Capítulo 41: El rastro de sangre
La nieve había comenzado a caer de nuevo cuando Esmirna y su grupo de doce hombres cruzaron el río por el mismo vado donde horas antes la batalla había rugido. Ahora solo había silencio, roto por el crujido de sus botas sobre la costra helada y el jadeo de los caballos, cuyos ollares expulsaban nubes de vapor fantasmales. El paisaje era un tapiz de horrores: manchas oscuras de sangre congelada, restos de armaduras destrozadas, y aquí y allá, la forma quieta y rígida de un hombre o lo que quedaba de él, sepultado bajo un manto blanco cada vez más espeso.
Su primer objetivo fue la torre de vigilancia enemiga que había sido destruida por el fuego provocado por Esmos y sus hombres. Lo que encontraron fue un montón de piedras negras y vigas retorcidas. Esmirna desmontó y examinó los escombros con manos que no temblaban, aunque por dentro cada nervio gritaba. Revolvió restos, apartó tablones carbonizados. Solo encontró dos soldados enemigos medio enterrados, muertos por el derrumbe. Observó sus armaduras unos instantes; reconoció ese acero. Eran de Acrad. El rey Aníbal tenía mucho que explicar. Uno de los soldados tosió; aún respiraba con un sonido burbujeante y terrible. Uno de los hombres de Esmirna, un veterano con ojos duros como pedernal, se acercó y, con un movimiento rápido y limpio, puso fin a su sufrimiento. El chasquido del cuello quebrado sonó obscenamente alto en el silencio.
-Nada, mi señora -dijo el hombre, limpiando su daga en la nieve-. No está aquí.
Esmirna asintió, apretando los labios. El miedo, un gusano frío, comenzaba a retorcerse en su estómago. Solo está herido, se repitió. Retirado. Escondido. No...
-Avanzamos -ordenó, y su voz sonó más firme de lo que sentía-. Hacia adelante. Sigamos el camino marcado por las huellas; no pueden estar lejos.
El recorrido los llevó hacia el este, siguiendo el rastro del campamento enemigo. Pronto se toparon con una formación geológica extraña: un espolón rocoso que surgía de la llanura como el lomo petrificado de un dragón gigante. La Montaña Quebrada, la llamaban los mapas. Había que bordearla con cuidado, exponiéndose en terreno abierto. Esmirna ordenó silencio absoluto y avanzar en fila india, pegados a la sombra de las rocas. Cada ruido, cada crujido de nieve, les hacía detenerse, corazones golpeando las costillas. Pero no hubo emboscada. No se oyó nada excepto el viento susurrando entre las grietas de la piedra.
Fue cerca de la base de la montaña donde Yuna dio un suave silbido. Había encontrado algo medio enterrado en la nieve: un guantelete de acero. No era de diseño enemigo. Era del estilo de Acrad, con el remache en forma de cabeza de león característico de la guardia personal del señis. Esmirna lo cogió con manos temblorosas. Estaba frío, vacío, y en el dorso tenía un arañazo profundo y una mancha oscura y pegajosa.
-Es de él -murmuró, y el miedo en su estómago dio un vuelco.
Desde una cresta más alta, divisaron por fin lo que quedaba del campamento de Gornar. No era el bullicioso hervidero que esperaban. Bueno, ¿qué se podía esperar después de haber perdido la batalla?, se dijo Esmirna. Era un cementerio de tiendas derrumbadas, hogueras apagadas y restos abandonados. El silencio era sepulcral. No se veía movimiento. Y en medio, su tienda, la misma con forma de serpiente que horas antes había visto a los líderes enemigos reunirse para discutir temas de guerra.
-Está vacío -susurró Yuna-. Hace tiempo que se marcharon.
Un alivio amargo les recorrió. Al menos no habría lucha. Pero también significaba que cualquier rastro estaría más frío que la nieve que lo cubría.
Al llegar al perímetro desierto del campamento, Esmirna dividió a sus hombres.
-Vosotros cuatro, cubrid la zona sur. Revisad cada tienda, cada rincón. El resto, conmigo. Recordad: mi hermano es la prioridad. Si lo encontráis y os superan en número, no establezcáis combate.
Ella se dirigió directamente hacia el centro, donde una tienda más grande, negra y adornada con huesos tallados, marcaba lo que debió ser el puesto de mando de Gornar. Dentro, el aire olía a incienso rancio, hierbas amargas y sangre. Había pergaminos esparcidos, un mapa desgarrado, y tres cuerpos. No eran enemigos. Eran hombres de Acrad. Reconoció sus rostros: jóvenes de la guardia fronteriza. Habían muerto de manera limpia, rápida, cortes en la garganta. Defendiendo algo. O a alguien.
Su hermano no estaba. Pero encontró algo en el suelo al lado de una mesa: un papel doblado manchado de sangre. Lo abrió; la letra era poco legible, pero su contenido la sorprendió. Había traidores dentro de la ciudad capital. Era el papel que antes se le había dado a Gornar para informarle de las tropas de Acrad. Su mente lo procesó, pero debía volver a la realidad. Encontrar a su hermano, al heredero de Acrad.
Una presión familiar, suave pero insistente, tocó los límites de su mente. Era Glona. La maga intentaba contactarla, ofrecer su ayuda psíquica. Esmirna sintió el impulso de las imágenes: la sugerencia de buscar no con los ojos, sino con el sentido mágico residual, de que el lugar estaba imbuido de ilusiones y camuflajes. Pero el dolor, la prisa y un orgullo terco se alzaron como un muro.
¡Déjame! -pensó con fuerza, empujando la presencia mental con brusquedad-. ¡Esto es algo que debo hacer yo!
Al otro lado del río, en la muralla, Glona entrecerró los ojos y retiró su conciencia con un suspiro. Había sentido la furia herida de la joven. Respetaría su dolor, por ahora. Sabía que el domo había caído, que ya podía cruzar y usar sus dones sin restricción, pero la intervención ahora podría ser un error. La búsqueda debía ser de ellos. Solo intervendría si la oscuridad que sentía latente en ese lugar se manifestaba.
Esmirna guardó el papel en su cinturón y salió de la tienda. El aire frío le golpeó el rostro, devolviéndola a la realidad. Aún tenía que encontrar a su hermano. Aún quedaba esperanza. Pero entonces, un grito rompió el silencio.