El silencio del lugar no era tranquilo. Era vigilante.
Afuera, el viento rozaba las láminas sueltas del techo con un sonido irregular, como si alguien caminara alrededor de la casa sin decidirse a entrar.
Gael llevaba varios minutos sentado frente a la ventana con el arma apoyada sobre la mesa, mirada fija en la línea oscura del campo.
Nadir, al otro lado de la habitación, fingía revisar el cargador de su pistola por tercera vez.
Ninguno hablaba.
Porque hablar implicaba reconocer algo que todavía no estaban listos para nombrar, seguían vivos… y seguían juntos.
Y eso les jodía más que cualquier amenaza externa.
El bebé emitió un sonido bajo desde la habitación contigua, no era llanto. Era ese murmullo inquieto que hacía cuando estaba a punto de despertarse del todo.
Gael se puso de pie primero.
Nadir lo observó cruzar el cuarto sin decir nada ya no era raro que se moviera hacia el sonido sin pensarlo. Lo que empezaba a resultar extraño era que a él ya no le molestara… y eso sí le molestaba.
Gael volvió con el niño en brazos, envuelto en una manta vieja que habían encontrado en un armario. Lo sostuvo con una naturalidad que no encajaba con nada de lo que Nadir sabía sobre él.
Lo dejó sobre la mesa, con cuidado.
—Tenemos que hablar —dijo Gael.
Nadir apoyó la espalda en la pared.
—Por fin, pensé que ibas a seguir jugando al padre perfecto toda la noche.
Gael lo fulminó con la mirada.
—No estoy jugando a nada.
—Claro que no —replicó Nadir con sarcasmo—. Solo estás practicando para tu nueva vida de familia feliz.
Gael no mordió el anzuelo.
—Nuestras compañías ya saben que algo salió mal.
—No saben qué —respondió Nadir.
—Todavía.
Se observaron, no como enemigos en este preciso instante más bien como profesionales evaluando el mismo tablero.
—El cuerpo se encontró, las cámaras fallaron, los guardias no recuerdan bien qué pasó y hay un vehículo robado que nadie ha reportado todavía.
Nadir asintió lentamente.
—Eso nos da una ventana.
—Corta.
El bebé abrió los ojos y empezó a mover las manos, inquieto.
Nadir bajó la vista al niño un segundo.
Su expresión se suavizó apenas, casi imperceptible. Luego volvió a Gael.
—Dilo de una vez.
Gael sostuvo su mirada.
—Si intentamos desaparecer por separado, nos encuentran en menos de una semana.
Nadir no respondió porque sabía que era cierto.
—Si nos quedamos juntos —continuó Gael—, somos más difíciles de rastrear.
—Y más fáciles de localizar —espetó Nadir—. Dos agentes desaparecidos llaman más la atención que uno.
Gael negó con la cabeza.
—No si construimos otra historia.
Nadir frunció el ceño.
—¿Qué estás proponiendo exactamente?
Gael miró al bebé, luego a él.
—Que dejemos de ser Gael y Nadir.
El silencio que siguió fue más pesado que todos los anteriores.
—¿Estás sugiriendo que…? —empezó Nadir.
—Que nos convirtamos en algo que nadie buscaría.
Nadir bajó la mirada al niño Y entendió.
—Una familia.
Gael no respondió, no hacía falta.
Nadir soltó una risa corta, incrédula y amarga.
—Esto es absurdo, tú y yo jugando a la casita con un bebé ¿En serio crees que podemos fingir eso sin matarnos en el proceso?
—Esto es funcional —replicó Gael, frío—. Y si no te gusta, puedes irte ahora mismo pero no te llevarás al niño.
Nadir entrecerró los ojos.
—No me amenaces con él.
Gael levantó una ceja.
—Entonces no me hagas repetirlo.
El bebé empezó a quejarse más fuerte, Gael lo levantó y lo meció sin dejar de hablar, con una ternura instintiva que contrastaba brutalmente con la frialdad de sus palabras.
—Ropa distinta, ritmo distinto incluso un vehículo distinto, tomamos rutas sin lógica, paradas en peblos pequeños, pagos en efectivo.
Nadir cruzó los brazos.
—¿Y el final del plan?
Gael lo miró fijo.
—Que sobreviva.
Nadir sostuvo esa mirada.
—No el bebé.
Gael no respondió.
Y eso fue respuesta suficiente.
Nadir pasó una mano por su rostro, cansado y visiblemente irritado consigo mismo por estar considerando esto.
—Si acepto esta locura… ya no hay vuelta atrás.
—No la hay desde que lo sacamos de esa casa.
Se formó un Silencio largo.
Nadir miró alrededor, la casa vieja, la mesa improvisada, el arma sobre la madera, el bebé en brazos de alguien que, en teoría, debía ser su enemigo.
Y entendió algo que no le gustó admitir.
Ya estaban actuando como si la decisión estuviera tomada.
—Reglas —dijo finalmente.
Gael asintió una sola vez.
—Reglas.
Nadir se enderezó.
—Nada de órdenes.
—Nada de secretos operativos.
—Turnos de vigilancia.
—Turnos con él.
—Si uno cae, el otro no se queda.
Gael dudó apenas un segundo.
—Si uno cae, el otro huye con él.
Sus miradas se sostuvieron.
