Protocolo cero

Prólogo

El cuerpo aún estaba caliente cuando lo soltó.
La sangre seguía deslizándose lentamente por el borde del escritorio, formando una línea oscura que caía al suelo con un goteo regular.

Gael dio un paso atrás, limpiándose la hoja del cuchillo en la manga del abrigo. El silencio volvió a instalarse en la habitación, pesado, cargado de pólvora y muerte.
—Confirmado —murmuró, activando el comunicador— Objetivo neutralizado.

No obtuvo respuesta.
Alzó la vista.
No estaba solo.

El otro hombre se encontraba al otro lado del despacho, apoyado contra la pared, con el arma todavía levantada, no parecía sorprendido más bien parecía… molesto.
Lo observaba sin disimulo, recorriéndolo de arriba abajo con una rapidez clínica, como si estuviera evaluando cuánto tardaría en abatirlo si decidía hacerlo.
Sus miradas se cruzaron en una fracción de segundo y eso fue suficiente, profesional, preciso demasiado seguro de sí mismo de esos que creen que siempre son el mejor en la habitación.
—Compañía equivocada —dijo el desconocido, con una media sonrisa tensa que no alcanzó sus ojos.
La voz le resultó irritante al instante demasiado tranquila para alguien que acababa de irrumpir en su misión.
—Misión duplicada —respondió él, sin bajar la guardia.
El otro arqueó apenas una ceja, como si la respuesta confirmara algo que ya pensaba.
—Qué desastre —murmuró, pero no sonó preocupado. Sonó crítico.
Su mirada bajó un segundo al cuchillo aún manchado en su mano, luego al cadáver, luego volvió a él como si lo estuviera valuando o juzgando.
Eso le molestó más de lo que debería.
Eso no debía pasar.
Gael dio un paso lateral, calculando distancias, rutas de escape, ángulos de tiro.
El otro hizo exactamente lo mismo, al mismo tiempo con la misma precisión, sus movimientos se espejearon de forma casi insultante.
Gael notó el detalle y le irritó más de lo que esperaba.
No era torpe.
No era improvisado.
No era el tipo de obstáculo que se resuelve en segundos.
Era bueno demasiado bueno a decir verdad.
El desconocido ladeó apenas la cabeza, como si también hubiera notado la sincronía incómoda entre ambos, como si le divirtiera.

Gael lo había visto antes en los informes, uno de los mejores de la compañía rival, letal incluso sin levantar un arma. Nunca habían intercambiado palabra, nunca lo había visto en persona… pero ahora, allí frente a él, supo exactamente quién era.

Nadir

Ninguno bajó el arma.
Ninguno cedió espacio.
No había aliados en esa habitación solo dos asesinos que estaban acostumbrados a ser el más peligroso del lugar… y que acababan de descubrir que no eran el único.
Entonces ocurrió.
Un sonido.
Débil y ahogado que no provenía de ninguno de los dos.
Ambos se quedaron inmóviles, pero no por la misma razón.
Gael tensó el cuerpo, buscando una tercera presencia, un error en su lectura del entorno.
Nadir frunció el ceño, confundido.
—¿Escuchaste eso? —preguntó, bajando apenas el arma.

