"Cuando menos te lo esperas todo lo que tienes se va"
2011
El zumbido eléctrico de las luces fluorescentes en el Laboratorio de Biogenética Avanzada era lo único que rompía el silencio sepulcral, apenas interrumpido por el murmullo bajo y constante de los científicos que se movían como sombras entre los pasillos de acero. El aire allí dentro era denso, saturado con el olor metálico de la sangre fresca y el aroma penetrante de los antisépticos. Sobre las encimeras de grafito, los tubos de ensayo burbujeaban con sustancias de colores imposibles, mientras que las bolsas de suero y plasma colgaban como frutos macabros de sus soportes.
En el centro de aquel caos ordenado, el Doctor Thomas Bennett observaba con ojos gélidos una de las jaulas. Dentro, las ratas de laboratorio corrían frenéticas, sus patas raspando el metal, ajenas al hecho de que sus códigos genéticos estaban siendo reescritos en nombre de la seguridad nacional. Bennett, un hombre de rasgos angulosos, frente amplia y una intensidad en la mirada que resultaba casi perturbadora, ajustó su bata blanca. Su presencia imponía un respeto nacido del miedo; era el arquitecto de lo invisible, el hombre que convertía la biología en un arma.
Mientras el gobierno seguía obsesionado con la búsqueda de armas biológicas que aseguraran la hegemonía estadounidense, el proyecto de Bennett había mutado en algo más ambicioso, algo que requería cruzar la frontera final.
Días después, el escenario cambió del frío laboratorio al calor sofocante de la política. Los techos altos y las alfombras rojas de la Casa Blanca amortiguaban los pasos de Bennett y su colega, el doctor Harrison, mientras escoltaban al Presidente Samuel Sterling hacia el Despacho Oval.
Sterling era un hombre que cargaba el peso del mundo sobre sus hombros, un líder que veía cómo el mapa del poder global se reconfiguraba ante sus ojos. Bennett caminaba a su lado con una elegancia desgarbada, su mandíbula marcada y su expresión indescifrable, recordando a un depredador que ha aprendido a usar traje.
—El cohete está listo, Señor Presidente —dijo Bennett, su voz era un barítono suave pero firme—. Hemos finalizado cada etapa del proceso de criogenia selectiva y los sistemas de soporte vital han pasado las pruebas de estrés. Los astronautas están preparados para el ascenso.
El Presidente Sterling se detuvo frente a un ventanal que daba a los jardines, suspirando.
—¿Doctor Bennett, cuánto es el tiempo exacto que estarán fuera de nuestra jurisdicción? —preguntó, sin girarse.
Antes de que Thomas pudiera responder, Harrison, siempre más ansioso por justificar los presupuestos, interrumpió la charla con una urgencia casi desesperada.
—Eso es lo mejor de todo, señor. Mire los informes —Harrison extendió una tableta con gráficos de barras descendentes—. Estados Unidos está decayendo en términos de influencia tecnológica real. Corea del Sur es ahora el líder indiscutible del TIC. Suiza, Suecia y Singapur nos están desplazando de los primeros lugares de innovación global. No podemos permitirnos ser el "segundo mejor" en la carrera por el nuevo mundo.
Sterling frunció el ceño, el orgullo herido reflejado en sus ojos.
—Nosotros seguimos siendo los líderes de información —replicó el mandatario con dureza.
—Sobre el papel, sí —intervino Bennett, cruzando los brazos y apoyando el peso en una pierna, manteniendo esa calma aristocrática que lo caracterizaba—. Pero Finlandia y Singapur están cerrando la brecha. La verdadera competencia, señor Presidente, está con los bloques europeos. Si no reclamamos este avance ahora, seremos meros espectadores de nuestra propia obsolescencia.
El Presidente guardó silencio un momento, procesando la realidad de una nación que se sentía vieja.
—¿Cuánto tiempo estarán entonces? —insistió Sterling, volviendo a la pregunta técnica.
—Con nuestra tecnología de propulsión iónica refinada, el viaje de ida será de dos años —explicó Bennett, tomando el control de la conversación—. Se quedarán en la superficie el tiempo suficiente para la extracción, una semana exacta, y luego el regreso. En total, serán cuatro años en el espacio. Hemos logrado reducir el tiempo de exposición radiológica a casi la mitad de lo previsto originalmente.
—¿Cuatro años? —Sterling pareció alarmado—. ¿Cómo mantendrán la cordura? ¿Cómo los alimentarán?
Bennett esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.
—Nuestros científicos en el laboratorio de biogenética han desarrollado la "comida perfecta". Un compuesto sintético denso en nutrientes que no solo satisface las necesidades biológicas, sino que ralentiza el metabolismo oxidativo. El tiempo pasará para ellos, y lo sentirán, pero su cuerpo no se degradará.
Harrison asintió con entusiasmo, retomando el hilo:
—Irán tres científicos en total. El protocolo de rotación es lo que garantiza el éxito. Cada uno dormirá durante tres meses en una cápsula de estasis inducida, mientras uno solo permanece despierto para supervisar los sistemas. Se turnarán así durante todo el camino.
—¿Y si algo sale mal mientras duermen? —preguntó el Presidente.
Bennett dio un paso adelante, sus ojos brillando con el orgullo del creador.