El bebé empezó a llorar justo cuando Gael notó el cambio. No fue un sonido fuerte fue la ausencia de uno, afuera, la calle había quedado demasiado silenciosa.
Nadir también lo sintió. Su postura se tensó apenas, lo suficiente para que Gael supiera que no era el único alerta.
—Llevamos mucho tiempo aquí —murmuró Nadir.
Y entonces lo escucharon: una puerta cerrándose en el piso inferior.
Gael apagó la linterna al instante.
La habitación quedó sumida en una oscuridad espesa. El llanto del bebé se transformó en un quejido bajo cuando lo acercó más a su pecho, cubriéndolo con el abrigo para amortiguar el sonido.
Nadir ya no miraba al niño, escaneaba la habitación: las mantas, la caja, el suelo cada rastro que no pertenecía al informe.
—Todo esto no puede existir —susurró.
Gael asintió una sola vez. No hacía falta explicar nada.
Nadir recogió las mantas con movimientos rápidos y precisos, como si desmontara una escena que nunca debió existir Gael, con una mano libre, pasó la mirada por los bordes, buscando fibras, marcas, cualquier evidencia.
Afuera, pasos apagados subían las escaleras. No eran apresurados más bien eran seguros.
Gael sintió cómo el tiempo dejaba de pertenecerles.
Nadir empujó la caja bajo la cama y se incorporó al mismo tiempo que Gael ajustaba el arma en su mano. Sus miradas se cruzaron en la penumbra.
Ya no era una discusión moral. Era logística.
—Salida trasera —murmuró Nadir.
—Demasiado visible —respondió Gael—. Pasillo de servicio.
Un golpe seco resonó en la puerta principal del despacho.
No estaban preguntando, estaban entrando.
El segundo golpe fue más fuerte como a madera cediendo junto a voces apagadas al otro lado.
Gael no necesitó mirar a Nadir para saber que habían llegado a la misma conclusión: ya no era una extracción limpia, era una huida compartida.
Nadir se movió primero hacia la puerta del pasillo de servicio, pero se detuvo un segundo, apenas perceptible, esperando.
No por cortesía.
Por coordinación.
Gael lo notó. Y, pese a todo, encajó su movimiento con el de Nadir como si hubieran entrenado juntos durante años.
Avanzaron silenciosos sin estorbarse, sin hablar.
El bebé respiraba contra el pecho de Gael, oculto bajo el abrigo cada exhalación tibia era un recordatorio absurdo de lo que estaban arriesgando.
Al llegar a la esquina del pasillo, Nadir levantó dos dedos sin mirarlo.
Señal de alto.
Luego indicó con la mirada la cámara en el techo.
Gael ajustó el ángulo del arma y disparó una sola vez El lente estalló sin ruido excesivo.
Nadir lo miró de reojo.
—Presumido.
—Lento —respondió Gael.
No era el momento.
Y aun así, ahí estaba.
Esa fricción constante que no tenía nada que ver con la misión… y todo que ver con ellos.
Un grito lejano confirmó que habían encontrado el despacho, que el cadáver ya no estaba solo.
Nadir abrió la puerta del pasillo de servicio con cuidado milimétrico, antes de cruzar, miró a Gael por primera vez desde que habían salido del cuarto sus ojos bajaron un segundo hacia el bulto bajo el abrigo luego volvieron a los suyos.
No dijo nada.
Pero la pregunta flotaba: ¿En qué momento esto se volvió más importante que matarnos entre nosotros?
Gael sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—Muévete —murmuró.
Nadir obedeció.
Y esa obediencia le incomodó a ambos más de lo que admitirían.
El pasillo de servicio olía a detergente barato y humedad vieja, nada que ver con el lujo del despacho, nada que ver con el tipo de lugar donde alguien escondería algo valioso… o a alguien.
Nadir avanzaba primero, arma abajo pero lista, revisando esquinas con una eficiencia casi irritante. Gael lo seguía a la distancia justa, no detrás, no al lado, cubriéndole la espalda sin estorbar como si ese acuerdo silencioso fuera más sólido que cualquier contrato.
Una puerta metálica al fondo indicaba la salida hacia las escaleras internas.
Ruta del personal sn cámaras visibles, sin sensores en el marco.
Demasiado fácil.
Nadir se detuvo antes de tocarla.
Gael lo supo sin verlo: trampa.
Se acercó lo suficiente para que sus hombros casi se rozaran. El bebé se movió levemente bajo el abrigo y ambos bajaron la vista al mismo tiempo, un reflejo involuntario.
Ese gesto duró menos de un segundo pero ambos lo notaron y ambos fingieron que no.
Nadir señaló el marco inferior de la puerta, un cable casi invisible.
—Alarma silenciosa —murmuró.
