Proyecto 57romer Apocalipsis

Capítulo 8. Secretos y mentiras.

Regla #8 «No todos son lo que parecen».

La noche era joven, la brisa fresca y el silencio, tranquilizador. La mayoría dormía, a excepción de dos personas. Se encontraban en una habitación apartada, intentando contener cualquier sonido que pudiera delatarlos. No querían que los demás escuchen o peor, que descubran lo que estaban haciendo. Tener sexo en medio de un apocalipsis no estaba en sus planes, mucho menos cuando, supuestamente, debían estar vigilando para evitar cualquier disturbio de los Strompers.

Alejandro cubría la boca de Samara, ahogando los gemidos que escapaban de ella. Charlas, risas, coqueteos, una cosa llevo a la otra, y ahora, encerrados en ese lugar, sólo podían entregarse físicamente. Aunque, para Samara, aquello iba más allá. Sentía que también se entregaban en lo emocional, incluso en lo espiritual. ¿Era parte de lo que estaban descubriendo? Probablemente no, el plan seguía en pie. ¿La razón del por qué lo hacían? Ninguna en particular. Ambos lo habían querido. Ese momento a solas, les gustaba.

—Alejandro, no lo hagas tan fuerte… podrían escuchar —susurró, con un leve reproche cargado de preocupación.

—Suena excitante —respondió él con una sonrisa, moviéndose con una mezcla de lentitud y brusquedad que le arrancó a Samara un quejido ahogado.

—¡¿Dónde está?!

Ambos se sobresaltan al escuchar la voz masculina. Afuera, alguien buscaba algo o alguien. Objetos moviéndose, voces confusas, tensión creciendo. Alejandro y Samara se miran, sorprendidos y con eso se separan de inmediato y comienzan a vestirse con rapidez, impulsados por el miedo de ser descubiertos. Los pasos, cada vez más cerca, la adrenalina aún mayor. La puerta se abre.

Ya vestidos, intentan aparentar normalidad. Alejandro no logra ocultar su nerviosismo, en cambio Samara, ella mantiene el rostro sereno, aunque por dentro su corazón late con fuerza, como si fuera a estallar. Era Méndez junto con Ramírez. Ambos tienen la mirada cargada de molestia, como si algo grave hubiera ocurrido. Samara frunce el ceño, mueve ligeramente su cabeza, preguntando en silencio lo que estaba pasando. Algo típico entre mexicanos que solamente ellos se entendían.

—¡Cabrón! ¿Sabes lo que hiciste? ¡Ellos ya viene! —Ramírez lo empuja al acercarse.

—Hey, tranquilo. ¿De qué hablas? —Samara se levanta con rapidez intentando ocultar el dolor que tenía, se interpone entre los dos, intentando evitar que la situación escale. Aún no entendía lo que sucedía.

Ramírez la observa en silencio. Ahora es donde comprende la situación: Alejandro no le ha dicho nada. «Mira nada más. Tan cercano y ni enterada.» era lo que pensaba aquel jefe de narco con aquella mirada burlona. Suelta una risa sarcástica mientras se gira hacia él. Hace un gesto para que se acerque. Alejandro niega con la cabeza, casi suplicándole que no diga nada. Lo que había construido, la confianza que tenía con los demás, el grupo que tenía. No quería perderlo.

—Chento, cállate.

—¿Qué? ¿Le ocultas cosas a tus amigos? —se burla, pasando un brazo por los hombros de Samara. Yakov y Dae-hyun intercambian miradas confundidas—. Qué triste tener que esconder tus sucios tratos con el enemigo.

—¿Alejandro?

Levanta ambas manos, como intentando mostrarse inocente, buscando desesperadamente una forma de explicarse. No quería que tuvieran una mala perspectiva sobre él. Una suposición errónea.

—No es verdad, puedo explicarlo.

Ramírez se aparta de Samara para acercarse a Alejandro, sin creerle del todo. Asiente lentamente, se frota sus manos, luego el rostro. Después se voltea a mirar a la chica con una sonrisa tensa.

—Tu noviecito hizo un trato con los gringos—, el silencio cae de golpe, la sorpresa se nota en cada uno de ellos—. Nos entregó a los estúpidos a cambio de armas, refugio y comida.

—¡¿Qué?! —Samara alza la voz, incapaz de contenerse. Sus ojos buscan los de Alejandro, exigiendo una explicación, ignorando de que todavía no formalizaban una relación.

—Te lo iba a decir, en el momento justo. Ellos están bien equipados y… —no terminó la frase. El sonido seco del golpe llenó la habitación. La mano de Samara impacto su mejilla dejándola enrojecida al instante.

—¿Estás pendejo o qué te pasa? —murmuró entre dientes. La rabia le ardía la mirada. Todos sabían que no podían confían en nadie más, mucho menos en los estadounidenses, más conocidos por tomar lo que no les pertenecía—. ¿Traicionar a tu patria? ¿Traicionarnos? Has caído bajo.

—¿Confías más en él que a mí?

—¿Tú confías en los gringos que en nosotros?

—¡No! pero…

—Nada de peros, Alejandro —lo interrumpió. Confiamos en ti. Te dimos un lugar, nadie más lo hizo. Ellos no confiaban en ti, yo sí.

Su voz comenzó a quebrarse. La rabia se mezclaba con algo más profundo, las lágrimas amenazaban con salir, contenidas apenas por la tensión en su cuerpo. Aquel recuerdo de lo que había sucedido hace unos minutos antes le revolvía el estómago. Se sentía sucia, engañada incluso. Yakov se acerca con cautela para tomarla por los hombros, apartándola con un ligero tirón. Sabía lo que significaba eso: cuando alguien ocultaba algo así, la herida no era sólo enojo, era desconfianza. Samara retrocede, su respiración era irregular. Era demasiado para procesar, sus emociones se mezclaban y era tanto para digerir. Dae-hyun toma uno de sus brazos con suavidad y la guía fuera de la habitación, dándole espacio mientras los demás intentan entender lo ocurrido.




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