Protectores de la luz: La manzana dorada

Capítulo 42: El silbato que partió un reino

Capítulo 42: El silbato que partió un reino

En la plaza, donde aún se intentaba ordenar el caos de la victoria, el rey Aníbal se encontraba hablando con un grupo de herreros sobre la reparación urgente de la puerta. Cuando el sonido del silbato llegó, débil pero nítido en el aire quieto, se quedó petrificado. Conocía ese código. Todos los veteranos lo conocían. Su rostro, ya cansado y severo, se descompuso por completo, perdiendo todo color. No dijo una palabra. Solo apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en sus palmas hasta hacerlas sangrar.

La Señoriala, que observaba la situación apartada del grupo de personas que aún buscaban a los suyos, ya fuera vivos o muertos, sintió el sonido como una puñalada en el corazón. Su mano voló instintivamente a su pecho. Sus ojos, siempre calculadores, se nublaron de un pánico instantáneo y primario.

Glona, que meditaba cerca de lo que quedaba del fuego azul residual, abrió los ojos. No había duda. No era el tono de un hallazgo feliz. Era una elegía. Y sintió, con claridad aterradora, que la oscuridad que había percibido alrededor del cuerpo de Esmos ahora tenía un origen y una forma definitiva.

Al otro lado del río, el silbato hizo que Esmirna, que había estado buscando en otra dirección, se quedara en seco. El corazón le dio un vuelco tan violento que creyó desmayarse. Luego, el instinto, más fuerte que el terror, la puso en movimiento. Corrió como una loca hacia el origen del sonido, dejando atrás a sus hombres, esquivando restos, su mente en blanco excepto por una oración repetitiva: No, no, no, no...

En su carrera, pasó como un relámpago junto al lugar donde habían dejado a Bart. Quien ahora estaba consciente, semi-sentado y apoyado en el hombro del guardia, con la mirada perdida y vacía. Sus ojos se encontraron con los de Esmirna por una fracción de segundo. En ellos no había triunfo, ni siquiera miedo. Solo un vacío absoluto. Ella no se detuvo.

Llegó al claro jadeando, el aliento formando nubes frenéticas delante de ella. Vio a sus hombres reunidos, inmóviles, formando un semicírculo alrededor de las dos torres. Siguió la dirección de sus miradas congeladas.

Y lo vio.

El mundo se detuvo. El sonido desapareció. El frío dejó de existir. Todo en un solo instante.

Su hermano. Su protector. El futuro Señorial. Colgando como un animal desollado, girado lentamente por el viento cruel. La visión fue tan monstruosa, tan fuera de los límites de cualquier pesadilla, que su mente simplemente se quebró.

Un grito salió de su garganta. No era un grito de mujer, ni de princesa. Era un sonido primal, desgarrado, el sonido que hace el alma cuando es arrancada del cuerpo y arrojada al sufrimiento eterno. Un sonido que ninguno de los hombres presentes olvidaría jamás. Cayó de rodillas en la nieve, como si le hubieran cortado los tendones. Las lágrimas, calientes y saladas, brotaron de sus ojos y quemaron caminos en el frío de sus mejillas antes de congelarse.

—Bajadlo... —logró articular entre sollozos que la sacudían entera—. ¡BAJADLO YA!

Dos hombres, con rostros pétreos y ojos brillantes de una furia impotente, treparon a las torres y comenzaron a trabajar en las cadenas. Las argollas no estaban soldadas, sino cerradas con un mecanismo extraño que cedió con un chasquido siniestro. El cuerpo de Esmos cayó.

Esmirna se arrastró por la nieve y se colocó debajo, junto a Yuna, que hizo lo mismo. Gotas de sangre cayeron en su cara. Recibieron el peso inerte, frío y rígido, en sus brazos, amortiguando la caída final. Fue como recibir una montaña de hielo.

Ella lo atrajo hacia su pecho, rodeándolo con sus brazos, apretando ese cuerpo que ya no la abrazaría nunca más contra su rostro. Su piel estaba como mármol. Y entonces vio las marcas.

No eran heridas de batalla. Eran algo más.

En el centro de su frente, un símbolo había sido grabado a cuchillo o con un arma lo suficientemente filosa para atravesar la carne: un ojo estilizado dentro de un triángulo invertido, las líneas en carne viva e hinchadas. En sus manos, en sus antebrazos, el mismo símbolo, repetido una y otra vez, como un sello de propiedad, una maldición ritual.

—¿Por qué? —susurró, su voz quebrada—. ¿Por qué hicieron esto?

La rabia entonces, pura, blanca, incandescente, reemplazó al dolor por un instante. Dejó a su hermano en los brazos de Yuna con cuidado de devoto y se levantó. Su mirada, velada por las lágrimas pero ardiente, buscó y encontró a Bart, que ahora era traído a rastras por el guardia.

Sin decir una palabra, Esmirna desenvainó la daga de su cinturón. En dos zancadas estaba frente a él. Le agarró del pelo, tirando de su cabeza hacia atrás, y le colocó el filo de la daga contra la garganta, justo donde la piel palpitaba débilmente.

—Habla —su voz era el crujir del hielo del lago más profundo—. ¿Por qué él está muerto y tú respiras? ¿Dónde está Gornar? ¿QUÉ LE HICIERON?

Bart tosió, un hilo de sangre salió de la herida superficial que el filo le abrió.

—Luchábamos... él y yo... contra ellos... —su voz era un susurro ronco—. Me dio... me dio esto —señaló con la barbilla su propio rostro destrozado—. Me golpearon... me dejaron por muerto... No sé... no sé nada más.

Su mirada no reflejaba miedo, y sus palabras tampoco.

Esmirna lo estudió. Vio el vacío en sus ojos, la sombra de una verdad que ni él mismo quizás comprendía. La mentira era evidente, pero la desesperación también. Retiró la daga de su cuello de un movimiento brusco. No valía la pena. No ahora.

Alzó la mirada al cielo plomizo, tragando las lágrimas que seguían fluyendo, apretando la empuñadura de la daga hasta que le dolió la mano.

—Lo juro por la sangre de mi hermano —declaró, y su voz, aunque baja, resonó con una vibración de acero templado que hizo que todos los presentes se estremecieran—. Me vengaré. Cada uno de los enemigos. Cada criatura de sombra. Gornar. Lo cazaré. Lo despedazaré. Y esta tierra beberá su sangre hasta que el nombre de Esmos sea restituido. Lo juro.




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