Protegida Por El Alfa

CAPÍTULO 23

|El siguiente capítulo contiene escenas explícitas de violencia. Bajo ninguna circunstancia fue escrita con fines morbosos.|

MIA

Miro al hombre que tengo delante de mí sin poder creer que esté ahí. ¿No tuvo suficiente con todos estos años de tortura? Hizo que toda mi vida me sintiera miserable por haber nacido, me hizo sentir escoria y me humilló de la peor forma en tantas ocasiones que me hace falta manos para contarlas. Logré escapar, de rehacer mi vida, tener nuevos amigos, un trabajo, dándome la oportunidad de conocer a alguien… y vuelve a arruinarlo todo.

Resulta tan increíble que, en vez de llorar, quiero reírme por mi desdicha.

Fui una estúpida al creer que mis problemas se terminaban al irme de Portland. Es claro que no sería así mientras Ashton Walker y yo vivimos en el mismo mundo.

—He de admitir que estoy impresionado. —comenta, dando un paso al frente. Había olvidado lo alto que era. Su altura siempre me intimidó. Debería retroceder y volver a la cafetería a pedir ayuda. Pero conozco a Ashton y eso no lo detendrá para llevarme con él. No quiero poner a los demás en riesgo. —Me costó bastante ubicarte en este tiempo.

Me quedo callada unos segundos hasta que decido obedecer a la vocecita en mi cabeza que me grita que sea valiente y le eche cara. Me enderezo en mi lugar, manteniéndome firme. Estoy cansada de mostrar miedo.

—No lo entiendo. —digo negando la cabeza. —Toda mi vida me has dicho lo feliz que te haría que desapareciera de tu vida. Y cuando por fin lo hago, ¿vienes a buscarme?

—¿Crees que dejaré que te vayas de la manera que tú eliges? — pregunta sonriendo con arrogancia. —Estás equivocada. Tú desaparecerás de mi vida de la forma que yo decida, Mia.

—¿Según quién? ¿Tú? —pregunto, desafiante dando un paso adelante. La sorpresa en sus ojos no tiene precio. Está tan sorprendido como yo. Jamás lo había desafiado. Y se siente maravilloso hacerlo. —No te pertenezco, Ashton. Por años he permitido que me trates como quieras y decidas por mí, pero no más. Se acabó Ashton. Me pertenezco a mí misma y no permitiré que decidas por mí, mucho menos arruinar mi vida.

La furia reemplaza la sorpresa en sus ojos. No voy a negar que me da miedo su siguiente paso, pero no lo demostraré. Ya no más.

Por primera vez estoy demostrando fuerza y no dejaré de hacerlo.

—Insolente. — masculla antes de elevar su mano hacia mí, pero soy más rápida y lo esquivo dando un paso al costado y retrocediendo unos pasos. Me apunta con un dedo, está prácticamente temblando de ira. —Pagarás el haber huido y haberme hablado de la forma que has hecho.

—¿Y lo harás aquí? — sonrío mirando alrededor. Estábamos en plena calle y justo en hora punta donde la mayoría de personas salían de sus trabajos y se dirigían ya sea a sus casas o a un restaurante a comer algo. —Adelante, Ashton. Hazlo. No estás en Portland donde tu estúpido jefe de comisaría te salvará de ir a la cárcel.

Eso detona todo.

Hay dos reacciones que el miedo provoca: La primera, es la vulnerabilidad en donde te deja indefenso y expuesto ante el peligro a quien le haces frente; la mayoría quedamos petrificados ante esta reacción provocando nuestra ruina. Y luego está la segunda, que es la supervivencia. Aquella reacción que permite que saques fuerzas de donde no creías posible y te hace luchar para salvarte y convertirte en tu propio héroe.

En este momento, soy invadida por la segunda reacción.

Tan pronto Ashton estira su mano hacia mí, comienzo a correr. Correr lo más lejos posible de él, ignorando sus gritos feroces que me exigen que vuelva. Era iluso de su parte si creía que lo obedecería. Esos días han pasado a la historia.

Son cuarenta minutos de caminata hasta el departamento. Corriendo debe ser menos, sé que puedo lograrlo.

Ignoro las miradas curiosas de las personas, el dolor en las costillas por la fuerza que hago al correr o ese hormigueo que se instala en mis piernas. La curiosidad de las personas es efímera cuando me ven corriendo, ninguno me presta atención. No me sorprende.

Mis piernas me suplican que me detenga, pero lo ignoro y continúo corriendo mientras respiro por la boca. Estoy en mala condición física y sé que en cualquier momento tendré que detenerme. Solo espero que tenga que hacerlo cuando ya esté cerca de casa y pueda refugiarme al lado de las chicas.

El impulso de voltear atrás y ver si me está siguiendo es tentador. Sin embargo, me niego a ceder cuando sé de todas maneras que lo está haciendo. Rendirse no forma parte de su vocabulario. Y del mío tampoco.

Siento alivio al ver que ya estoy cerca. Es una calle a la derecha y estaré a salvo. Las chicas me ayudarán e incluso podría llamar a Ethan, aunque eso significaría revelar ese pasado que tanto quise ocultarle.

Tan pronto doblo la cuadra de mi edificio, una camioneta me cierra el paso incluso subiéndose a una parte de la vereda. Mis ojos se abren al verlo a través del vidrio. ¿Está loco? Pudo haber atropellado a alguien inocente.

Dado a la sorpresa, no logro a frenar a tiempo y choco con el capote. Me duele el abdomen, pero obligo a mis manos a apoyarse e impulsarme a atrás. En esos segundos, como si fuera cámara lenta veo su mandíbula tensa, muestra los dientes como si fuera un animal rabioso, sus labios forman una línea dura y sus manos rodean el volante con tanta fuerza que creo que lo romperá en cualquier momento.

—¡Súbete al puto auto, Mia! ¡No volveré a repetírtelo! — grita con violencia haciéndome brincar del susto ligeramente.

Está totalmente fuera de control. Me hace recordar a cuando me envió por primera vez al hospital. Luce como una bestia.

Niego lentamente mirando alrededor. Maldigo al ver que esta calle es estrecha y su auto es demasiado grande que acapara casi todo su diámetro, me tapa cualquier salida. Regresar por donde vine es una opción, pero tarde o temprano llegaría. Solo me queda una opción…




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