El sonido se repitió: un roce suave, casi un sollozo ahogado, proveniente de la puerta lateral entreabierta.
Gael se quedó inmóvil. Su mente ya catalogaba posibilidades: un guardia oculto, un dispositivo de grabación, una trampa sónica para distraerlos. Nada en los informes mencionaba compañía. Nada.
Nadir, en cambio, ya había girado el cuerpo hacia la puerta, el arma alzada en ángulo perfecto. Impulsivo. Siempre impulsivo, pensó Gael con fastidio.
—No te muevas —susurró Gael, la voz apenas un hilo.
Nadir le lanzó una mirada de reojo, irritada. —¿Órdenes otra vez? Podría ser una trampa tuya.
—Y podría ser una tuya —replicó Gael sin bajar el cuchillo—. Cubre el flanco izquierdo.
Por una vez, Nadir obedeció, aunque fuera a regañadientes. Avanzaron en paralelo, pasos silenciosos, cubriéndose mutuamente sin necesidad de palabras. La sincronía volvió a irritar a Gael como una picazón imposible de rascar.
Revisaron los rincones oscuros primero: detrás del sofá, los archivadores, el techo. Nada. Solo entonces se acercaron a la puerta.
El quejido vino de nuevo, más claro. Más… pequeño.
Gael encendió la linterna con el cañón del arma, iluminando el interior.
Una caja reforzada. Mantas. Y dentro…
No.
Un bebé.
Muy pequeño demasiado pequeño para no haber sido registrado.
El niño se movió, inquieto, soltando otro quejido antes de volver a quedarse en silencio.
—No jodas… —susurró Nadir.
Gael no respondió.
Su mente ya estaba trabajando a una velocidad brutal. No mirando al niño, sino armando el mapa de consecuencias.
No había registro.
No había orden.
No había protocolo.

—No estaba en el informe —dijo, más para sí mismo que para Nadir.
—Tampoco en el mío.
Se miraron de nuevo, esta vez con algo más que cautela más bien con sospecha.
Eso era peor que cualquier arma.
—Tenemos que informar —dijo Nadir finalmente, aunque su voz no sonó convencida.

Gael no respondió de inmediato. Miraba al niño,tan pequeño, tan absurdamente frágil y algo se retorció en su pecho, rápido y doloroso. Una imagen intrusa: una cuna vacía, años atrás, en una misión que había salido mal. Una orden que había cumplido. Un silencio que aún lo perseguía algunos noches.
Gael negó despacio, sin apartar la vista de la cuna.
—No.
—¿No?
—Si informas, lo eliminan es un testigo, una complicación, un error.
Nadir apretó la mandíbula.
—No es nuestro problema.
Gael alzó la vista por primera vez y lo miró directo.
—Ya lo es.
—No me metas en tu lío moral —espetó Nadir en voz baja— Hacemos el reporte y nos vamos.
—Hazlo —respondió Gael, frío— Y carga tú con lo que pase después.
Se hizo un silencio incómodo.
El bebé respirando.
El cadáver al otro lado de la pared.
Dos asesinos profesionales enfrentados a algo para lo que ninguno había sido entrenado.
—¿Qué propones? —preguntó Nadir al fin.
No sonó como una petición, sonó como un desafío.
Gael volvió a mirar al niño, evitó mirarlo a él.
—Buscar una salida que no nos mate… ni a él.
Sintió la mirada de Nadir encima, pesada, analítica.
—¿Y confiar en ti?
Gael soltó una exhalación seca, casi una risa sin humor.
—No.
Por fin lo miró de frente.
—Pero confiar en que ninguno de los dos quiere cargar con esto solo.
Nadir sostuvo la mirada unos segundos más de lo necesario como si estuviera evaluando si eso era cierto… o si Gael solo sabía decir exactamente lo que convenía.
El bebé se movió otra vez, un sonido suave casi vulnerable.
Nadir bajó el arma solo un poco.
—Esto no estaba en el contrato —murmuró.
—No —coincidió Gael— Pero si salimos de aquí como si nada… tampoco habrá contrato que nos salve.
Nadir soltó una risa breve, sin humor.
—Genial, ni siquiera nos conocemos y ya estamos metidos en el mismo desastre.
—Créeme —respondió Gael—, yo tampoco tenía planes de trabajar contigo.
Sus miradas se sostuvieron un segundo más. No había confianza, no había simpatía solo una comprensión incómoda de la situación.
Dos enemigos.
Un cadáver.
Y una vida que no debía existir.
El problema no era el bebé.
El problema era lo que estaban a punto de hacer por él.



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En el texto hay: #rivalidad, #asesinos, #enemistolovers

Editado: 27.01.2026

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