Gael ajustó al bebé con un brazo y, con la otra mano, sacó la navaja del cinturón, se agachó con cuidado milimétrico sus dedos trabajaron rápido, precisos.
Nadir lo observó.
No vigilando el pasillo.
Vigilándolo a él.
La concentración en su rostro, ka calma en sus manos, ka forma en que protegía al niño incluso mientras desactivaba un sistema de seguridad.
Algo en esa imagen no encajaba con la idea que se había hecho de Gael y eso le molestó más que la misión.
El cable cedió sin ruido.
Gael levantó la vista.
—Listo.
Nadir tardó medio segundo en reaccionar, como si hubiera estado pensando en otra cosa.
—Bien.
Empujó la puerta con lentitud.
El aire frío de las escaleras los recibió junto con el eco lejano de pasos apresurados en los pisos superiores.
Ya los estaban buscando.
Gael cruzó primero esta vez.
Nadir no protestó.
La puerta se cerró tras ellos con un clic suave que sonó demasiado definitivo.
Mientras comenzaban a bajar las escaleras en silencio, ambos entendieron algo sin necesidad de decirlo:
Ya no estaban saliendo de una misión.
Estaban huyendo juntos.
Las escaleras eran estrechas, de concreto desnudo, con una luz blanca parpadeando cada pocos metros. Sus pasos apenas resonaban, medidos, contenidos.
Tres pisos abajo, un portazo retumbó en algún nivel superior.
Los habían localizado.
Nadir alzó dos dedos sin voltear, ritmo constante, nada de correr, el pánico hace errores.
Gael ajustó el agarre del bebé. El pequeño soltó una exhalación tibia que atravesó la tela y le rozó la piel. Ese calor era peligrosamente distractor.
Siguieron bajando.
En el siguiente descanso, Nadir se detuvo en seco y levantó el puño.
Gael se congeló un escalón arriba.
Voces.
Abajo.
Dos. Tal vez tres.
Personal de seguridad, no parecían entrenados, estaban nerviosos. Hablaban demasiado bajo para distinguir palabras, pero el tono lo decía todo: sabían que algo estaba mal.
Nadir giró apenas la cabeza hacia Gael con un gesto que interpretó como una pregunta silenciosa: ¿No letal?
Gael sostuvo la mirada un segundo y asintió.
Nadir bajó los últimos escalones con una suavidad irreal cuando apareció en el ángulo de visión de los guardias, ya era tarde.
Un golpe preciso en la garganta del primero. El segundo apenas giró cuando Gael descendió y le arrebató el arma con un movimiento seco, estrellándolo contra la pared.
El tercero intentó gritar.
Nadir le cubrió la boca y lo dejó inconsciente en el suelo.
Silencio otra vez.
Respiraciones controladas.
Ningún disparo.
Ningún cadáver nuevo.
Gael percibió el detalle.
Nadir también.
Se miraron un instante.
—No hace falta matarlos a todos —murmuró Nadir, casi desafiante.
—No cuando hay testigos que cargar —replicó Gael, con ironía.
Nadir recogió las radios y las apagó. Gael aseguró la puerta que daba al estacionamiento subterráneo.
—Salida —dijo Nadir.
Gael asintió.
Empujaron la puerta juntos.
El aire del estacionamiento estaba frío, cargado de gasolina y concreto húmedo, filas de autos en penumbra, cámaras en las columnas, dos guardias más en la caseta del fondo, distraídos con el monitor.
Nadir observó el lugar y luego a Gael.
—¿Sabes conducir sin llamar la atención?
Gael arqueó una ceja.
—¿Sabes dejar de hablar?
Nadir esbozó una sonrisa mínima, cortante.
—Me caes mal.
—El sentimiento es mutuo pero muévete antes de que te deje atrás.
Y aun así, cuando avanzaron entre los autos hacia la salida, lo hicieron pegados a las sombras, sincronizados, cubriéndose los puntos ciegos como si esa coordinación no acabara de nacer hacía menos de veinte minutos.
Como si no fueran enemigos.
Esa naturalidad resultaba más peligrosa que cualquier arma.
Avanzaron agachados, usando columnas como cobertura. Las cámaras giraban en ciclos lentos, predecibles. Nadir marcó el ritmo con la mano: tres segundos, pausa, tres segundos.
Gael se movía cuando él se movía.
Se detenía cuando él se detenía.
Sin pensarlo.
Eso era lo que más inquietaba.
Desde la caseta, uno de los guardias bostezó y se inclinó hacia el monitor mientras el otro revisaba su teléfono, todo parecía demasiado fácil… otra vez.
Nadir señaló un sedán gris, discreto. Gael negó con la cabeza y apuntó dos lugares más allá: una camioneta familiar con una calcomanía infantil en el vidrio trasero.
Nadir lo miró, confundido un segundo.
Luego entendió.
Menos probable que la detengan, más coherente con el bulto bajo el abrigo.
