Protocolo cero

Cap 5

La terminal de autobuses apareció al final de la calle polvorienta como un bloque de cemento gris bajo el sol del mediodía. El calor subía desde el asfalto en oleadas visibles, pegajoso y asfixiante. Gael sentía el corte en el cuello arder cada vez que sudaba; el de Nadir, en el costado, debía estar peor porque caminaba un poco más rígido de lo normal en cambio Leo dormía contra su pecho, pero el peso ya no era solo físico era un recordatorio constante de que no podían parar, no podían equivocarse.

Entraron por la puerta principal, el aire acondicionado era débil, apenas un soplo fresco que no llegaba a refrescar. El olor a gasolina, sudor y comida frita se pegaba a la ropa. Había gente, familias con maletas, hombres solos con mochilas, una mujer vendiendo tamales en una esquina. Nadie los miró dos veces.

Aún.

Gael ajustó a Leo con cuidado. El pequeño respiraba caliente contra su clavícula.

Nadir se acercó a la taquilla primero, con voz baja.

—Dos adultos, el más cercano a la capital.

La taquillera, una mujer de unos cuarenta con el cabello recogido, levantó la vista del monitor.

—Hay uno en cuarenta minutos pero solo quedan asientos separados, uno adelante y uno atrás.

Nadir frunció el ceño, teatral pero creíble.

—¿No hay nada junto?

—Se vendieron rápido es fin de semana.

Gael se acercó, voz también baja pero con ese tono de marido cansado que ya habían ensayado.

—Te dije que compráramos en línea, Marco.

Nadir giró apenas la cabeza, susurrando entre dientes mientras mantenía la sonrisa para la taquillera.

—No había señal, Daniel. ¿O ibas a cargar al bebé y el celular al mismo tiempo?

Gael soltó un bufido bajo.

—Siempre encuentras excusa.

—Y tú siempre encuentras algo que reprocharme.

La taquillera sonrió con cansancio.

—Peleen después, muchachos. ¿Los aparto los dos o qué?

Nadir miró a Gael un segundo como si hiciera una pregunta silenciosa.

Gael asintió imperceptiblemente.

—Los dos aunque sea separados.

Pagaron en efectivo, recibieron los boletos y se apartaron de la taquilla.

Fue entonces que Gael lo sintió, Leo estaba más caliente de lo normal.
No era solo el calor ambiental era fiebre, la frente del bebé ardía bajo sus dedos su respiración era rápida, superficial, la piel del cuello y las mejillas estaba roja, húmeda de sudor fino.

Gael se quedó inmóvil un segundo.
Tocó de nuevo la frente, el cuello, la espalda, lo comparó con su propia temperatura. No sabía si eso servía de algo, pero lo hizo de todos modos.

—Mierda —susurró.

Nadir se giró al instante, alerta.

—¿Qué?

—Fiebre, tiene fiebre.

Nadir se acercó en dos pasos, tocó la frente del niño con el dorso de la mano, du expresión cambió de la de un agente calculador a algo más crudo, más descolocado.

—¿Cuánto?

—No sé —admitió Gael, voz baja y tensa—. No tengo termómetro pero está muy caliente, más que antes.

Nadir frunció el ceño, mirando a Leo como si el bebé fuera un dispositivo defectuoso que no entendía.

—¿Es normal? ¿O es grave?

Gael lo miró fijo.

—¿Tú qué crees? Yo nunca he tenido un bebé. ¿Tú?

Nadir negó con la cabeza, irritado consigo mismo.

—No, solo informes y en los informes nunca dicen “qué hacer cuando tu objetivo de tres meses tiene fiebre en una terminal de autobuses”.

Leo soltó un quejido débil, moviéndose inquieto. Sus puñitos se cerraron y abrió, como si buscara algo que no encontraba.
Gael lo acunó instintivamente, meciéndolo despacio.

—No llores, pequeño, no llores.

Pero el quejido subió de volumen. No era llanto fuerte, era ese sonido agotado, incómodo, que dice “algo está mal y no sé cómo arreglarlo”.

Nadir miró alrededor, la gente pasando, taquillas, las pantallas con horarios.

—Hay una farmacia al fondo —dijo, voz baja—. Vamos.

Caminaron rápido pero sin correr, Gael sentía el corazón en la garganta, cada paso hacía que el corte en el cuello latiera más fuerte, pero eso ya no importaba.

En la farmacia, una mujer mayor detrás del mostrador levantó la vista.

—Buenos días. ¿En qué les ayudo?
Gael habló primero,con la voz controlada pero con un filo de urgencia que no pudo ocultar.

—Fiebre en un bebé de tres meses, está muy caliente ¿Qué hacemos?

La señora se inclinó para ver mejor a Leo.

—Pobrecito. ¿Desde cuándo?

—No sé, subió rápido, hace una hora estaba bien pero ahora… arde.

Nadir se quedó un paso atrás, vigilando la entrada, pero sus ojos volvían una y otra vez al bebé.
La mujer sacó un termómetro digital y un frasco de paracetamol pediátrico.

—Primero mídanle, si pasa de 38.5, denle esto, una dosis por kilo. ¿Cuánto pesa?

Gael dudó, miró a Nadir.
Nadir se acercó, tocó de nuevo la frente de Leo.

—Cinco con doscientos aunque es un proximado.

La señora asintió.

—Entonces dos mililitros cada seis horas y mucho líquido.

Gael miró el frasco como si fuera una bomba.

—¿Y si no baja?

La mujer los miró con empatía.

—Entonces urgencias pero no se asusten todavía. Los bebés suben rápido y bajan rápido, solo hidrátenlo, manténganlo fresco, y vigílenlo.

Pagaron y salieron y entonces Nadir dijo lo que Gael ya estaba pensando.

—Voy yo a la taquilla a confirmar los asientos. Tú quédate con él aquí.

Gael lo miró fijo.

—No.

—No hay opción, si alguien nos ve juntos, recordarán a la pareja con bebé. Si entro solo, parezco un padre cualquiera comprando boletos.

Gael apretó los labios.

—Treinta segundos y no más.

Nadir asintió y se alejó.

Gael se quedó junto a una columna, con Leo en brazos. El corazón le latía fuerte, no por el calor ni por el dolor en el cuello, sino por algo nuevo y peor: miedo puro.

Si entraban ahora, si alguien los reconocía, si tenían que correr.

¿Qué hacía con el bebé?



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En el texto hay: #rivalidad, #asesinos, #enemistolovers

Editado: 09.03.2026

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