Ese fue el verdadero acuerdo, no el plan, no la estrategia, solo eso.
Nadir asintió.
—Bien pero que quede claro, sigues cayéndome como patada en los dientes.
Gael esbozó una media sonrisa fría.
—El sentimiento es mutuo.
Una pausa.
—Pero desde hoy —dijo Nadir—, somos lo único que se interpone entre él… y todo lo que viene detrás.
Gael sostuvo su mirada.
—Sí.
Y en ese momento, sin firmar nada, sin estrechar manos, sin decirlo en voz alta… dejaron de ser solo dos asesinos huyendo se convirtieron en algo mucho más difícil de romper.
El bebé empezó a llorar justo cuando terminaron de establecer las reglas.
Ninguno se movió al principio, solo see miraron como si ambos estuvieran esperando que el otro reaccionara primero.
Gael perdió se acercó y lo levantó con un suspiro contenido, el llanto no era fuerte, pero sí insistente. Tal vez era hambre o incomodidad, algo que no entendían del todo todavía.
—Le toca comer —dijo, más para sí que para Nadir.
Nadir observó cómo Gael intentaba acomodarlo con una torpeza cuidadosa que no coincidía con la precisión quirúrgica que había mostrado la noche anterior.
—Dámelo antes de que lo dejes caer —espetó Nadir.
Gael lo miró con desconfianza abierta.
—¿Sabes qué hacer?
—No pero soy menos torpe que tú con un biberón.
Gael dudó.
Y eso fue exactamente lo que hizo que se lo entregara.
El bebé cambió de brazos y, por primera vez desde que estaban ahí, el llanto bajó de intensidad. Nadir lo sostuvo rígido al inicio, como si fuera un objeto frágil que pudiera romperse con la presión equivocada.
—Sostén la cabeza —murmuró Gael.
Nadir ajustó el agarre.
—No me des órdenes.
—No es una orden, es para su supervivencia y no quiero que le pase nada por tu orgullo.
Nadir lo fulminó con la mirada Pero obedeció.
Gael preparó la fórmula sobre la mesa improvisada, concentrado. Nadir miraba al bebé… y el bebé lo miraba a él.
—Deja de verme así, pequeño —murmuró Nadir, con una suavidad que no usaba con nadie más.
El niño parpadeó, ajeno.
Gael volvió y colocó el biberón en su mano. Sus dedos se rozaron un segundo.
Ambos lo notaron.
Ambos fingieron que no.
El bebé empezó a comer con avidez. El silencio que llenó la habitación ya no era tenso, era… extraño y doméstico.
Nadir levantó la vista hacia Gael.
—Esto es ridículo.
—Funciona.
—Eso es lo que más me preocupa.
Gael se dejó caer en la silla frente a él y lo observó alimentar al niño, no como evaluándolo más bien Como registrándolo.
—Necesitamos nombres —dijo.
Nadir frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Para nosotros, para él por si alguien pregunta.
Nadir sostuvo el biberón con una mano y miró al techo un segundo.
—Odio esta parte.
—Yo también.
Silencio breve.
—Daniel —dijo Nadir.
Gael lo miró.
—¿Por qué?
—Es común, nadie lo recuerda y así nadie lo cuestiona.
Gael asintió lentamente.
—Bien.
—¿Y tú?
Gael pensó un segundo.
—Marco.
Nadir soltó una risa leve y sarcástica.
—Te queda, suena a tipo que se cree héroe.
—Cállate.
Se miraron un segundo más de lo necesario.
—¿Y él? —preguntó Nadir bajando la vista al bebé.
Gael dudó más de lo que había dudado en toda la noche anterior.
—Tate.
Nadir levantó la vista.
—¿Por qué?
Gael sostuvo su mirada.
—Porque es corto.
Nadir lo observó un segundo más, sabía que no era la razón pero no dijo nada.
—Bien —asintió—. Tate
El bebé terminó de comer y cerró los ojos con esa facilidad insultante que solo tienen los que no entienden el peligro.
Nadir lo sostuvo unos segundos más antes de extenderlo hacia Gael.
Esta vez, Gael no dudó en tomarlo Y en ese intercambio silencioso, hubo algo distinto, más suave casi peligroso.
—Tenemos que salir mañana al pueblo —dijo Nadir—. Conseguir ropa, comida, algo que haga que esto parezca real.
Gael asintió.
—Y tenemos que ensayar.
Nadir lo miró.
—¿Ensayar qué?
Gael sostuvo su mirada.
—Ser normales.
Nadir soltó una risa seca.
—Eso sí va a ser difícil sobre todo contigo.
Gael acomodó a Leo contra su pecho y se recargó en la pared.
—No podemos mirarnos como nos miramos ahora.
—¿Cómo nos miramos?
Gael no respondió porque ambos sabían la respuesta, como hombres que han calculado cómo matarse más de una vez.
—Tenemos que parecer… personas que se conocen desde hace años.
Nadir sostuvo su mirada.
—¿Y cómo se ve eso?
Gael lo miró fijo.
—Como si confiaras en mí.
Silencio largo.
Nadir no apartó la vista.
—Eso va a tomar práctica y mucha.
Gael asintió.
—Por eso empezamos ahora.
Y por primera vez desde que tomaron la decisión… no estaban planeando cómo huir.