Nadir permanecía de pie junto a la puerta con la espalda apoyada contra la madera áspera, mientras el arma descansaba sobre su muslo como una extensión natural de su cuerpo.
La habitación estaba sumida en una penumbra amarillenta que se filtraba desde el patio a través de la cortina entreabierta, y el ventilador de techo giraba con un ronroneo lento y cansado, moviendo apenas el aire caliente sin lograr refrescar nada.
Gael dormía en la cama, de lado, con Leo acurrucado contra su pecho; el bebé respiraba tranquilo por primera vez en horas, la fiebre había cedido lo suficiente para permitirles un descanso frágil pero Nadir no dormía.
Sus ojos recorrían la puerta, la ventana, el patio apenas visible y volvían a Gael, últimamente siempre volvían a Gael.
¿Por qué no se había ido?
La pregunta llegó sola, como un disparo que no esperaba porque había tenido oportunidades y muchas. En la casa del objetivo, en el campo abierto, en el autobús, podría haberse marchado sin mirar atrás, dejando a Gael con el niño y desapareciendo en la noche como siempre había hecho.
Era lo lógico, era lo que su entrenamiento exigía; cortar cabos, no arrastrar lastre pero no lo hizo y ahora estaba allí, vigilando una puerta en un hostal de pueblo perdido, protegiendo a un hombre que odiaba… y que había querido desde antes de que se hablaran por primera vez.
Cerró los ojos un instante y el recuerdo llegó como siempre llegaba, sin permiso, nítido y doloroso.
Una ciudad gris con dos edificios altos separados por una avenida llena de tráfico y ruido. Él en el tejado norte con su rifle apoyado en el borde, el visor enfocado en la ventana del objetivo y entonces sucedió, sus ojos lo captaron a él. En el tejado sur, con la misma postura, el mismo rifle e incluso el mismo pulso firme que no temblaba ni un milímetro.
Al principio pensó que era coincidencia, otro francotirador en el tablero pero luego lo vio moverse; rápido, silencioso, ajustando el ángulo con una calma que Nadir reconoció al instante. Era igual que él, incluso mejor, quizás y cuando el disparo resonó, Nadir sintió un vacío en el pecho que no era miedo.
Era algo más oscuro y más prohibido: deseo.
Después investigó, todos eran nombre falsos, algunas fotos borrosas en bases de datos que no debía tocar, Informes que no decían nada y lo decían todo.
Gael.
El nombre se le quedó grabado como una quemadura en la piel. Lo buscó en archivos prohibidos, en registros que podrían haberlo matado si lo descubrían. Cada dato nuevo era un golpe, la forma en que su dedo se curvaba en el gatillo, la forma en que desaparecía después de un trabajo, la forma en que nadie lo atrapaba nunca.
Lo odió por eso porque en ese mundo no se podía querer, no se podía admirar pero sobre todo no se podía sentir nada que no fuera control absoluto pero lo sintió igual y ahora estaba aquí, mirándolo dormir con un niño en brazos, preguntándose si alguna vez Gael había mirado hacia el edificio de enfrente y había pensado en él aunque fuera un segundo.
Nadir apretó el arma con más fuerza.
No quería pensarlo mucho pero lo hizo y la respuesta le dolió más que cualquier bala.
Se dejó arrastrar por él y eso era más peligroso que cualquier compañía que los estuviera buscando.
Gael se removió en la cama y abrió los ojos despacio.
La luz del amanecer se colaba por las rendijas de la cortina, pálida y dorada, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Se frotó la cara con una mano y miró a Nadir.
—¿No dormiste nada?
Nadir giró la cabeza apenas.
—Lo suficiente.
Gael soltó una risa baja, sin humor, mientras se incorporaba con cuidado para no despertar a Leo.
—Pareces un zombie, no me sirves de nada si te desmayas en medio de la calle.
Nadir se volvió del todo, sus ojos tenían ojeras marcadas, pero la mirada seguía afilada como siempre.
—Y tú pareces recién salido de una tumba. ¿Cuánto dormiste? ¿Tres horas?
Gael se levantó de la cama, estirando el cuello con una mueca por el corte que aún tiraba.
—Más que tú.
Nadir cruzó los brazos.
—Alguien tenía que vigilar.
Gael se acercó se acercó más a Leo tocando su frente con el dorso de la mano, se sentía resca,.casi normal.
—El niño está mejor —dijo, más para sí mismo que para Nadir—. La fiebre casi desapareció.
Nadir se acercó también. Miró al bebé un segundo, luego a Gael.
—Tenemos que movernos hoy, no podemos quedarnos aquí mucho tiempo.
Gael asintió.
—Saldré a contactar con mi gente, Elías, si alguien puede entrar al servidor es él.
Nadir lo miró fijo.
—No.
Gael frunció el ceño.
—¿No?
—No vas solo —dijo Nadir, voz baja pero firme—. Si lo hacemos, lo hacemos juntos porque no me fío de tu hacker, no me fío de nadie que no sea yo mismo y no me fío de ti si te vas solo y te atrapan.
Gael soltó el aire por la nariz, irritado pero sin fuerza para discutir de verdad.
—¿Y qué propones? ¿Que salgamos los tres con el niño en brazos a buscar un teléfono público?
Nadir miró a Leo.
—No pero si llamas, llamamos juntos y si nos traicionan, nos traicionan a los dos, si hay que matar a alguien, lo hacemos juntos.
Gael lo observó un segundo más. Luego asintió despacio.
—Nunca pensé que diría esto, pero… está bien, hagámoslo juntos
Nadir no sonrió, solo asintió una vez.
—Juntos.
Leo se movió en la cama con un gorgoteo pequeño, casi alegre. Ambos bajaron la vista al mismo tiempo y por ese instante, ninguno dijo nada. Solo miraron al niño y eso fue suficiente para empezar el día.
El sol ya había subido lo suficiente para que las calles empedradas empezaran a calentarse, y el aire olía a pan recién horneado y a gasolina de los pocos autos que pasaban. Nadir caminaba un paso delante de Gael, escaneando las esquinas sin mover mucho la cabeza, mientras Gael llevaba a Leo en brazos, el pequeño despierto pero tranquilo, jugando con los dedos de su camisa.