucho menos de las manos de su madre.

La emoción se quebró en el acto siguiente. Una pregunta desbarataría aquel momento que antes había estado lleno de alegría y relación familiar perfecta.

— ¿Y vuestro hermano? —Preguntó la Señoriala, su mirada buscando por encima de sus cabezas a su heredero, al hijo que debía estar junto a ellas en ese justo momento—. ¿Dónde está Esmos?

Esmirla bajó la cabeza, la vergüenza y la impotencia pintándose en su rostro. Como le diría a su madre que no sabía nada de su hermano, que perdió todo contacto con él durante los momentos finales de la batalla. ¿Cómo decirle que el heredero estaba desaparecido?

—No ha vuelto, madre. Cruzó el río tras el enemigo o eso me dijeron algunos hombres, y... no ha regresado. No lo hemos visto desde entonces. ----esas palabras costaron, le dieron en lo profundo de su alma, aun no le cree pero era cierto su hermano no estaba allí y ella no podía levantar la cabeza para ver a su madre a la cara. Su hermana a su lado no sabe que decir o hacer esta estupefacta con la noticia como puede su hermano estar perdido debía ser mentira y pronto lo verían entrar por esa puerta triunfal junto a sus hombres.

El rostro de la señoriala palideció. No podía ocultarlo su rostro, reveló el pánico crudo de una madre desesperada.

— ¿Qué? ¿Mi heredero... desaparecido? ¡Explicadme! —su voz, por primera vez, mostró una grieta. ¿Cómo no impediste que tu hermano hiciera esa locura Esmirla? —dijo la Señoriala con cara de preocupación.

—Sabes que no se le puede contradecir, además estaba ocupada, no solo el luchaba en aquel campo de batalla madre. He enviado partidas en su busca pero ninguna puede cruzar la magia lo impide hay algo allí que no deja avanzar a los hombres.

Ante la incapacidad de sus hijas para responder, un nuevo estallido de atención distrajo a la multitud. Glona, la maga, descendía de los cielos montada en su fénix, que se posó con elegancia pese a su tamaño, iluminando la plaza con su calor dorado. La gente la rodeó, algunos hasta la tocaban con devoción, agradeciéndole entre lágrimas.

Esmirla se abrió paso hasta ella.

— ¿Y mi hermano? ¿Sabes algo de él? ¿Lo encontraste?

Glona negó, y en su rostro habitualmente sereno se veía la frustración y la preocupación.

—El domo cayó, pero no había rastro de Esmos. Rastreé energías al sur del campamento, huellas de magia oscura en retirada... pero de él, nada. Desde el aire, con la nieve cubriendo todo es imposible. Es como buscar una piedra blanca en un mar del mismo color. Necesito una avanzada en tierra. Sino será en vano cualquier búsqueda.

—La tendrás—dice Lucelia mirando a Esmirla para que marche junto a sus hombres con esa misión, la hija asiente con la cabeza y se separa del grupo hablando con sus soldados para que prepare una partida.

Esmirla ya estaba preparándose para salir, girando sobre sus talones para cumplir la orden, cuando Esmirna la detuvo con una mano en el brazo.

—Yo iré —dijo, con una determinación que sorprendió a todos—. Tú has combatido sin cesar. Yo dirigí desde la muralla. Mi cuerpo está más entero. Llevaré a los hombres. Cura tus heridas y descansa hiciste suficiente por hoy.




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