Asintió, con un brillo de aprobación que ocultó rápido.
Gael forzó la puerta con una herramienta mínima y abrió sin ruido. Nadir se deslizó al asiento del conductor y bajó el freno con cuidado. Empujaron el vehículo unos centímetros antes de encenderlo, dejando que el motor despertara sin delatar su posición.
Las luces del tablero se encendieron como un susurro verde.
—Cinturón —murmuró Nadir.
Gael lo miró con fastidio.
—¿En serio?
—El bebé —respondió Nadir, sin mirarlo.
Gael ajustó el cinturón sobre el abrigo, protegiendo la pequeña cabeza con la mano. El gesto fue automático, cuidadoso extrañamente protector.
Nadir lo vio en el reflejo del espejo.
Y apartó la vista demasiado rápido.
El motor encendió., la sensación de no haber vuelta atrás se instaló.
La camioneta rodó hacia la salida con la naturalidad de quien no tiene nada que ocultar. Al pasar frente a la caseta, uno de los guardias levantó la mirada un segundo y volvió a su pantalla.
La pluma se alzó y Salieron.
El aire nocturno entró por las rendijas como un golpe frío y limpio.
Ninguno habló hasta doblar la esquina y ver el edificio desaparecer en el retrovisor.
Entonces, por primera vez desde el despacho, el silencio cambió.
Ya no era táctico.
Era denso.
Incómodo.
Real.
Nadir condujo dos calles más antes de hablar.
—Necesitamos un plan.
Gael escaneaba los reflejos, atento a posibles seguidores.
—Primero hay que poner distancia, luego el plan.
—Eso no es un plan.
—Es sobrevivir.
Nadir soltó una exhalación por la nariz, casi una risa sin humor.
—Odio cuando tienes razón.
Gael giró apenas la cabeza hacia él.
—Vas a tener que acostumbrarte.
Nadir sostuvo su mirada un segundo de más antes de volver a la carretera.
Y en ese cruce breve, cargado de cansancio y adrenalina, ambos entendieron algo que ninguno estaba listo para admitir:
Lo más peligroso de esa noche no había sido la misión, gabía sido empezar a confiar.
Condujeron en silencio varios minutos, tomando giros innecesarios, cambiando de carril sin patrón, perdiéndose a propósito en calles secundarias.
Nadir revisaba los espejos con obsesión.
Gael lo observaba a él.
No por desconfianza.
Por lectura.
La ensión en la mandíbula, el ritmo de su respiración, la forma en que sus dedos apretaban el volante cada vez que un auto se acercaba demasiado.
Era bueno.
Demasiado bueno.
Y eso complicaba todo.
El bebé emitió un sonido leve, incómodo, y se movió bajo el abrigo.
Ambos bajaron la vista al mismo tiempo.
Nadir fue el primero en hablar.
—Va a llorar.
Gael ajustó la tela con torpeza medida, meciéndolo ligeramente.
—No sabe dónde está.
—Nosotros tampoco.
Gael le lanzó una mirada seca.
Nadir no sonrió, pero algo en su expresión se suavizó apenas.
—Hay una farmacia abierta a cuatro cuadras —dijo—. Esquina con luz blanca, cámaras viejas puedo entrar yo.
—No —respondió Gael de inmediato.
Nadir giró la cabeza.
—¿No?
—Si te reconocen, yo sigo conduciendo. Si me reconocen a mí, tú no sabes cómo calmarlo.
Nadir abrió la boca para replicar.
La cerró.
Miró de reojo el bulto bajo el abrigo.
—Bien —cedió—. Pero no tardes o entraré yo de todos modos.
Se detuvo frente a la farmacia con la naturalidad de cualquier cliente nocturno. Gael bajó sin apresurarse, se miraron un segundo de más, como si esa separación resultara más incómoda de lo esperado.
Gael caminó con paso firme, sin mirar atrás.
Nadir lo observó entrar bajo la luz blanca del local.
Y, por primera vez desde que se conocieron, no calculaba cómo abatirlo.
Calculaba cuánto tardaría en volver.
Le molestó darse cuenta.
Apoyó la frente un segundo contra el volante y exhaló.
—Esto es un desastre —murmuró para sí.
En el asiento del copiloto, el bebé hizo un ruido pequeño, incómodo.
Nadir giró la cabeza hacia él.
Se quedaron mirando.
—Ni se te ocurra llorar ahora —susurró, con una torpeza que no era propia de él.
El bebé lo miró sin entender, con ojos abiertos, oscuros, fijos.
Nadir sostuvo esa mirada un segundo de más.
Y algo en su pecho se apretó con una sensación que no supo nombrar.
Cuando Gael regresó con una bolsa discreta en la mano, Nadir no supo explicar por qué sintió un alivio tan inmediato.
Y eso le molestó aún más.