Protocolo cero

Cap 3

Gael lo notó en la tercera esquina.
No fue inmediato, al principio solo le pareció una escena común, dos hombres hablando con el dueño de una tienda, mostrando algo en un teléfono, recibiendo una negativa cortés.

Nada fuera de lo normal en un barrio donde casi nadie conoce a nadie, siguió caminando sin cambiar el ritmo, con bolsa del mandado colgando de la mano, cabeza ligeramente inclinada, como alguien que ya tiene la mente en otra parte.
Pero al cruzar la calle y mirar el reflejo en el cristal de un coche estacionado, volvió a verlos.
No estaban comprando, estaban preguntando.
Uno levantó el teléfono otra vez, el ángulo permitió distinguir, aunque fuera por un segundo, la silueta de un rostro en la pantalla.
No necesitó ver más.

Siguió caminando, sin apresurarse, sin voltearse con el mismo paso medido con el que había recorrido pasillos vigilados, edificios con sensores, casas con guardias armados.
Dos cuadras más adelante vio a otros, estos no hablaban con nadie solo observaban, demasiado atentos al flujo de personas.

Demasiado quietos para ser vecinos.

Fue entonces cuando el peso frío se asentó en su estómago, no estaban patrullando, estaban cerrando.

Gael giró en la siguiente esquina y cambió de acera con naturalidad, como si solo evitara el sol, su mente ya descartaba posibilidades con claridad quirúrgica.

No habían cometido errores visibles, no habían usado identidades rastreables, no habían permanecido en un solo sitio el tiempo suficiente.
A menos que…
Se detuvo apenas medio segundo antes de cruzar la última calle hacia la casa.
Y lo recordó, no con pánico con una claridad brutal.

El rastreador.

No lo habían retirado porque nunca pensó que lo necesitaría porque salir limpio siempre había sido parte automática del protocolo porque jamás había tenido que huir de su propia compañía.
Sintió una presión desagradable en la base del cuello, como si pudiera sentir el dispositivo bajo la piel.

Siguió caminando pero ahora más rápido, no corriendo para no llamar la atención solo con la urgencia silenciosa de quien sabe exactamente cuánto tiempo le queda.

Cuando dobló la última esquina y la casa apareció a la vista, supo que no era paranoia.
Un coche estacionado media cuadra más adelante con el motor apagado y alguien dentro que no miraba el teléfono si no más bien miraba las puertas.

Gael no cambió el paso solo confirmó lo que ya sabía, no venían por casualidad venían siguiéndolo.

No entró de inmediato pasó de largo frente a la casa como si se hubiera equivocado de dirección, con la bolsa en mano y la mirada fija al frente sintió el impulso de correr como una descarga eléctrica en las piernas, pero lo aplastó con disciplina.

Si entraba ahora, los llevaba directo.

Necesitaba confirmar.

Caminó hasta el final de la calle, dobló en la siguiente esquina y rodeó la manzana con lentitud que le quemaba por dentro, desde ese ángulo vio mejor el coche, no era del pueblo, demasiado limpio, demasiado nuevo, demasiado discreto y el hombre dentro no fingía solo esperaba.

Gael regresó por la parte trasera, cruzando entre cercas viejas y maleza seca que crujía bajo sus botas. El corazón latía con fuerza constante, medida el pulso que aparecía cuando la amenaza ya tenía forma, empujó la puerta trasera con cuidado y entró sin ruido.
Nadir levantó la vista desde la mesa, no preguntó nada solo con ver su cara entendió.
Gael dejó la bolsa sobre la mesa sin cuidado.
—Nos encontraron.
Nadir se enderezó de inmediato.
—¿Cuántos?
—Al menos cuatro, dos preguntando por la zona, uno en un coche vigilando la calle seguramente hay más.

Nadir se acercó a la ventana, pero no se asomó, se quedó a un lado del marco, escuchando, calculando.

—No pueden haber rastreado la identidad —murmuró—. No usamos nada.

Gael negó lentamente su mano subió sola hasta la base del cuello y se detuvo ahí.
Nadir lo observó, siguió el gesto y entendió.
La pausa que cayó entre ellos fue densa, cargada de una realización que ninguno quería verbalizar.

—Dime que no —dijo Nadir despacio, voz baja y peligrosa.

Gael sostuvo su mirada.

—Olvidé quitármelo.

Nadir cerró los ojos un segundo, no con enojo, era con incredulidad absoluta.
Luego soltó una risa corta, seca, amarga.

—Claro. Claro que lo olvidaste. ¿Cómo coño se te olvida algo tan básico, Gael? ¿Estabas demasiado ocupado jugando al papá perfecto?

Gael apretó la mandíbula.

—Estaba ocupado sacándonos vivos de esa casa. Incluyéndote a ti.

Nadir lo miró con desprecio puro.

—Excelente excusa, ahora estamos jodidos por tu descuido.

El bebé emitió un sonido desde la habitación contigua, ajeno a la tensión.
Nadir pasó una mano por su rostro, irritado consigo mismo tanto como con Gael.

—Yo también tengo uno —admitió a regañadientes.

Gael levantó la vista. Eso no lo esperaba.

—¿Qué?

—Nunca me lo retiré, nunca pensé que lo necesitaría.

Se miraron por primera vez desde que todo empezó, el problema no era táctico, era estructural.
No importaba qué tan bien fingieran, los estaban siguiendo desde dentro de su propia piel.
Afuera, un coche pasó despacio por la calle. Demasiado despacio.

Nadir miró hacia la puerta.

—No tenemos horas solo tenemos minutos.

Gael asintió, su mente ya reorganizando todo.

—No podemos salir por el frente.

—Ni por detrás si ya cerraron el perímetro.

Leo volvió a quejarse, esta vez más fuerte y ese sonido, pequeño y real, les recordó algo con claridad brutal, no estaban solos en esto y huir ya no significaba lo mismo que antes.
Nadir fue el primero en moverse, no hacia la puerta, si no hacia la mesa.
Apartó todo de un solo gesto y buscó en la mochila médica, vendas, alcohol, navaja nueva, analgésicos básicos, nada pensado para cirugía, mucho menos para esto.



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En el texto hay: #rivalidad, #asesinos, #enemistolovers

Editado: 04.02.2026

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