Capítulo 40: El precio de la victoria
La Reina desvió la mirada, ahora llena de sufrimiento. De pensamientos negativos. Se alegraba de tener a sus hijas con ella, pero perder a Esmos la llenaba de tristeza y de un pesar tan grande que era insoportable en el alma. Pero nadie podía saber que el heredero había desaparecido; eso jamás sería la locura total. Tendría que esperar. Pero su mente le recordaba una y otra vez que selló su destino desde el momento en que le dio la espada.
Esmirla, al ver marchar a su hermana, se volvió hacia su madre, la inquietud convertida ahora en un frío conocimiento.
—Madre... ¿dónde están los reyes? ¿Y mi padre?
—Reunidos. Debatiendo... temas de reconstrucción, tributos, las pérdidas.
—¿Cómo puede estar en eso ahora? —estalló Esmirla, sin poder contenerse—. ¡Apenas hemos ganado, Esmos está...!
—¡Tu hermano es precisamente por lo que deben reunirse! —cortó la Reina, su voz un susurro afilado—. Si el heredero está... ausente, la estabilidad del reino pende de un hilo. Su mente está en otra parte, hija. Y esa parte es un tablero donde las piezas se mueven muy rápido. El poder no es tan sencillo como lo imaginas. No es solo aplastar a tus rivales y ya, mi querida Esmirla.
Su advertencia se volvió profecía inmediata. Un nuevo tumulto estalló cerca de la entrada. Los soldados traídos por Glona, hombres de Oshtoriel, Vosgagdad y la propia Acrad, con rostros duros y armaduras de diseño extraño, comenzaban a entrar. Y la reacción del pueblo de Acrad fue instantánea y visceral.
—¡Forasteros! —gritó alguien.
—¡Salid de nuestra ciudad! —rugió otro.
La algarabía se tornó hostil. Los ciudadanos, aún con el miedo y la pérdida frescos, vieron en aquellos hombres no a aliados, sino a los rostros de sus enemigos históricos. Los soldados de Glona se agruparon, espalda contra espalda, manos en las empuñaduras de sus armas. La tensión creció como una cuerda a punto de romperse. Los soldados de Acrad, antes aliados suyos, ahora los amenazaban con sus armas.
Glona se interpuso, su figura emanando autoridad.
—¡Basta! —y al decir estas palabras, golpeó su báculo de forma suave contra el suelo, levantando una pequeña ráfaga de viento que detuvo a los soldados—. Estos hombres lucharon a vuestro lado. Su sangre se mezcló con la vuestra en la llanura.
La Señoriala avanzó con paso firme, abriéndose paso entre la multitud. Esmirla a su lado y guardias a su alrededor.
—Explicad, maga. ¿Por qué traéis a estos... hombres a nuestro corazón? —preguntó la Señoriala con cara de no consentir a extranjeros en sus tierras—. ¿Conoces nuestras costumbres? —terminó por decir.
La maga se dispuso a dar una explicación, llevando una intención de enojo en ella, pero fue entonces cuando el Comandante supremo, Hogan, el padre de Esmirla, Esmirna y Esmos, levantó su voz entre la multitud aún enardecida que les gritaba que se marcharan. Lucía envejecido de repente, con el peso del día grabado en cada arruga, pero su voz era firme.
—Su ayuda fue dada y aceptada en el campo —dijo, dirigiéndose tanto a la maga como a su pueblo—. Y Acrad paga sus deudas. Pero la ley es clara: ningún ejército foráneo puede acampar dentro de estos muros en tiempos de paz. Y hoy, hemos ganado la paz. —Miró al líder de los hombres que él consideraba mercenarios, un hombre alto con canas haciéndose notar entre su cabellera—. A vuestros hombres no se les tocará un cabello. Se os dará comida, abrigo y atención para vuestros heridos. Pero será fuera de los muros. En el campamento de invierno al este.
La maga no podía creer aquellas palabras, pero no podía hacer nada; sus manos estaban atadas y lo sabía.
El líder asintió, comprendiendo la política y el temor subyacente.
—Agradecemos la hospitalidad, Comandante. No pedimos más.
El Señorialis añadió, su voz conciliadora pero firme:
—Nada os faltará. Mi hija, la señis Esmirla —dijo, señalándola—, se encargará personalmente de que tengáis todo lo necesario para un descanso cómodo hasta vuestra partida.
Todas las miradas se volvieron hacia Esmirla. Era una orden disfrazada de honor, un modo de mantener a los extranjeros cerca pero controlados, y de vincularla a una responsabilidad delicada. Ella asintió, aceptando el cargo sin titubear.
—Se hará —dijo simplemente.
—Me marcharé con ellos —dijo Glona en tono pausado pero enérgico—. Yo los traje, yo responderé por ellos.
—La ley solo aplica para ejércitos foráneos, no para los magos. Deberíais quedaros —dice Esmirla—. Hay cosas que discutir con vos.
Glona se marchará; da la señal a sus guerreros, pero su líder se acerca hasta ella y le dice una frase al oído con la cual toma la decisión de quedarse. Sus hombres la saludan con respeto; ella hace lo mismo y se dan la vuelta, siendo escoltados por los soldados de la capital.
Una vez que los hombres foráneos hubieron partido, guiados por los guardias, el Señorial se volvió hacia su esposa, su mirada buscando lo que ya sabía que no encontraría.
—¿Y mis otros dos hijos? —preguntó, su voz un poco más áspera. La preocupación ya se hacía notar en su rostro. Ya todo acabó, ¿por qué su familia no estaba completa?
La Señoriala mintió con una suavidad aterradora, pero en ese momento necesaria.
—Esmirna atiende heridos en el pabellón sur. Esmos... está revisando las defensas de la muralla este con los ingenieros. Quiere un informe completo de los daños.
Esa última frase le golpeó la garganta y la cabeza. Sabe que su hijo no revisaría un lugar en el cual su hermana hubiera estado trabajando; existía un respeto que debía ser mantenido y eso lo sabía. Ese solo fallo le provocó bajar la cabeza, fingiendo recoger algo del suelo, esperando que el Señorialis, su esposo, terminara por creerlo o al menos diera tiempo a averiguar dónde estaba su hijo.
El Comandante le sostuvo la mirada un segundo demasiado largo. Lo sabía. O lo intuía. Algo pasó. Pero asintió, tragándose la verdad por el bien del momento. Subió a un montículo de escombros, desde donde su voz, potente y quebrada por la emoción, se alzó sobre la plaza.