Protocolo cero

Cap 6

La cuna estaba vacía.
Gael lo vio en flashes, la imagen de la madera clara, las mantas arrugadas, un móvil de estrellas que giraba lento sin música. El silencio era lo peor, no había llanto tampoco había respiración, solamente el eco de una puerta cerrándose y una orden que aún resonaba en su cabeza:

“Cumple la misión y sal ”

Había cumplido eso era obvio y aunque la sangre no era del niño si no de otro pero el silencio sí era del niño.

Asesino.

La palabra llegó sola, como un simple latido, no parecía ser una voz externa, más bien era la suya propia, desde algún lugar profundo que nunca había querido escuchar.

Era su trabajo solamente otra simple orden, otra maldita misión pero también otra cuna que quedó vacía porque él había hecho exactamente lo que le pidieron, ni siquiera había dudado, tampoco es como que hubiera preguntado solo había apretado el gatillo y salido por la puerta lateral, con el olor a pólvora pegado a la ropa y el silencio siguiéndolo como una sombra.

No te culpes.

Alguien se lo había dicho después, quizá fue un compañero o un superior pero no quitaba el hecho de que era alguien que no entendía nada porque culparse era admitir que algo se había roto dentro, que una simple orden cumplida podía dejar un hueco más grande que cualquier bala.

Gael se despertó con un sobresalto.

El autobús había frenado aún con los residuos del sonido del motor que ra algo bajo como si también estuviera cansado. La luz del atardecer entraba por las ventanas, naranja y pesada, como si el día se estuviera desangrando.
Nadir estaba de pie en el pasillo, inclinado hacia él, mano en su hombro.

—Llegamos.

Gael parpadeó.

El recuerdo aún le latía en las sienes, aquella cuna y las palabras que no se iban.

Miró a Leo.

El pequeño dormía contra su pecho, la fiebre había bajado un poco, pero la piel seguía tibia aunque la respiración era más tranquila ahora.
Nadir lo observaba sin la necesidad de decir nada más solo lo esperó.
Gael ajustó al bebé con cuidado. El movimiento tiró del corte en el cuello y le arrancó una mueca breve.

—¿Cuánto tiempo dormí? —preguntó en voz baja.

—No mucho pero si lo suficiente para que parecieras muerto.

Gael soltó el aire por la nariz, casi como una risa.

—No estoy muerto todavía.

Nadir no sonrió.

—Bajemos antes de que alguien nos mire demasiado.

Gael se levantó despacio, el autobús estaba casi vacío solo quedaban tres pasajeros al fondo, ajenos a todo. El chofer abrió la puerta con un siseo hidráulico.

Salieron al aire fresco del atardecer, el pueblo era más grande que el anterior con calles empedradas, edificios bajos y gente caminando sin prisa, incluso había una plaza pequeña con una fuente seca con una iglesia al fondo, nada que pareciera que destacara.
Nadir miró alrededor, escaneando sin mover la cabeza.

—No veo nada fuera de lo normal.

Gael tampoco pero la sensación de la nuca seguía ahí como un dedo frío que rozaba la piel.

Asesino.

La palabra volvió sola, más baja esta vez.
Gael la empujó hacia abajo, no era necesario ahora al menos no con Leo en brazos.
Nadir se acercó un paso.

—¿Estás bien?

Gael lo miró fijo.

—Sí.

Era una mentira pero Nadir no insistió.
Solo dijo:

—Vamos, necesitamos un lugar donde pasar la noche y algo para bajar esa fiebre del todo.

Gael asintió mientras caminaban hacia la plaza, Leo se movió en sus brazos, soltó un suspiro pequeño, casi como un ronroneo y por ese segundo, el silencio de la cuna vacía se sintió más lejos.
Solo un segundo porque el eco siempre volvía pero esta vez, Leo respiraba contra su pecho y eso se sentia suficiente para seguir caminando.

—Hora de empezar a ser visibles.

Gael asintió.

Por suerte la fiebre no había subido más aunque el aire de la calle era pesado, lleno de gente que iba y venía sin fijarse en nadie.
Nadir habló primero, voz baja pero con ese tono "marital" que ya habían practicado.

—Preguntemos por un buen lugar para hospedarnos, algo que tenga un patio o algo tranquilo como si fuéramos turistas con bebé.

Gael lo miró de reojo.

—No me mires como si esto fuera divertido.

—No lo es —replicó Nadir—. Pero si no sonríes, nos recordarán como los raros que no hablan.

Se acercaron a un puesto de frutas que atendía una mujer mayor que pelaba mangos con un cuchillo grande.

—Disculpe —dijo Nadir, con una sonrisa fácil—. Estamos buscando un lugar para quedarnos con el bebé, algo bonito con patio pero no muy caro.

La mujer levantó la vista y sonrió al ver a Leo.

—Ay, qué bonito el niño, está algo rojo, tiene fiebre ¿verdad?

Gael sintió un nudo en el estómago pero Nadir respondió antes de que él pudiera tensarse.

—Sí, un poco por eso buscamos algo fresco.

La mujer señaló hacia una calle lateral.

—Vayan a La Vecindad de las Flores, está a unas dos cuadras es como un patio grande con habitaciones alrededor, es bastante impio y barato. La dueña es buena gente, dígale que va de parte de Doña Lupe.

—Gracias —dijo Nadir, con la sonrisa intacta.

Caminaron siguiendo las instrucciones mientras Leo se removía mientras se quejaba débilmente.
Gael lo meció.

—No llores, pequeño.

Nadir susurró sin mirarlo.

—No lo aprietes tanto parece que lo vas a asfixiar.

—Cállate —susurró Gael—. No soy yo quien lo hizo enfermar.

Llegaron a La Vecindad de las Flores. Era exactamente como lo habían descrito, un patio central con macetas de flores rojas, sillas de plástico, una pequeña fuente con habitaciones alrededor con puertas de madera pintadas de azul. El lugar olía a tierra húmeda y a comida casera.
La dueña, una mujer de unos sesenta con delantal floreado, salió a recibirlos.

—Buenas tardes. ¿Buscan habitación?
Nadir sonrió de nuevo.



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En el texto hay: #rivalidad, #asesinos, #enemistolovers

Editado: 09.03.2026

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