Protocolo cero

Cap 4

El callejón desembocó en una calle de tierra que bordeaba la parte trasera del pueblo y se perdía entre parcelas abandonadas y cercas torcidas por el tiempo. Caminaron sin mirar atrás, no porque tuvieran confianza en su plan, sino porque sabían que voltear era un gesto que delataba más que confirmaba. El llanto de Leo se había convertido en un sollozo intermitente, cansado, Gael lo sostenía con un brazo que empezaba a resentir el esfuerzo; el corte reciente en el cuello latía al ritmo de su pulso, ardiente bajo el sudor que se acumulaba en la nuca.

No hablaron hasta que el pueblo dejó de verse.

Hasta que el ruido humano desapareció.

Hasta que el silencio volvió a ser solo campo abierto y viento seco.

Nadir se detuvo primero.

—Tenemos que decidir ahora.

Gael siguió dos pasos más antes de frenar, respirando agitado no por el cansancio físico, sino por la presión que se acumulaba en el pecho.

—No aquí.

—Precisamente aquí —replicó Nadir, voz baja pero firme.

Gael giró hacia él.

—Si seguimos hacia el este, alcanzamos la carretera en menos de una hora.

—Y nos subimos directo al radar —espetó Nadir—. Es lo primero que revisarían.

Gael negó con la cabeza, frustrado.

—Necesitamos velocidad.

—Necesitamos invisibilidad.

Leo se movió incómodo entre sus brazos, soltando un quejido suave. El peso del bebé tiraba del corte en el costado de Gael, enviando una punzada aguda que le hizo apretar los dientes.

—No podemos seguir a pie con él —insistió Gael.

—Tampoco podemos meternos donde haya cámaras.

—No todas funcionan.

—Las suficientes sí.

Gael soltó el aire con irritación contenida.

—Entonces, ¿qué propones?

Nadir señaló el campo abierto.

—Atravesar.

Gael miró en esa dirección como si acabara de sugerir saltar de un puente.

—Eso no lleva a ningún lado.

—Exacto.

Una pausa densa. El viento movía la hierba alta con un sonido seco y constante.

—Si no lleva a ningún lado, no es un lugar que vigilen —continuó Nadir—. Los patrones buscan rutas lógicas así que nsotros necesitamos una ilógica.

Gael lo observó con mezcla de cansancio y resistencia.

—Eso es caminar sin saber a dónde vamos.

—Eso es sobrevivir.

Leo soltó otro quejido, Gael lo ajustó contra su pecho sin apartar la vista de Nadir.

—No está hecho para eso.

Nadir entendió que no hablaba solo del bebé.

—Tú tampoco —respondió, voz baja.

Gael apretó la mandíbula.

—Necesita agua, sombra, descanso.

—Y nosotros necesitamos tiempo. El campo nos da tiempo.

Gael miró el horizonte: nada más que extensión abierta, irregular, sin referencias claras. El sudor le escocía en la herida del cuello.

—Si nos perdemos…

—Mejor —interrumpió Nadir—. Si nos perdemos nosotros, también se pierden ellos.

Gael bajó la vista hacia Leo. El pequeño respiraba tranquilo contra su pecho, ajeno al peso que cargaban los dos adultos.

—No puedo correr con él.

—No vamos a correr.

—No puedo improvisar una ruta así.

—Tienes que hacerlo.

Sus miradas se sostuvieron más de lo necesario. No era ya una discusión profesional, era algo aún más profundo, dos hombres chocando en el control que ambos necesitaban desesperadamente.

—Estás pensando como agente —dijo Nadir.

—Y tú estás pensando como si esto fuera un juego.

Nadir dio un paso hacia él, polvo levantándose bajo sus botas.

—Estoy pensando como alguien que ya aceptó que no podemos hacer nada bien solo podemos hacer lo que no esperan.

Gael no retrocedió.

—Y si nos equivocamos…

Nadir bajó la vista un segundo hacia Leo.

—Entonces al menos nos equivocamos lejos de ellos.

Gael respiró hondo, largo, forzado y entendió que no estaba molesto por la idea. Estaba molesto porque Nadir tenía razón.

Otra vez.

—Odio cuando haces eso —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Tener razón sin restregármelo.

Nadir casi sonrió.

Casi.

—Entonces vamos.

No esperó respuesta. Empezó a caminar hacia el campo.

Gael lo observó un segundo más, como si aún quisiera imponer una ruta lógica, un plan con sentido en un mapa pero no estaban en un mapa.

Estaban en territorio donde lo único que importaba era no ser encontrados.

Ajustó mejor a Leo contra su pecho aún con el peso tirando del corte, el sudor irritando la piel y siguió a Nadir.

La hierba alta les golpeaba las piernas al avanzar. El terreno irregular obligaba a bajar la velocidad, el sol subía y el calor se adhería a la piel como una segunda capa, instalándose en la nuca, en la espalda, en las heridas abiertas. Cada paso enviaba una punzada recordatoria, el corte que Nadir había hecho, el que él había hecho en Nadir.

Después de varios minutos, Gael habló sin mirarlo.

—Si seguimos esta dirección, eventualmente llegaremos a un canal de riego o a una zona de cultivos.

—Eso nos sirve.

—También a ellos.

—No si tardamos lo suficiente en llegar.

Gael soltó una risa breve, sin humor.

—Tu plan es básicamente cansarlos.

—Exacto.

Caminaron en silencio un rato más. Un silencio que ya no era hostil, pero tampoco tranquilo.

—No me gusta no saber a dónde vamos —dijo Gael.

—A mí no me gusta saber exactamente a dónde quieren que vayamos.

Gael lo miró de reojo.

—Esto no es sostenible.

—Nada de esto lo es.

Unos metros más adelante, Nadir se detuvo de nuevo.

Se giró hacia él.

—Escúchame bien.

Gael levantó la vista.

—No estamos discutiendo caminos.

Gael frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué estamos discutiendo?

Nadir dudó apenas un segundo.

—Control.

El viento pasó entre ellos, moviendo la hierba con un susurro constante.

Gael sostuvo su mirada.

—No estoy intentando controlar nada.

—Sí lo estás.

Hicieron una pausa cargada de tensión.



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En el texto hay: #rivalidad, #asesinos, #enemistolovers

Editado: 09.03.2026

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