Protegiendo El CorazÓn (lady SinvergÜenza) | A.R2

XLI

FREYA

(Londres – Inglaterra)

Viola House.

Una semana después…

Pese al tiempo que tubo para reflexionar, y tratar de comprender los acontecimientos de aquella noche, seguía sin entender del todo y aceptar las decisiones que se habían tomado sin su consentimiento.

Sus estados de ánimo variaban con el transitar de las horas, o quizás de los minutos.

Pasaba de la risa al llanto.

En otras ocasiones un alma en pena se asemejaba a su verdadero sentir.

Caminaba sin un rumbo fijo por la propiedad de Londres de los Duques de Rothesay, en la mayor de las ocasiones con Luisa o Ángeles como compañía, sin siquiera llegar a oír lo que realmente tenían para decirle.

Ni siquiera los pequeños le alegraban el día, pese a que se esforzaba por sonreír con solo tenerlos frente a sí.

Nadie la presionaba, pues comprendían que una mujer tan libre se sentía como una prisionera en aquella bonita jaula de oro.

No podía siquiera salir a dar un paseo al Hyde Park sin autorización de Duncan.

Todo sería más llevadero, si solo Adler diera señales de retractarse, y le dejase tomar sus propias decisiones.

A esas alturas, quería dejar de extrañarle, pero era imposible cuando lo tenía tan metido en la piel.

Tampoco le había escrito una mísera nota para tranquilizarle.

En cualquier momento cometería una locura, si la situación seguía de aquella manera.

Porque pese a su amor por él, le esteba odiando.

Había incumplido su promesa de no cortar sus alas.

Reconocía que era por una buena razón, pero no con la mejor decisión.

Para ese momento Freya andaba deambulando con una bata de dormir por el piso inferior, en busca de algo para comer.

Era entrada la noche.

Odiaba la tranquilidad, aunque después de esa semana se le había hecho habitual disfrutar de aquellos momentos de paz.

Con demasiada atención, en cualquier momento se arrancaría los cabellos de la desesperación.

No era una niña pequeña que no se sabía cuidar.

Llegó a su lugar predilecto de la casa.

Sonrió al ver de lo lejos aquel pastel de chocolate, que tanto le encantaba.

Dejando la vela que le alumbraba en la mesa que departían los trabajadores, para encaminarse a su objetivo.

Esa preciosura que clamaba a gritos ser devorada por ella.

—¿Qué haces, pequeña duendecilla? —escuchar una voz gruesa de acento marcado, hizo que un grito se ahogase en su garganta.

Quiso chillar, pero su voz murió, ya que el corazón se le había subido a la garganta.

Se sobresaltó con fiereza, llevándose la mano al pecho, a la vez que percibía su cuerpo tiritar.

Se estaba ahogando.

Le faltaba el aire, y hasta su piel se tornó morada al toser de forma irrefrenable.

Este fue tu fin Freya Somerset.

Buena amiga, amante, esposa y quizás una desastrosa madre, si el destino no quisiese que tu deceso fuese tan precipitado.

Tan joven y bella.

Ni siquiera pude dar a luz a mi primer retoño.

Y engendrarlo que era lo que más me gustaba, no tuve la oportunidad de volverlo a disfrutar.

Mira que morir de un susto.

Pensaba mientras trataba de darse aire con la mano, y boqueaba.

Lo dicho, aquello era tan vergonzoso.

—¡Freya! — volvió a escuchar esa voz —¡Respira, mujer!

Esta vez la voz se escuchó lejana para después ser tomada del rostro con el ánimo de su asesino de enseñarle como se volvía a vivir.

No lo reconoció al instante, pero la exigencia de que respirase fue más que suficiente para seguir sus indicaciones.

Obteniendo resultados positivos con el pasar de los segundos.

Cuando por fin se recompuso, logró ver todo con claridad.

—¡Asesino! —bramó con un nuevo aire, pese a que su garganta se hallaba afectada —. Si quieres acabar conmigo, es más simple darme unas cuantas gotas de cicuta, y santo remedio —con sus pequeñas manos en puños, le propinaba golpes en el pecho —. Eres cruel, imagínate como quedaría mi rostro de desfigurado por aquel ahogamiento —los reproches cesaron cuando en vez de recibir una respuesta verbal, el susodicho la atrajo a su cuerpo suspirando con alivio.

Besando su coronilla en el proceso, dejándola con las maldiciones en la boca.

—Pensé que te perdía —eso eliminó todas sus ganas de pelea, sacando una de las sonrisas fraternales, que solo guardaba para unos seres en específico.

Siendo perteneciente de ese selectivo grupo.

—La suerte no está de tu lado, grandulón —se separó de su cuerpo, mirándolo retadoramente —. Austin MacGregor, soy una enemiga dura de aniquilar —le mostró uno de sus puños haciéndole reír divertido, mientras alborotaba de por si su desastroso cabello, consiguiendo que lo empujase fastidiada.

Ya no se le podía dar confianza a la prole.

—Estos días te he notado más dramática de lo normal —que desgraciado —¿Estas segura que tu salud no se ha visto afectada por los últimos acontecimientos? —se tensionó de inmediato.

Al parecer era su manera de decirle que le preocupaba su actitud.

—Ya escuchaste al doctor —respondió atropelladamente, repentinamente nerviosa.

Rehuyéndole la mirada.

Al día siguiente de haber llegado, sufrió un pequeño desmayo.

Nada que tuviese algún efecto, o eso quiso hacerles creer.

Su enemigo no decidió ahondar, pese a que no se veía convencido y lo agradeció.

Ese era el Austin de su infancia.

Que esperaba a que ella decidiese dar el paso, para poder abrirse con naturalidad.

Fue el primero que supo lo que realmente ocurrió cuando regresó de aquel rapto nefasto.




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